Por: Columna del lector

Yo elijo

Por Germán Vargas

Desnaturalizado nuestro lema nacional, “Libertad y Orden”, somos prisioneros del desorden porque el albedrío se hizo anarquía: las leyes inútiles debilitan a las necesarias (Montesquieu), y las autoridades son permisivas con quienes rompen las reglas.

Nación de leyes divinas, gozamos de garantías para evadir culpas —por orgullo o miedo al castigo—, como el comodín de las justificaciones, o aquellas mentiras piadosas a las que atribuimos el poder de la salvación (incluso nos dotan de abnegación). Cualquiera podría lanzar la primera piedra, y producir una bola de nieve que crece con cada falta (ojalá expresada en diminutivo), que se relativiza y transige; es una pena, y las penas que se aplican dan pena: estos juegos de palabras reflejan nuestro cinismo.

Y sin embargo escondemos la mano, tal como demuestran las quejumbrosas encuestas, o la cómplice indiferencia. En consecuencia, hemos renunciado a cambiar este aspiracional país, empezando por reconocer aquello en lo que nos hemos convertido, para corregir aquello donde hemos fallado.

Por eso, y motivado por resaltar noticias positivas, dedico esta columna a dos funcionarios que inspiran mientras utilizan sus poderes públicos para hacer el bien, demostrando que la integridad con ese propósito superior vale el costo político. Han sido justos, y nos protegen de la mala libre competencia: aquella que se escuda en reputación multinacional, ataca con músculo financiero al erario —corrupción, evasión, elusión, y demandas contra la nación— y los proveedores locales, secuestrando nuestras opciones como clientes por concentración del mercado.

Merecen nuestra admiración, y debemos apoyarlos para no seguir estrechando la “mano invisible” de esos carteles vinculados: al cemento; los pañales y cuadernos; las drogas (legales), donde el control directo modera algunas marcas aunque se corrompen los genéricos; y los bancos, que siguen especulando con las tasas y tarifas financieras, pese a la destacable legislación promovida por el senador David Barguil.

Cuántas empresas impunes o sancionadas continúan delinquiendo en Colombia; cuántos altos directivos y profesionales siguen pecando para reportar ventas récord ante sus casas matrices, ungidos con reconocimientos y ganando indulgencias con el sufrimiento de los pacientes colombianos.

Fácil predicar, tanto menos aplicar, en cada ámbito y nivel se encuentran contradicciones (PCAR, 2018). Así, en el lugar de esta Mancha, la paradoja y el oxímoron se confunden en expresiones como “corrupto fiscal anticorrupción”, “honorable congresista”, o “realismo mágico”. Me quedo con esta última referencia, pues, aunque nuestra realidad parece kafkiana, ninguno de nosotros necesita trucos para hacer lo que han logrado los equipos del superintendente de Industria y Comercio y del súperministro de Salud.

Resistiendo la tentación (económica o populista), las intimidaciones de sus detractores y las intimaciones de nuestro propio Estado, Pablo Robledo y Alejandro Gaviria son la clase de héroes que necesita Macondo. Para seguir este camino de transformación, no esperemos grandes hazañas: asumamos nuestra libertad con responsabilidad, y ordenemos el país, aportando buenos comportamientos, y protagonizando o difundiendo noticias positivas.

* Catedrático ([email protected])

 

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