Yo también soy estudiante de Lucas Ospina

Un estudiante de la Universidad de los Andes y de Lucas Ospina critica el debate público que surgió por la columna de Piedad Bonnett del pasado domingo en este periódico y hace una defensa de su profesor.

"Al leer la respuesta de Ospina (foto), no encuentro al torturador pintado por los medios sino a un hombre que se sabe equivocado", dice su alumno David Agudelo Restrepo.Archivo El Espectador

En mi posición de estudiante de los Andes nunca he sentido mayor frustración que cuando suceden “escándalos” que “manchan” la “imagen” de la Universidad. En parte porque los medios son morbosos al respecto. Del dolor del caso Colmenares pasan al supuesto matoneo a los becarios, grupo al que pertenezco desde el 2011, basados en una página de rumores de Facebook…¡de la universidad de la Sabana! Luego, los medios denuncian una página de humor negro al mejor estilo de las que pululan en la internet constituida por alumnos y externos de la universidad, de apenas un año de creación. Ello, aun cuando los estudiantes de la Universidad Nacional también hicieron una página similar consolidada hace más de un lustro. En fin, parece que a los medios de este país les encanta poner a la Universidad de Los Andes en la palestra por un extraño placer.

Y eso que hablamos de los medios y no de las personas que los comentan en internet, porque para hablar de los últimos habría que hacer un estudio sobre qué motiva al comentarista colombiano de noticias promedio a escribir cosas tan cargadas de odio, de revanchismo y de mala gramática. Ambas conductas, la morbosa y la curiosamente llena de odio hacía una institución y personas enteramente desconocidas, resurgen hoy con el nuevo escándalo: La columna “Historia de un oprobio” del 20 de agosto de Piedad Bonnet sobre el caso de Lucas Ospina, profesor de Los Andes y el desafortunado incidente que ocurrió a raíz del texto de un estudiante que Ospina le envió a la Bonnet hace ocho meses.

Descifrar las motivaciones detrás de la Sra Bonnet, de Lucas y del alumno que escribió un texto tan cargado de malicia es más complejo de lo que pareciera. La columna tiene un aire a revancha de una mujer herida, y cómo no estarlo después de algo tan terrible; algo que “No tiene nombre”.

Pero la respuesta de Lucas deja entrever a un hombre que sabe que cometió un error y que lamenta el dolor que generó en alguien a quien consideraba cercano.

De fondo queda el estudiante que escribió el texto que le generó el oprobio a la reconocida escritora por el actuar de Ospina; un estudiante que ahora debe estar aterrorizado ante el temor de verse sometido a la palestra de una sociedad tan presta a juzgar pero tan pronta a olvidar.

El alumno, de acuerdo con lo que deja ver Ospina en su respuesta y por la naturaleza de la clase que dicta, sabía que su texto podría ser más o menos público dentro del campus en algún punto. Pero creo que nunca esperó que fuera tan público. Y menos cuando es un texto tan íntimamente desagradable como dejan entrever los escritos de Bonnet y Ospina.

Más aún, no creo que creyera que su texto iba a ser parte de las charlas inquisitoriales mañaneras de Julito y compañía en La W Radio, que muchas veces le dan importancia nacional a cosas demasiado triviales; ni que el equipo del periodista de radio llegara a exigir una “sanción” a un estudiante que, a pesar de escribir algo que nos resulta tan perverso, está amparado por la libertad de expresión. Pero bueno, esto último es un valor en desuso para los claroscuros desagradables de nuestra bananera sociedad colombiana, que interioriza nombres y no ideas.

Sin embargo, a pesar de que las intenciones detrás de los textos no sean claras y que parezcan variar según el que opine, es evidente que este es un asunto más íntimo que público y que, por el poder mediático de la columna de Bonnet, sumado al consabido morbo con Los Andes, adquirió ipso facto importancia nacional. Atrás quedó, por ejemplo, la subida del caño y muerte de más de una veintena de indigentes la semana pasada en la ciudad de Bogotá, los niños de la Guajira, la minería ilegal, o los twits de Uribe: hoy es Lucas Ospina nuestro villano favorito.

Pero el problema es que los medios, la gente y el texto de Bonnet construyeron un Ospina distinto al que yo conozco. Al que me ha dado clases. Yo originalmente no iba a ser estudiante de Arte de los Andes. Yo iba a ser un abogado, graduado de la Facultad de Derecho; que estudiaba más por practicidad que por placer. En una época de mi vida llena de dudas y preguntas al darme cuenta que mi carrera no era mi pasión, empecé a explorar otras disciplinas hasta llegar a una clase llamada “Artista, Obra y Espacio” que era dictada por Lucas Ospina, Mariángela Méndez y Jaime Iregui. Fue nada más al estar en esa clase, oír a Lucas y a los demás profesores, cuestionarlos, inquirirlos, retarlos y dejarme retar que me di cuenta que había algo en mí que se había encendido. Una pasión inexplorada de un joven que nunca pensó ser artista porque consideraba que el acto creativo del que habla Deleuze se reducía a lo plástico. Fue esa clase la que me motivó a empezar a estudiar Arte a la par que Derecho. Porque eso es algo que permite la universidad: estudiar dos carreras al tiempo, no importa cuán descabellado sea esa mezcla.

Con el tiempo fui conociendo más a Ospina. Supe que era un profesor con un gusto por escuchar a sus estudiantes, bastante desorganizado y muy caustico en su crítica sarcástica al status quo del arte y del mundo en general; del que no se niega como actor, sino que se reconoce y acepta en contradicción. Conocí a un tipo que estaba a gusto en Los Andes, no por la institucionalidad burocrática, acartonada y aterrada de ser diferente; sino por sus estudiantes, a los que siempre les tuvo las puertas abiertas.

 Nada más el viernes, antes de que surgiera el texto de Bonnet, Ospina y yo hablamos de un proyecto que tengo entre manos. Me ofreció su apoyo y darle seguimiento a mi trabajo; no porque sea una tesis o similar, sino porque soy su estudiante y las iniciativas estudiantiles le resultan valiosísimas. Pareciera, por el tono, que lo estoy adulando; pero no tengo otra forma de expresar cómo es el Lucas Ospina que yo he conocido.

Sé, por una experiencia personal que no quiero ventilar aquí, lo que se siente perder a alguien de la manera en que la señora Bonnet perdió a Daniel Segura. No entiendo, sin embargo, lo que es perder a un hijo. Al recordar a esa persona que perdí siento un nudo brutal en el estómago y el mundo se me vuelve ceniza y sombra, vacío y dolor. Ahora, ¿no se sentirá una madre cien mil veces peor? Por eso encuentro justificable el texto, la ira y el deseo de un castigo justo a un oprobio como el que sufrió la sra. Bonnet.

Sin embargo, al leer la respuesta de Ospina, no encuentro al torturador pintado por los medios sino a un hombre que se sabe equivocado, que no consideró el efecto que tendría el texto que envió en relación con los sentimientos de una madre y que lo hizo pensando en un ejercicio de memoria, de recuerdo, (aunque terrible) de Segura; el hijo de Bonnet.

Si Lucas fuera un monstruo cruel, no habría organizado la exposición que hizo alrededor de la obra de Segura. No habría tenido consideración con Bonnet; ni siquiera le hubiera respondido. Los sádicos no suelen ser empáticos con los objetos de su deseo cruel. Pero Lucas respondió afectado, compungido y terriblemente arrepentido. Respondió a la altura del Lucas Ospina que me ha dado clase, al que he conocido, al que llamo “profesor”.

Sabiendo esto, entiendo el desahogo, la queja, la denuncia de la sra. Bonnet. Entiendo a Ospina, su arrepentimiento y su tristeza. Nunca entenderé al estudiante del texto; para él mi infinito disgusto, pero respeto su libertad de expresarse de la manera en que lo hizo. Y para los medios de este país a los que aspiro pertenecer algún día (pues también adelanto la opción en periodismo del CEPER de la Universidad de los Andes): nunca entenderé su morbo con mi universidad. Nunca comprenderé por qué les fascina tanto inventarse historias sobre Los Andes, convertirnos en noticia nacional, hacernos ver a becarios y estudiantes como yupies, ricachones o niños mimados. Nunca entenderé por qué insisten en la noticiabilidad de Los Andes, una universidad de la señorial Bogotá, cuando hay noticias (muchas) allá donde no van: la Guajira, el Meta, el Amazonas, el Chocó…Nunca entenderé su gusto por crear monstruos de papel, partiendo de personas de carne y hueso. Por eso, me seguirán frustrando las noticias que hagan sobre mi universidad. Y por eso hoy digo, que yo, al igual que muchas personas, fui y soy alumno de Lucas Ospina. No del Lucas que ustedes crearon; sino del que yo he conocido.

A modo de colofón, debo admitir que me indigna la demora en la respuesta del Comité Disciplinario del Consejo Superior de la Universidad. Creo que si hay un fallo, es ahí. Entiendo que hayan concluido que no hay una sanción disciplinaria, pues estos actos son más íntimos que públicos; por las razones expuestas anteriormente. Entiendo que adelantaran una investigación juiciosa; pero ¿era necesaria tamaña espera en silencio? Ahí coincido con la sra. Bonnet en lo oprobiosa que resulta esa conducta. Pero considero que ese fallo no tiene importancia nacional. Dudo mucho incluso si regional o de ciudad. Considero que muchas instituciones educativas tienen esos y otros fallos administrativos profundamente peores, sin que se les considere noticia. Por eso, entiendo que la Bonnet haya publicado la columna que publicó; pero no comprendo el eco que le dieron los m

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