Por: Catalina Ruiz-Navarro

Yo le creo a Verónica Pinto (parte II)

En agosto del año pasado, un episodio de violencia intrafamiliar entre Verónica Pinto y su entonces esposo, Andrés Villamizar, representante a la Cámara por el Partido Liberal, se hizo de conocimiento público. Muchos recordarán el video, filtrado por Villamizar, en el que Pinto aparece llorando en un evidente estado nervioso. Hay algo perverso y frío en grabar a una mujer en ese estado y luego divulgarlo a los medios de comunicación, pero ha sido un golpe maestro en una efectiva campaña de desprestigio.

La opinión pública no supo que, luego de ese video, Pinto fue internada en la clínica Montserrat y diagnosticada con depresión. Tampoco se preguntó cómo fue que llegó Pinto a ese estado emocional, como dijo entonces el columnista Santiago Villa en este periódico: “Dudo que él, incauto e inocente, haya caído en las garras de una mujer que durante el noviazgo parecía amorosa y, una vez en el matrimonio, resultó ser maltratadora”. Pinto afirma que Villamizar tiene problemas con el alcohol y que este ha sido el detonante de muchas peleas. También, que cuando su hijo estaba recién nacido, la empujó contra un vidrio y luego se fue de la casa por 15 días y que en otra ocasión intentó asfixiarla. Presento en esta columna el testimonio de Pinto porque, aunque nada justifica comportamientos violentos en ninguna parte de la pareja, una cosa es “morderle el dedo índice” a un hombre protegido por su chofer y guardaespaldas, y otra las agresiones de Villamizar contra Pinto, como tirarla de un carro cuando estaba embarazada. Desde mucho antes de que Pinto siquiera pensara en hacerse a un abogado, él ya estaba dejando rastros legales que luego le servirían para pedir la custodia del niño, una amenaza que había sido permanente y que fue usada muchas veces como detonante para las crisis emocionales de Verónica Pinto. Supongo que pocas madres guardarán la calma si su pareja intenta llevarse a su hijo de menos de un año con la ayuda de un escolta. Algunos dirán que por qué ventilo estos dramas de pareja en un periódico, pero muchas de estas formas de violencia son paradigmáticas y seguro muchas mujeres en una situación similar se sentirán identificadas.

Aquí también hay una artimaña legal que es de interés público. Luego de que Pinto “lo mordiera”, Villamizar pidió una medida de protección cautelar. En una primera audiencia, la pareja hizo acuerdos, por ejemplo, que Villamizar atendería su situación con el alcohol y que ella moderaría su comportamiento. Luego vino la famosa “pelea del video”, tras la cual Pinto fue internada y Villamizar fue a denunciarla por incumplimiento de la medida cautelar. La comisaría citó a Pinto a la diligencia y la notificaron en un apartamento de propiedad de Villamizar en donde ella ya no vivía. Cuando llegó el día de la audiencia, Pinto no se presentó, y aunque en el expediente contaban con una dirección alternativa, su número de celular y su correo electrónico, nadie la notificó. Ni siquiera Villamizar, que estaba en contacto permanente con ella por los cuidados del niño y por eso sabía la nueva dirección, pero guardó silencio logrando que la audiencia se hiciera a sus espaldas. La audiencia tuvo lugar sin avisarle y el fallo equiparó la ausencia de Pinto con una aceptación de cargos; en vez de presunción de inocencia, presunción de culpabilidad. Cuando llegó la hora de pagar una multa, la comisaría sí supo cómo contactarla (en su celular, cómo no) y así se enteró de que en cualquier momento le podían dictar una orden de arresto por 30 días. En paralelo, Villamizar logró que otra comisaría le diera la custodia provisional del niño, y hoy Pinto sólo puede ver a su hijo en condiciones extremadamente limitadas.

Verónica Pinto no tuvo el derecho al debido proceso y no pudo defenderse, por eso interpuso hace poco una tutela, alegando que todo el proceso sancionatorio está viciado. La tutela está en fila para ser elegida por la Corte Constitucional y es posible que este caso trascienda más allá de una batalla de pareja. El 16 de agosto de 2017 publiqué una columna en este periódico titulada “Yo le creo a Verónica Pinto”, y luego de hacer seguimiento al caso me sostengo en mi afirmación. En ese entonces, Villamizar me contestó públicamente que él “le cree a la justicia” y, cómo no, si él ha tenido las herramientas legales desde el comienzo, y tener poder político, económico y legal siempre ayuda para que la ley, no necesariamente la justicia, esté a tu favor. Justo hubiera sido que el maltrato de género y la depresión de Verónica Pinto se tomaran en cuenta, o que al menos le avisaran de la audiencia para poder defenderse, como es derecho de todo ciudadano. Justo sería que las herramientas jurídicas que existen para defender a las víctimas de violencia doméstica no fueran usadas para atacarlas.

@Catalinapordios

Buscar columnista

Últimas Columnas de Catalina Ruiz-Navarro

¿Qué pasó con la carroza trans?

La nueva izquierda

Hacia cero

La resistencia

Votar por un proyecto de país