Por: Columnista invitado

“Yo nací con el 2 en la espalda” (y II)

Cuando el médico me vio el maltrecho menisco y dijo: “típico de futbolista”, sentí una cierta alegría, a pesar del dolor, porque había dicho “futbolista”.

 Bengt Cidden Andersson.
¿Cómo definimos una posición en la cancha? Quienes portan el número 2 en la camiseta son tratados como distintos, tienen el cinturón (faja) de capitán y se les endilgan epítetos como mariscal del área, líbero, back centro. Pero también les dicen patrón, caudillo, conductor. Su función primera es defender y evitar, pero, paradójicamente, algunos son goleadores.

Esa condición del líder describe su movilidad, recuperación, habilidad y agilidad, astucia, perspicacia, es decir, el líbero está “condenado” a mirar de otra manera, tiene la sensibilidad de un cuervo y la agudeza de un cóndor. Hacer la línea, una línea inexistente pero marcada, manejar la línea, gritar, salir, dejar en fuera de lugar, amparar al arquero, es decir, es un pensador, pero que materializa lo que piensa. }

Diestro, siniestro, el 2 es un d(i)os del área, es un responsable directo de marcadores adversos, es un ilusionista porque está arriba y abajo, cabecea, juega, se anticipa y hace goles. Y verlos jugar es como leer a Schopenhauer, Cioran, Camus o Nietzsche: pensamiento silencioso, calmado, marginal y vertiginoso, pero eficaz, goleador y muy humano. Ver jugar a Andrés Escobar o a Krol fue motivo de alegría existencial, pero, también, pretexto para sentir nostalgias, rabias y dolores. Volver la mirada hacia Héctor Chumpitaz, Scirea o Franz Beckenbauer es como volver a la estética de un artista que siente como 10, que se asoma al área contraria tímidamente pero es convincente.

El 2 que se puso alguna vez Koeman se parece al 2 que deja entrever a Beckett o a Brecht en sus obras. El 2 de Baresi o el 2 de Paolo Maldini se parecen a La broma de Kundera o a los más dolorosos episodios de Virginia Woolf. Y no podemos olvidar el 2 de Cafú o el de Passarella (Pessoa y Borges). Jugadores y escritores del silencio, la pesadez, la ética y la estética juntos. (A veces juegan con otro número, pero no cambian su manera de habitar el dos). Solidarios, calidosos y miedosos, como Quiroga, Maupassant o Hoffman. El fútbol de Andrés es el de un dos(ificador): equilibrio, armonía, balón de alma, sueño formidable, olor de riesgo. Andrés Escobar hoy juega mejor que cuando estaba vivo, como dicen algunos cuando se refieren a Andrés Caicedo. El color no está en la camisa y el número está en la mente, el color es un accidente: se cambia de color como se cambia de día o de noche, pero no se cambia de número: el número está tatuado. El 2 es eterno, aunque sea puesto con lápiz o con esparadrapo, es un sello, un modo de ser y de estar en el mundo. El fútbol no es serio en sus decisiones. Afortunadamente.

 

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