Por: Beatriz Miranda

Pacto de Leticia por la Amazonia

Después de algunas semanas de una Amazonia en llamas, los presidentes de Bolivia, Colombia, Ecuador, Guyana, Perú y Surinam se reúnen para establecer un plan de contingencia para salvarla y para decir que la Amazonia es nuestra. Sin la presencia del presidente Nicolás Maduro, del presidente Jair Bolsonaro y de representantes de la Guyana Francesa, la cumbre llega como una respuesta tardía a la dolorosa destrucción de millones de hectáreas de la selva amazónica.

Una vez más, con un discurso de soberanía histórico y atemporal, pronunciamientos evasivos y preguntas cruciales sin respuestas, intentan crear una cortina de humo que disfrace la dura realidad que afrontan la selva y los pueblos ancestrales de la Amazonia. El presidente Jair Bolsonaro afirmó por medio de un video que las quemas no son tan graves comparadas con los últimos años y criticó a Emmanuel Macron por haber dicho “que la soberanía de Brasil y de la región amazónica estaba en discusión”.

Además se refirió a la demarcación de las tierras indígenas en Brasil “como un invento de gobiernos socialistas que rechazan la propiedad privada” y en una de sus ocurrencias se refiere al presidente Evo Morales “como un ejemplo de indio que no es obligado a estar confinado en una reserva”. “Aquí en Brasil, indio tiene que estar confinado dentro de su reserva, dentro de su tierra. No puede hacer nada dentro de la misma. 14 % del territorio nacional brasileño ya fue demarcado como tierra indígena”.

De este modo, el mandatario brasileño representaba a Brasil en la Cumbre Amazónica. Haciendo gala de un discurso populista intentaba provocar cohesión interna y exacerbar nacionalismo en un momento en que su popularidad se veía afectada, y simultáneamente mandaba un mensaje al primer mundo.

Palabras al viento ante una cruda realidad y todo el desmonte gradual de órganos responsables por el medio ambiente en el país y de su descrédito, no se sabe si por convicción o por imitación, acerca del cambio climático.

Detrás de discursos vacíos, el pacto fue firmado en la selva tropical, sentados al frente de una maloka y utilizando collares indígenas, con el objetivo de hacer una venia mediática a las tribus amazónicas y al mundo que, con certeza, asistió consternado.

Más allá de los formalismos y acuerdos promulgados, la Amazonia sigue siendo una comunidad imaginada, puesta y dispuesta sobre la mesa de acuerdo con las conveniencias cuando sus crisis endémicas y estructurales provocan debates internacionales. Emerge entonces una incipiente geopolítica regional, sin seguridad regional propia, ante las amenazas externas y respuestas temporales para las que afronta en su cotidianidad, la mayoría de estas no combatidas debidamente por los respectivos gobiernos.

En un discurso reiterativo, los mandatarios se disponen a “fortalecer la acción coordinada para la valoración de los bosques y la biodiversidad, así como para luchar contra la deforestación y degradación forestal”. Si bien los marcos regulatorios existen, el problema principal es el alcance y la efectividad de estos en el contexto de un modelo de desarrollo depredador, en donde la minería, el narcotráfico, la explotación petrolera, los megaproyectos, la deforestación y el tráfico de especies están en el orden del día.

La mayor amenaza de la Amazonia hoy no empieza ni termina en las quemas, sino en el analfabetismo funcional, en la ceguera colectiva y en la corrupción sistémica, que en la práctica estimulan la subasta de sus recursos naturales.

Estamos de acuerdo con los presidentes: la Amazonia es nuestra. Apropiémonos de ella como individuos, ciudadanos de nuestros países y del mundo, sociedades comprometidas con el medio ambiente, porque el Estado llega tarde, a medias y sin propuestas concretas.

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