Por: Fernando Toledo

Ya se le ve la cara

La primera etapa de la restauración del Teatro Colón está casi lista.

Desde el exterior se nota un avance que es extensivo a la plazoleta de San Carlos: con el fin de quitar las escaleras incrustadas en las puertas, que eran feas y entorpecían la evacuación, se agregó un atrio con escalinata que le da a la fachada cierto tronío y sentido a la marquesina instalada hace poco. Adentro, las paredes cubiertas de estuco privilegian el otrora paliducho vestíbulo con un grato aire decimonónico que recuerda, mutatis mutandis, el de teatros como el Nacional de Praga o, acaso, el sugestivo De los Estados en la misma ciudad.

La primera consideración al emprender la obra debió ser la de mantener un espacio vivo acorde con las necesidades de hoy, y no una pieza de museo, lo cual habría sido una torpeza. En la sala, la disposición de un foso más amplio y el declive de la platea, con sillas modernas y cómodas en cambio de las ruidosas que se instalaron en 1948 para la Conferencia Panamericana, optimizan la visibilidad y sugieren mayor amplitud. Lo propio ocurre con la supresión de los terciopelos, esponjas para el sonido y sementeras de ácaros, que abrumaban los palcos.

Hoy se aprecian en todo su cándido esplendor las pinturas cenitales por la supresión de la araña que, como si esto fuera un curato, ha causado una ingenua polémica. El versallesco candelabro, que correspondía a la reforma que se hizo para la citada conferencia, obstaculizaba la visión desde el gallinero y resultaba pesado para la estructura; pamplinas a un lado, fue atinado desecharlo e instalar el plafón original. Complementan las mejoras los baños modernos y el amplio salón que reemplazó la anodina salita Mallarino de la buhardilla.

Respecto de la modernización aún pendiente del escenario, el Ministerio de Cultura se asesoró de un equipo alemán experto en coliseos. Pronto se iniciarán los trabajos con miras a una posible reapertura en 2012: más espacio, hombros que permiten mover trastos y modernización de la tramoya serán la tónica. A su turno, el tema acústico ha sido orientado por una de las firmas más distinguidas del mundo y, al respecto, la disposición de las sillas, el rediseño de la gradería del gallinero y la mencionada supresión de textiles significan avances considerables. En síntesis, un acierto haber intervenido una sala entrañable con el rigor técnico requerido y sin que perdiera el sabor de siempre; ojalá que se definan su destino y su función con igual sensatez y se recupere todo el brillo, para este siglo XXI, de un teatro que amén de decano es emblema.

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