Yo me regulo, tú te regulas, él se regula…

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Nadie duda de la importancia que tienen las cortes y la justicia en una sociedad moderna. Son, en esencia, el guardián del contrato social; son indispensables para la vida en sociedad pacífica y ordenada.

En algunos aspectos, sin embargo, la justicia resulta insuficiente. En muchos casos —que se ven a diario en Colombia—, es por la lentitud en emitir fallos y resolver disputas. En otros muchos casos, las instituciones judiciales son capturadas por fuerzas que desvirtúan los incentivos que tienen los jueces para actuar imparcialmente, sin sesgos políticos o emocionales.

Por eso es que la autorregulación como forma de ordenar la vida en sociedad es cada vez más relevante e importante.

Tomemos por ejemplo el reciente pronunciamiento de la Corte Constitucional en relación con la injuria y la calumnia en redes sociales. Mientras que se presenta una tutela, se estudia y se falla, el daño ya está más que hecho. Además, la calumnia en redes no desaparece. Vive en la infinita nube de datos para siempre, apareciendo a un clic en cualquier momento del tiempo.

Este parece un caso claro en donde es necesario que las plataformas que manejan las redes se sometan a la autorregulación. Solamente a través de la curaduría de los mensajes se podría evitar de manera oportuna la difamación de noticias falsas o insultos y calumnias en las redes. Esperar a que falle un juez, francamente, no sirve para nada.

Lo que debería hacer la legislación es determinar la obligación de las plataformas que manejan las redes sociales de crear mecanismos de autorregulación, así como los principios básicos bajo los cuales debería funcionar ese mecanismo. Y debería ser responsabilidad de esas plataformas aplicar y promover esos mecanismos, con la participación y el concurso de los usuarios de las redes. La función de un editor responsable, que es en esencia la que cumplen los medios de comunicación tradicionales, debe trasladarse a las redes sociales.

Otro tema que debe autorregularse, por ejemplo, es el de cultura ciudadana y convivencia. Es imposible corregir todas las fallas de convivencia ciudadana cotidiana a través de un juez. Si desde nuestro propio comportamiento no tenemos un incentivo para no botar basura en la calle, no colarnos en filas, respetar los semáforos, no fumar en sitios prohibidos, no pitar en el trancón, etc., difícilmente lo lograremos a través de la imposición de normas de comportamiento por parte de un juez.

Desafortunadamente, por razones evolutivas, entre otras, el libre albedrío de los humanos va en contravía de la vida ordenada en sociedad. La especie humana cuenta con múltiples mecanismos que la incentivan a premiar un grupo pequeño de individuos buscando su bienestar por encima del bienestar colectivo. Claro que es más beneficioso llegar antes que todo el mundo pasándose los semáforos en rojo. Claro que es menos costoso botar la basura en un parque o parar a hacer pipí contra una pared y no esperar a llegar a un baño. Por eso es que se necesitan mecanismos de autorregulación.

Más cumplimiento de las normas actuales, más autorregulación y menos expedición de normas insulsas y difíciles de aplicar. Si no ponemos todos de nuestra parte, habrá cosas que ningún juez resolverá.

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