Por: Esteban Carlos Mejía

Ya vamos llegando a Pénjamo

ISABEL BARRAGÁN CUMPLE 33 AÑItos el próximo 11 de julio. “Qué signo el mío”, dice, resignada.

Por un momento pienso que me va a facturar un delirio sobre horóscopos y constelaciones. Estamos en una anticuaria, junto al parque de Belén, mero occidente de Medellín. Como siempre, va en contravía de la usanza: camiseta sin mangas, muy pegada al cuerpo, y bluyines, más ceñidos aún, descaderadísimos, una genuina ordalía: parece desnuda aunque está vestida. Y una gorra de beisbolista, ¿Mets o Marlins?

“Leí tu columna sobre territorios imaginarios”. Hace una pausa. “Por ponerte a hablar de Yoknapatawpha y Comala, no mentaste a Balandú, la más paisa de las regiones fantasmagóricas de Antioquia, invención de don Manuel Mejía Vallejo”. Agacho la cabeza, compungido. “¿Sabes quién me hizo notar el lapsus? Eduardo Escobar, el nadaísta”. “Tú sí no das puntada sin dedal”, se ríe. Niego, cabizbajo pero enfático.

“Te faltó Cuévano”, dice. “¿Pénjamo?”, me defiendo. “Cuévano, pendejo. De Jorge Ibargüengoitia, escritorazo de América”. Vuelvo a bajar la cabeza. “Un cuévano”, dice, “es un cesto grande y hondo para llevar la uva en la vendimia o en el que las nodrizas cargan sus bebés”. Saca un libro y lee en voz alta: “Los habitantes de Cuévano suelen mirar a su alrededor y después concluir: –Modestia aparte, somos la Atenas de por aquí”. “¿No era Bogotá, pues?”, digo. Isabel sigue leyendo: “Cuévano es ciudad chica, pero bien arreglada y con pretensiones. Es capital del Estado de Plan de Abajo, tiene una universidad por la que han pasado lumbreras y un teatro que cuando fue inaugurado, hace setenta años, no le pedía nada a ningún otro. Si no es cabeza de diócesis es no más porque durante el siglo pasado fue hervidero de liberales. Por esta razón, el obispo está en Pedrones, que es ciudad más grande. –Los de Pedrones —dicen en Cuévano— confunden lo grandioso con lo grandote”. Reconozco la carátula: Estas ruinas que ves.

“Cuando la leí me pasé un rato, un ratote, buscando a Cuévano y a Plan de Abajo en un mapa de México”, digo, a ver si me perdona. “Es como un espejo de Guanajuato, y allí pasan además Las muertas, Dos crímenes y Los pasos de López, a cuál mejor. En 1983, el pobre Ibargüengoitia se mató en un accidente de aviación con Marta Traba, Ángel Rama y Manuel Scorza, creador no de míticas regiones sino de personajes legendarios como Garabombo, el Invisible, y Agapito Robles”.

Los ojos de Isabel me esquivan con aspereza. Trato de cautivarla. “Para acabar de ajustar, Isa”, digo, precavido, “también se me olvidó El Valle, de Rolando Hinojosa, el mejor autor de la literatura chicana contemporánea”. “¿Quién?”, gaguea Isabel. “Rolando Hinojosa. El buenazo de Ricardo Bada dice que El Valle, y cito más o menos de memoria, ‘es un mundo lleno de savia y de vida, de gracia narrativa como muy pocas veces le ha sido concedida a un narrador de nuestro idioma’. Una ficción descomunal, con casi 1.000 personajes, creíbles y entrañables”. Isabel quiere quitarse la gorra. “No, por favor”, gagueo, “te ves hermosa así… entre sombras”. Se me burla en la cara: “¡Mañé!”

Rabito de paja. Ay, Uribito Carimagua, no es cuestión de edad sino de ideas.

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