Por: Lorenzo Madrigal

Ya llegó la fecha

Este cántico de primera comunión pude hallarlo, tras intensa búsqueda por Internet, cuando un apadrinado querido se preparaba para esa celebración de infancia. Esto hace unos cuantos años. Recuerdo que dimos primero con un “Ya llegó la hora”, pero resultó ser un canto profano.

Luego, en un hermosísimo coro de Barranquilla, pude escuchar el auténtico himno de esa fecha, la del día de la Primera Comunión que tan hermosamente evoca Aurelio Martínez Mutis: “fiesta olorosa a helecho y malvasía, fiesta a la que me llevó la madre mía, cuyo recuerdo en medio de la bruma es un bosque de lirios que perfuma…”. Aquí lágrimas.

En esos mismos días viví un azaroso episodio con el ponqué para la fiesta que retiré con amigos de una repostería de la calle 17 de Bogotá y con él y su delicado pastillaje atravesé en contrasentido una manifestación de Petro por la Séptima. No se quebró ni la hostia ni el muñequito arrodillado en un reclinatorio de azúcar.

No sé por qué introduje de esta forma memoriosa lo que quería decir sobre la fecha electoral que se aproxima. Dentro de ocho días, cuando aparezca de nuevo esta columna, ya sabremos quién es el nuevo alcalde(sa) de la capital y demás ciudades del país.

Y algunos candidatos son como de Primera Comunión. Es el caso del experimentado niño, Miguel Uribe Turbay, no el mejor ranqueado, pero sí el mejor financiado, quien parece lucir la vela con lazo de seda en una mano y el librito de rezos en la otra; el pelito rebelde engominado y vuelto a desorganizarse como resorte.

Una niña va en el grupo. Sus bellos ojos claros, de un verde turquesa, brillan detrás de sus gafas de normalista. El nudito de seda al cuello muestra su rebeldía contra el ridículo vestido de novia-niña con que se las disfraza en ese su primer día religioso.

Un chico muy heredero de papá importante, inexpresivo e insípido, quiero decir, que no muestra furia ni alegría, ni tampoco liderazgo impetuoso. Cuando le toca hacer proclamas de esas de puño cerrado, le salen tan artificiales como al Bolívar en la telenovela que seguimos a las nueve de la noche. No quiso vestirse de paño azul oscuro con la cinta tornasolada en el brazo, sino con una chaquetica de cremallera, roja ella, desteñida por el uso constante y único, como el uniforme floreado de Miranda, de la misma telenovela de la noche, que no parece quitárselo ni para dormir.

Por fin llega al altar de los pequeños uno ya mayorcito, con esa incipiente gordura que le cae al ser humano a los 40, sea o no presidente. Es el de más abundantes bucles, uno de los cuales le cubre la mitad de la cara. El tono de su voz, superada de lejos la pubertad, ha tomado el sonido de pecho de un fumador español. Hará temblar si llega a una tribuna de autoridad. La ropa le luce apretada, como si fuera la de su auténtica y lejana Primera Comunión.

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2019-10-21T00:00:51-05:00

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