Por: Catalina Ruiz-Navarro

Yo le creo a Verónica Pinto

La semana pasada Verónica Pinto denunció a su esposo, el congresista liberal Andrés Felipe Villamizar, por maltrato físico y psicológico. Pinto salió a los medios con un ojo morado a contar su historia en una entrevista con Maritza Aristizábal, de RCN. Una y otra vez nos da cuenta del prontuario de agresiones, cuándo, dónde, cómo, mientras en la pantalla pasan fotos —seguramente de Facebook— en donde la pareja aparece junta. Pero ¿usted lo ha agredido a él? Yo me he defendido. ¿De qué? De sus agresiones físicas. ¿Cuáles? Me intentó asfixiar una vez. ¿Y por qué? Porque estaba borracho.

El congresista, en cambio, se ha negado a prestarse al escrutinio público. Sólo acepta cuestionarios de la prensa que contesta por escrito, con el visto bueno de quién sabe cuántos asesores de imagen y abogados de por medio. Rápidamente, esta historia de maltrato se convierte en un ambiguo choque de testimonios cuando Villamizar da su versión. Nos dice que ella está loca, que lo ha mordido, que lo ha amenazado con un cuchillo, que no es apta para ser una madre. Revive perfectamente el script del maltratador, siempre efectivo aunque nos lo sepamos de memoria.

Villamizar va más allá y libera un video a la revista Semana, en donde graba a su esposa sin su consentimiento, para mostrar que ella está muy afectada. Y el video es brutal. Pinto llora, le dice a su padre, Jorge Luis Pinto, exdirector técnico de la Selección Colombia (son tantos los casos que ya deberíamos llamarla la Selección de Maltratadores de Colombia), que quiere dejar a su marido, así sea yéndose a la calle. Su padre le dice que la gente la quiere y ella lo niega: “¡Todos me insultan!”, dice la denunciante, y su padre le responde con paternal dulzura que si la insultan y la agreden es porque se lo merece, porque se lo buscó, por no cumplir un papel de mujer al que ella parece resistirse. Pinto, la hija, se da cuenta de que el marido la graba, se le suelta al padre, presuntamente agarra un cuchillo y se va contra Villamizar. Y entonces su padre, el técnico de fútbol, la agarra a golpes en el piso para que “aprenda a respetar”. Los policías, en primer plano en el video, no hacen nada.

Se supone que este video debe mostrarnos cuán agresiva y fuera de sus cabales está Verónica Pinto, busca demostrar una historia de violencia familiar y que los golpes que ella ostenta pudieron venir de “cualquiera”. Pero lo que se ve en el video es una mujer asustada e indefensa cuyo intento de ataque tiene un efecto prácticamente nulo, y más cuando a su alrededor hay al menos cuatro hombres —su marido, su padre y dos uniformados— en su contra.

Mientras tanto, Jorge Luis Pinto también se esconde de las cámaras, y en un comunicado a los medios tilda todo esto de un “incidente doméstico” y reitera que no tiene nada que ver con la Dimayor, Fedefútbol o la FIFA. Pero esto sólo es porque tanto la política como el fútbol están llenos de maltratadores de mujeres que se mantienen en la absoluta impunidad. No es la primera vez que denuncias de maltrato de género se hacen públicas y los argumentos siempre son los mismos, que ellas exageran, que ellos son las víctimas y que el maltrato a las mujeres está relegado a su vida privada, y no los incapacita ni para liderar el deporte nacional ni para representar en el Congreso a la ciudadanía. La historia de Verónica Pinto nos retrata la vulnerabilidad en que se encuentran las mujeres víctimas de violencia y por qué tantas se tragan el dolor y no se atreven a denunciar. Tenemos en video el maltrato que viene de su marido y de su padre, la vemos darnos la cara con su ojo morado, y aun así no le creemos. Basta un comunicado impersonal de parte de los presuntos maltratadores para que pongamos en duda un testimonio que se sustenta con un video.

Yo le creo a Verónica Pinto porque se ha enfrentado al escarnio público y a la revictimización de los medios y todo un país para librarse del maltrato. Le creo porque sé que con alzar la voz compromete su nombre y se expone a más violencia. Porque esta denuncia no será sólo una manchita en su biografía (como quizás va a ocurrir con sus maltratadores), se convertirá en uno de los ejes de su vida. Verónica Pinto tiene todo para perder, y lo sabe en carne propia. No asumiría los terribles costos de contarnos esta historia si no fuera cierta.

@Catalinapordios

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