Por: Columna del lector

“Yo no voto por el que me gusta, sino por el que me conviene”

Por Santiago Noreña Duque

2018 es el año en el que, en un período de tres meses (mayo, junio y julio), se dará desarrollo a dos eventos trascendentales para los colombianos: la selección de fútbol participará en el Mundial y se realizarán las elecciones presidenciales. Esta última, aunque opacada por la primera, es una de las más importantes en los últimos años, pues no sólo está en juego el cargo más importante del país, sino la implementación de los acuerdos de paz entre el Estado y las Farc, la situación económica del país y la erradicación de la corrupción.

Durante el último año, los candidatos han buscado acogida. El camino es largo y la competencia es reñida, al punto que hay rostros muy conocidos que se identifican con alianzas independientes. La popularidad de los movimientos políticos que los consolidó está por el suelo y han tenido que crear sociedades a través de las famosas firmas. Hay una actitud reacia del colombiano promedio ante la política, o en mejores términos, a los que ésta representa y a sus casas ideológicas. El más evidente de los hechos no lo dieron a conocer los tiros al aire de las encuestas, sino la más invaluable de las democracias: una votación. La consulta realizada por el histórico partido Liberal, además de trascender en la elección de su candidato presidencial, consolidó con la abstención al voto de 98 % lo que las encuestas venían vaticinando, el rechazo a los partidos.

Pero cómo culpar al ciudadano de a pie, quien constantemente evidencia por los medios de comunicación los actos de corrupción que comete la misma persona que le prometió todas las garantías para su calidad de vida; aquí el votante se deja llevar por las emociones, y puede votar, incluso, con el ánimo de que no sea un candidato específico el vencedor, o en el caso más común, renunciar al sufragio, que a propósito, siempre es el gran vencedor en las elecciones. Todo esto hace que la democracia en Colombia se vea limitada. Los votantes cambian de preferencias, dan chance para que siempre sean los mismos quienes eligen por ellos y se acostumbran a llorar sobre la leche derramada.

Inclinarse por un candidato en Colombia es todo un reto. Solo basta con mirar los antecedentes de los mismos para entender que no es una tarea fácil. La labor nunca se ejecuta y nos dejamos llevar por lo que queremos oír. No conocemos las verdaderas necesidades hasta que son enfrentadas.

Solo tres meses antes de las elecciones, los aspirantes a la presidencia pueden ejecutar su propaganda política. Los más déspotas, “estratégicamente”, establecerán sus eslóganes de campaña con las problemáticas del país, con el precedente característico del populista que llevan dentro. Algunos han estado haciendo campaña con varios años de anterioridad, incluso, desde posiciones y con recursos no permitidos.

La coyuntura colombiana es compleja y el escenario se torna fácil para el candidato. Ante la falta de una figura con convicciones que genere representación o sepa asumir las problemáticas del país, seguiremos eligiendo por las propuestas individuales. Los diferentes gremios continuarán escogiendo lo que les conviene y no lo que les representa.

@santinodu

 

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