Por: Klaus Ziegler

Yohir Akerman: una piedra en el zapato

Pocas veces me animo a abrir las páginas del diario El Colombiano por la misma razón que jamás sintonizo Fox News, ni leería un panfleto del régimen castrista, ni un periódico como L'Osservatore Romano.

Hay medios informativos y medios de "fabricación de consenso", para utilizar el término acuñado por Noam Chomsky y Edward Herman en su famoso tratado sobre la economía política de los medios de comunicación. Si acaso decido hojear el diario de los Gómez y los Hernández lo hago solo para constatar las conclusiones de ese estudio clásico.

En el caso de El Colombiano, la verificación del modelo chomskiano no ofrece mayores dificultades: basta analizar los editoriales de aquella época cuando comenzaron a revelarse los incontables casos de corrupción, transgresiones y abusos que caracterizaron al gobierno pasado. El portal La Silla Vacía nos ofrece una antología de colección [1].

Por ejemplo, se recuerda allí cómo en 2009, cuando estalló el escándalo de Agro Ingreso Seguro, su dirección editorial, no ajena a ese periodismo de bola de cristal que no requiere pesquisas ni investigaciones, sabía de antemano que todo aquello se trataba de una “zancadilla”, de una patraña para “desprestigiar la labor del Presidente Uribe”, y de paso, para desarticular la carrera política del exministro Arias. Cuando se propuso debatir el asunto en el Congreso, ejercicio elemental de la democracia, la Dirección reaccionó indignada: “Hablemos, sí, de cuándo, por qué y para qué surge este debate. Surge, cuando en una encuesta sobre intención de voto en el momento, aparece punteando Andrés Felipe Arias, […]. Y AIS no será el único foco. Habrá más. Amanecerá y veremos” [2]. Y ahora que amaneció, Arias huye prófugo de la justicia.

La historia se repite tres años después. En 2011, cuando la Corte Suprema halló culpable a Guillermo León Valencia Cossio de poner la Fiscalía de Medellín al servicio de la delincuencia organizada, El Colombiano no dudó en descalificar la decisión de los jueces, acusándolos de estar politizados. La credibilidad e imparcialidad de un diario se ven comprometidas cuando sus directores salen prestos a descalificar los fallos judiciales, si estos afectan a personas cercanas a la casa editorial. En este caso, el mismo periódico reconoce que siempre ha existido “una larga y profunda amistad con la familia Valencia Cossio” [3].

Pero si el sesgo político es evidente, el ideológico no resulta menos pronunciado. Después de conocerse una de las pocas sentencias progresistas en la legislación colombiana, los directores de ese diario arremetieron contra la Corte Constitucional por autorizar el aborto en algunas circunstancias: “Hay que seguir gritando […] hasta que la Corte entienda cuál es su función […]. Si no lo hace, no merecerá respeto alguno y menos, el título de honorable. Ni será una Corte sana”, rezaba así un editorial.

Quienes merecen respeto son las instituciones. Resulta increíble ver cómo los directores de un periódico confesional se arrogan el derecho de imponer sus propios prejuicios religiosos para reprender (a gritos) a los altos tribunales, indicándoles cuáles son y cuáles no deben ser sus funciones, como si Colombia fuese una teocracia.

Más de uno se preguntará cómo un agnóstico y librepensador como Yohir Akerman logró sobrevivir seis años en semejante caverna. Sus opiniones, a menudo contrarias a la agenda política e ideológica de sus directores terminaron convirtiéndolo en una piedra en el zapato. Su destino no podía ser diferente del de otras plumas independientes. Debió renunciar, como en su momento lo hicieron Javier Darío Restrepo, Pascual Gaviria, Héctor Abad Faciolince, Alberto Aguirre…

Resulta curioso que a Akerman se le acuse de irrespetar a los creyentes cuando cita textualmente algunos pasajes bíblicos. ¿Acaso resultan tan anacrónicos e inmorales que el mero hecho de transcribirlos fielmente constituye una ofensa? ¿Qué hay insultante o irrespetuoso en su artículo “Enfermos”, como para haberle valido su despido? ¿Quizás haber señalado el sesgo ideológico disfrazado de ciencia de algunos profesores de una universidad del Opus Dei? ¿Acaso haber escrito la palabra “Dios” con minúscula o haber asimilado algunos pasajes de las Sagradas Escrituras a errores de la Divinidad?

Como tantos otros agnósticos, Akerman tal vez carezca de esa capacidad de sindéresis necesaria para la comprensión de un libro cuya lectura imparcial dejaría horrorizado a cualquiera que no haya sido adoctrinado en el credo judeo-cristiano. ¿Qué tipo de hermenéutica sería necesaria para no ver con horror un pasaje donde se lee: “Si una joven se casa sin ser virgen, morirá apedreada”? (Deuteronomio 22: 20-21). O donde se incita a la violencia, incluso al genocidio: "Cuando el Señor tu Dios los eche delante de ti, debes matarlos y destruirlos completamente; no harás convenio con ellos, ni les mostrarás misericordia alguna”… La barbarie continúa página tras página, como mostró Akerman en su columna.

Para los directores de El Colombiano, o bien el columnista se comprometía a modificar su artículo, ajustándolo a la constipada ideología del periódico, o debía renunciar. El texto resultaba inaceptablemente ofensivo para la casa editorial. Pero si fuésemos a prohibir todo aquello que nos resulte ofensivo habría que comenzar por pedirle respeto a sus editores, cuando escriben: “A los colombianos nos queda pedir que nos iluminen el Espíritu Santo, los ángeles y los santos” [4]. Un diario pluralista, respetuoso de otras creencias, jamás confundiría católicos con colombianos. Se tiene la impresión de estar leyendo, no un diario contemporáneo, sino una hoja parroquial de otro siglo.

Y hablando de irrespeto, ¿podría haber algo más abusivo que someter a un niño sin capacidad de juicio al troquelado religioso de una fe particular, aprovechando la inocencia y maleabilidad propia de la infancia? A miles de millones de agnósticos nos resulta inaceptable una moral fundamentada, no en la razón y en el conocimiento, sino en los preceptos de libros escritos por pastores de la Edad de Bronce. Tampoco encontramos justificación alguna para negarles a nuestros hijos la oportunidad de una educación cimentada en el conocimiento científico, y no en supercherías, en historias de milagros, de seres sobrenaturales, de ángeles, de dioses que exorcizan demonios, resucitan muertos, caminan sobre las aguas… Semejantes fábulas resultan tan elementales y anacrónicas como para el católico podrían ser las mitologías mayas, el esoterismo tántrico, o la creencia en Odín y demás dioses del Valhalla.

No menos insufrible resulta ser testigo de la hipocresía de aquellos comprometidos con la defensa de la moral y la libertad de expresión, de quienes se jactan de “promover el debate desde el respeto y la argumentación”, pero consideran inaceptable cualquier opinión contraria a sus dogmas conservadores y retardatarios.

[1]http://lasillavacia.com/elblogueo/ccortes/21698/antologia-de-editoriales-de-el-colombiano
[2] http://www.elcolombiano.com/historico/ais_zancadilla_fallida-GLEC_67122
[3] http://www.elcolombiano.com/historico/y_la_justicia_fallo-IGEC_121911
[4] http://www.elcolombiano.com/una_corte_poco_celestial-CDEC_113032

 

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