Zoomcurrulao

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Desde marzo me preocupo por los efectos que tendrán el distanciamiento social y los tapabocas sobre nuestra gestualidad y tonos de voz, tan implicados en comunicar quiénes somos y qué sentimos. La dificultad para entender lo que ahora le dicen a uno depende tanto de la barrera que la mascarilla les pone a los sonidos, como de la inexpresividad de las caras. De ahí que recordara a la nana Amantina Valoyes** y me preguntara cómo hoy en día lograría sus enseñanzas. Hace 50 años, a ella la había dejado anonadada la película Sissy Emperatriz luego de verla “sobre el pañete de la casa de las Blandón en Tutunendo”. Entonces, decidió montar una academia para enseñarle a la gente de los ríos chocoanos el punta- talón, punta-talón-punta, a partir de la melodía del Danubio Azul que ella tarareaba y cuyo ritmo marcaba en una vieja tambora. Nive Lagarejo apoyó el experimento, comprando telas de los únicos colores que para esos años de 1950 se conseguían en Quibdó, “azul manto de virgen, rosado mañe y amarillo pollito para bailar el vars con hombres semidesnudos que tenían por única elegancia un cuello azul, rosado o amarillo, hecho con el sobrado de los vestidos…” Como Amantina, los bailarines cerraban los ojos para que la imaginación los transformara en príncipes y princesas que no daban vueltas en un pequeño galpón de suelo de tierra sino en “un castillo de piso finísimo y grandes lámparas colgando del techo…”

Como sucede con casi todos los puertos del Pacífico, antes de que a Tutunedo lo sitiara el COVID-19, lo habían hecho garitas de costales de fibra, ametralladoras y gente armada con nociones claras de las músicas y danzas permisibles. Fue así como en los años de 1990 marimbas, bombos, guasáes, cununos y cantaoras pasaron a la clandestinidad, y se diluyeron esos bailes que nenas y nenes hacían apenas dejaban de gatear. Por fortuna, en Guapi el espíritu de Amantina Valoyes se reencarnó en Rosa Amalia Quiñones no para enseñar valses vieneses, sino para reunir en otro galpón a las mayoritarias y mayoritarios que recordaban cómo eran sus currulaos y así les enseñaran la tradición a niñas, niños y adolescentes obnubilados por el reguetón. Fundó la Escuela Folclórica de JUNPRO (Juventud Unida para el Progreso) que ahora debe llevar a cabo sesiones de Zoom y Facebook Live, como la que tuvo lugar el pasado 16 de julio con ocasión de la fiesta de la virgen del Carmen, a quien Rosa Amalia reconoció como “diosa del agua”. Hace un par de semanas yo había visto la presentación que resultaba de varios días de ensayo: enmascarillados niñas y niños bailadores marcaban los pasos desde su casa, valiéndose del celular para que las vieran y coordinarse con sus compañeros de ensamble, siguiendo el ritmo que marcaba cada instrumento albergado en otro espacio y hecho visible por el respectivo teléfono inteligente. Las deficiencias en la transmisión dependían de la distancia y de que —a principios de año— el Eln había inhabilitado la fibra óptica que le servía de cordón umbilical al puerto.

¿Cómo será la identidad de los alumnos de Rosa Amalia sin ver, ni poder imitar —en vivo y en directo— los gestos y poses que hacen las cantaoras cerca de la marimba, rodeadas de tamboras y guasáes? ¿Cómo adquirirán los guiños de coquetería que se hacen las parejas para representar la seducción objeto del baile? A la gente armada cuya presencia se ha vuelto rutinaria, ¿le gustará el currulao y la innovación pedagógica que ha sido necesario introducir? ¿Cómo actuará el Estado en esa y otras regiones para que los grupos armados no caigan en la aberración de reprimir a esas maestras de la tradición, y a sus alumnas y alumnos?

Cambiando de tema, resalto, en primer lugar, que, en menos de 24 horas, a la hipocresía, mendicidad y ramplonería de la extrema derecha las habían respondido 5.000 firmas de respaldo a la honestidad y transparencia con la cual actúan el jesuita Francisco de Roux y demás miembros de la Comisión de la Verdad. Ha sido una ocasión excepcional para manifestarles apoyo a los responsables de los Diálogos para la no Repetición. En segundo lugar, destaco el lanzamiento de Diáspora.com.co, el periódico virtual que busca “establecer un puente entre las problemáticas socio – raciales, los debates académicos y las realidades políticas de nuestros tiempos, desde las voces de los afrodescendientes, indígenas, mujeres, activistas, líderes de opinión, académicos, movimientos sociales y organizaciones”.

* Profesor, programa de Antropología, Universidad Externado de Colombia.

** Posso Figueroa, Amalia Lú. 2001. Vean vé, mis nanas negras. Bogotá: Ediciones Brevedad, págs.: 71-74.

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