Por: Francisco Gutiérrez Sanín

¿Ya para qué?

Colombia se encuentra en una situación extraña respecto de la paz. Aunque hay un apoyo bastante amplio al proceso, éste parece irse quedando sin voz.

 Por una parte, están los que han escogido emprenderla contra el proceso, porque tienen la creencia, errónea, de que en las actuales circunstancias eso les dará réditos políticos. O de pronto hay un cálculo más insidioso, pero más inteligente, detrás de ese comportamiento: a la larga, los pacifistas colombianos inevitablemente se quedan sin gasolina, así que el que le apueste al fracaso no puede perder. Por otra, están los que celebran la perspectiva de la paz, pero la sobrecargan con tal cantidad de condiciones que la hacen inviable. Quieren una paz pura, angelical, sin un adarme de mancha, sin el pasado de horrores y sin un futuro duro y con muchas decisiones difíciles que afrontar. Y aseguran, muy seriamente, desde diversas posiciones de autoridad, que “esas cosas” —acuerdos pactados con grupos armados ilegales que permitan que éstos transiten hacia la vida pública— son cosas del pasado. “Eso” era posible antes de 1991. Pero ya no.

Pues bueno, señores, les tengo dos noticias. Ambas son malas. La primera es que no hay tal cosa como una paz angelical en un país que lleva matándose al menos 50 años. La segunda es que más bien es cierta la proposición contraria de la que están defendiendo: este es precisamente el momento de las soluciones negociadas. Desde el fin de la Guerra Fría, éstas constituyeron una de las principales rutas para terminar las guerras civiles. No sólo fueron relativamente frecuentes, sino que resultaron más exitosas que cualquier otra (la presión militar, o la simple denuncia), de acuerdo a muchos criterios. En particular, y como lo muestran varios analistas, las soluciones negociadas con participación política ulterior del antiguo adversario resultaron ser espectacularmente exitosas en el sentido modesto pero ultraimportante de evitar una recaída, a cualquier nivel de desarrollo, y en los más diferentes contextos: desde Irlanda del Norte hasta Tayikistán, pasando por Sierra Leona, Nepal y Sudáfrica, entre otros varios casos. Tanto los maoístas como el régimen monárquico en Nepal habían cometido crímenes horrorosos. No hablemos ya de Sudáfrica, en donde el despreciable apartheid generó una violencia que también tuvo sus momentos atroces. Sin embargo, en algún momento un sector de los liderazgos de esos países —a ambos lados de la barricada— tuvo la inteligencia y la grandeza de guiar a sus sociedades a una nueva situación, cualitativamente diferente, no basada en la amnesia, pero tampoco gobernada por las cuentas de cobro. Muchos tipejos despreciables se habrán lucrado de este proceder autocontrolado e inteligente. Pero a la sociedad en su conjunto le fue todavía mejor, al menos en relación con cualquier otro escenario alterno verosímil. No vayan a Irlanda del Norte o a Tayikistán esperando encontrar un paraíso. Pero ya nos llevan un universo de ventaja: pues no se matan por razones políticas.

¿Mi consejo? No se dejen intimidar, y aprovechen un poco mejor la enorme legitimidad que tiene la paz. No sólo entre nuestra población, sino entre los auditorios internacionales. Si se va a invocar la razón de Estado para torturar, incendiar o destruir, eso no va a ser posible. Pero para hacer la paz de verdad (la que se hace entre enemigos, como decía Carlos Lleras, no la que se tranza “con el amigo, el vecino, el compadre”), es distinto. El margen de maniobra es muy amplio. Al fin y al cabo, esta es nuestra casa, y hasta tenemos un mandato constitucional pacifista para ponerla en orden.

Cosquilleo E6. Con gran claridad, el representante Barguil mostró en la radio cómo los bancos siguen tumbando a los más pobres. ¿Hasta cuándo?

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