Por: María Elvira Samper

Ya nada será igual para Chávez y el chavismo

CÁNCER. POR FIN EL PROPIO PRESIdente Chávez reconoció que es el mal que lo aqueja.

Lo hizo en alocución televisada desde La Habana, leyendo un escrito lleno de referencias a los abismos que conoció en el pasado, de referencias a Dios, de frases algunas con acento lírico y otras en tono dramático, y con ello puso fin a 20 días de conjeturas e incertidumbre que prácticamente han paralizado a Venezuela, donde ronda el fantasma de la ingobernabilidad: crisis  energética y carcelaria, crisis de la salud y de las universidades, regiones incomunicadas, inflación galopante, escasez de alimentos y un sin fin de problemas, agravados porque el Ejecutivo, que ha  tratado los asuntos de Estado como si fueran privados, se abstuvo de comunicar a tiempo un parte médico oficial sobre la salud presidencial, y porque las declaraciones contradictorias de ministros que sutilmente se disputan protagonismo en medio de la crisis generalizada hicieron evidentes algunas fisuras en el círculo más cercano al mandatario.

Chávez dejó claro que continuará al frente de los asuntos del Gobierno, pero no dijo cuándo regresa, porque su condición “no acepta apresuramientos de ningún tipo”, y aunque se mostró confiado en su recuperación —no podía decir algo diferente—, Venezuela seguirá con el freno puesto. Las conjeturas girarán alrededor de si podrá o no terminar el mandato y de si estará o no en condiciones de presentar su nombre para la elecciones presidenciales de 2012. El carismático y altisonante mandatario seguirá siendo el eje de la política venezolana. Su enfermedad, su recién adquirida condición de mortal, la certeza de su vulnerabilidad, de que el hombre providencial y todopoderoso algún día podría no estar, enfrenta por primera vez al chavismo a la realidad de que no existe relevo para el “supremo”, y a la necesidad de hacer un debate sobre su supervivencia política, debate que ha evadido tal vez por el carácter personalista y centralizado del régimen, pero también por temor. Porque si no hay chavismo sin Chávez y si no hay quién pueda sucederlo, es porque él mismo se encargó de que así fuera, porque fue sacando del camino a quienes eventualmente podían heredarlo. Ese es su gran fracaso y el fracaso de un modelo caudillista que depende de sus designios y ambiciones, de un modelo que construyó sobre la base de destruir instituciones o de someterlas a su suprema voluntad.

La oposición, también Chávez-dependiente, y que aparte de exigir que la Constitución se cumpla —que el presidente delegue funciones—, no ha sabido muy bien qué hacer; ahora que ve aumentar las posibilidades de derrotar al líder tendrá que moverse como gato entre cristales para no echarse la soga al cuello. No puede parecer que se aprovecha de su estado de salud. Si las más recientes encuestas revelan que tiene al menos tres dirigentes regionales con proyección nacional, mientras que el chavismo, salvo Chávez, no cuenta con figuras relevantes —ninguno tiene su carisma ni la conexión con amplios sectores de la población—, la nueva realidad del presidente con cáncer seguramente la favorecerá en los próximos sondeos.

Chávez regresará, pero no cuando le dé la gana, como dijo el soberbio exvicepresidente José Vicente Rangel, sino cuando los médicos le den de alta. A su regreso ya nada será igual. Y aunque vuelva como una persona que se sobrepone a la adversidad, lo hace debilitado no sólo por la enfermedad sino también políticamente. La delegación de funciones, que no  ha hecho y parece no tener intención de hacerlo, hace difícil pensar que no tenga consecuencias. Si insiste en presentar su nombre para las presidenciales de 2012, el triunfo le será esquivo: la crisis es la misma con él que sin él y el cáncer es un factor que se suma a los que ya conspiran en contra suya.

 

 

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