Por: Ignacio Zuleta

Zánganos electrónicos

Hace unas semanas, la multinacional Walmart —la compañía más grande del mundo medida por ingresos— solicitó las patentes de unos drones diseñados para rociar pesticidas, identificar plagas y polinizar plantas. Esta información instiga a cavilar.

La noticia les parecerá normal y buena a Trump y a los sonámbulos consumidores englobados. Personalmente —azuzado por la lectura de un libro imprescindible y desafortunadamente aún no traducido: “The Patterning Instinct”—, me suena a filosofía de billetera y es desfasada ¿o perversa? cuando sufrimos la crisis del entorno del planeta y sus parásitos.

Empecemos por el final. El razonamiento de esta multibillonaria compañía es el siguiente: como se están acabando las abejas y otros polinizadores que fecundaban miles de plantas cultivadas para producir alimentos, bebidas, fibras, especias y medicinas de las que vendemos, pasemos a la siguiente etapa y utilicemos drones, que además nos pueden informar si hay plagas para poderlas rociar con pesticidas. Suena económicamente razonable y es factible, así que, ¿por qué no?

Si los patrones de pensamiento de estos poderosos no fueran los de “crecimiento económico ilimitado a través del consumo”, “somos conquistadores de la naturaleza” y “la técnica es la nueva salvación”—modelos tan enquistados en la mente contemporánea que parecería ser una verdad indiscutible—, quizá razonarían en términos distintos.

Discurrirían, por ejemplo: estamos acabando con los polinizadores —por causa de los tóxicos que enferman— y la naturaleza tiene un límite. ¿Y de las otras plantas qué? No hemos podido evitar el cambio climático que causa un desfase entre cadenas tróficas; en realidad la especie humana es parte del todo y su meta es la armonía y podemos cooperar entre nosotros en vez de cultivar la competencia depredadora; lograr el Homo Deus a través de la técnica será una entelequia fallida a largo plazo... entonces mejor hagamos la inversión en la raíz de los problemas: control biológico de plagas, cultivos diversificados y limpios, menos bienes superfluos y más productos básicos, etc. Eso, obviamente, sería pedirle peras (hoy tan contaminadas) a un olmo, transgénico.

La idea de un mundo tecnificado y desnaturalizado ya no pertenece solamente a la ciencia ficción con sus zánganos robot y sus manipulaciones del código genético. ¿Pero queremos eso en nuestra casa común? La sola idea estética de cambiar una abeja por un zángano eléctrico zumbando en los cultivos espeluzna. Como abruma la pesadilla de Kurzweil de un futuro regido por las máquinas después de haber alcanzado la “singularidad tecnológica” en una era posthumana.

Es imprescindible reflexionar de nuevo sobre qué nos hace verdaderamente humanos, con técnica o sin ella, y cuál es nuestra verdadera relación con el planeta, con los demás y con el cosmos del que somos parte. Por muy desacreditadas que estén las religiones, su utilidad, para mí, sigue siendo la de recordarnos que tenemos facultades que trascienden el cuerpo y el intelecto en experiencias de comunión cuyos misterios no se revelan a la razón y la ciencia porque no dependen enteramente de la energía física y pertenecen a lo que sin recato llamamos el plano del espíritu. Sin este componente, la civilización, enfrentada a la disyuntiva actual, difícilmente llegaría a optar por el camino de un mundo humano y sustentable. Podemos escoger; y toca ya.

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