Por: Antonio Casale

Zidane y el poder de lo simple

Zidane ganó la novena orejona como jugador para el Real Madrid siendo el hombre de las ideas. Ganó la décima como asistente de Ancelotti y está a punto de firmar el primer doblete de la historia de la Champions como técnico si su otro amor, la Juventus, se lo permite. Pero hay gente exitosa que no tiene el reconocimiento que merece y Zidane es uno de ellos.

Vestido de cortos fue el mejor de su país en la obtención del título de Francia-98, pero el mundo estaba pendiente de Ronaldo. Ganó la Euro de 2000 en lo que significó el único gran título en el que el mundo le reconoció su importancia. En la Juve ganó todo menos la Champions, aunque llegaron a dos finales, pero el amor de la gente lo recibían, por encima de él, Del Piero, Davids o Inzaghi. Cuando llegó al Madrid su magia se vio eclipsada en lo mediático por Beckham, Ronaldo, Raúl, Figo y Roberto Carlos. Un Balón de Oro y tres FIFA World Player son poco reconocimiento para alguien que se ganó el derecho a compartir el olimpo del fútbol con Messi, Maradona, Cruyff y Pelé. El bueno de Zidane nunca protestó su lugar ni se hizo raros peinados que lo diferenciaran de los demás; tampoco les dio tema a las revistas de farándula. Siempre apocado, el francés terminó su carrera con un cabezazo a Materazzi en la final del Mundial de Alemania en 2006. Tal vez fue ese el instante en el que exteriorizó toda la frustración inconsciente por nunca haber recibido el lugar que merece.

Como entrenador no ha sido distinto. De pocas palabras, no tiene el verso de Guardiola ni las variantes tácticas de Mourinho, mucho menos es el tipo de motivador expresivo como Simeone. Pero es que para manejar el vestuario de egos del Real, en donde hay 16 jugadores que merecen ser titulares y un jefe que mete la mano pensando en valorizar sus inversiones, se necesita algo que pocos tienen y nadie reconoce: tranquilidad y simpleza.

Es evidente que este Madrid no es un dechado de virtudes tácticas, pero no lo necesita. Si así fuera, castrarían las posibilidades naturales de su constelación de estrellas. El francés transmite la misma paz que transmitía cuando jugaba. Quienes lo vimos y lo dimensionamos sabemos que cuando todo el mundo tenía la cabeza caliente, él la tenía fría. Siempre fue el encargado de pensar y decidir, por eso sus ególatras galácticos que tenía como compañeros no lo necesitaban como amigo sino como líder, al igual que los jugadores de su equipo lo hacen hoy.

Una casa tan complicada como la blanca necesita de líderes que simplifiquen y eso es lo que mejor sabe hacer Zidane, así la simpleza no produzca amor.

 

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