Periscopio cultural

“Yo puedo opinar, pero tú no”

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Una desafortunada característica de algunos grupos fanáticos que afirman mentirosamente estar luchando por la libertad de expresión y por la defensa de los derechos humanos es que piensan que estos existen para que los disfruten ellos, pero no son para quienes no están de acuerdo con sus teorías o con sus formas de obrar. Las libertades y los derechos son negados a los otros, quienes son matoneados y acallados, casi siempre por la fuerza. Creen que los únicos derechos que importan son los de sus copartidarios y los opositores de esos fanáticos son atacados de manera injusta y cruel.

La realidad es que los que vociferan pidiendo libertades no admiten oposición y eliminan a los que consideran que el fanatismo es peligroso y que sus teorías son malsanas. Cada día nos familiarizamos más con la existencia de paredones virtuales, donde son fusilados quienes se oponen a que la libertad de expresión la acapare un solo grupo. El que con frecuencia esos paredones acaben siendo reales es consecuencia de la intolerancia que caracteriza a los totalitarios que describo.

Ellos son los que borran la historia para acomodarla a sus teorías, vándalos que con sus revoluciones culturales acaban con el pasado y con las tradiciones. Lamentablemente, muchas veces triunfan gracias a su demagogia populista y el resultado de esas victorias es que no solo empobrecen a todos, en especial a sus ingenuos seguidores, sino que además acaban con la libertad de expresión y los derechos humanos que afirman defender, por no decir nada sobre la forma como se perpetúan en el poder. La respuesta necesaria debe ser luchar con vigor contra los intolerantes, esos lobos con piel de oveja que quieren todo para ellos y no permiten nada a los demás.

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