Por: Ramiro Bejarano Guzmán

El emboscador

HE LEÍDO LA DESTITUCIÓN DE PIEdad Córdoba, y al rompe se advierte que el propósito no fue administrar justicia disciplinaria. Ordóñez se montó en la ola del odio que la ultraderecha ha tejido contra la valerosa parlamentaria, y lo hizo para restablecer su deteriorado prestigio. Por eso la cofradía de José Obdulio y Plinio, salieron a aplaudir el despojo de la investidura de la “Negra” que detestan y les incomoda.

Si esa providencia se lee por alguien que no tenga ni idea de quién es Piedad ni cuál es su papel en esta sociedad, la impresión que le quedaría es la de que es una guerrillera asesina, con fusil al hombro y balas en la cintura. Piedad no es nada de eso, sólo una combatiente de la democracia, que ha prestado invaluables servicios, en particular a muchos secuestrados que de no haber sido por sus acciones humanitarias hoy seguirían pudriéndose en la selva.

Una determinación surcada por el rencor no podía ser coherente. Se sindica a Piedad de ser promotora y asesora de las Farc, con base en información manipulada y la inverosímil declaración de un ucraniano que no fue sometida al rigor de la crítica testimonial, pero para absolverla del descabellado cargo de traición a la patria, ladinamente se exalta “su labor por la búsqueda de la paz y su papel relevante en la liberación de los secuestrados”. Ordóñez es un océano de contradicciones, no le cree a Mancuso cuando con nombre propio acusa al primo del Presidente que lo sostuvo como Procurador, pero sí a unos mensajes medio vagos de otros delincuentes, en los que ni siquiera se menciona a Piedad.

Lo que ha quedado plasmado en esa prevaricadora decisión es que el laureanista Ordóñez, además de las rencillas personales y las prestadas por las almas torvas de unos contertulios que tienen empotrada a su parentela en la nómina de la Procuraduría, le cobró a Piedad su liberalismo. El Procurador entre líneas deslizó frases como que la senadora “expresó sus opiniones como Liberal y opositora del Gobierno de ese entonces”; o la de que de los testimonios recibidos “se infieren aspectos inherentes a la personalidad de la doctora Córdoba Ruiz, de su ideología liberal...” o se duele de que el lenguaje de la enhiesta parlamentaria use alocuciones “en muchos casos irrespetuosas” que “tienen un común denominador, el presidente Uribe y sus políticas de gobierno”.

Si la destitución es un engendro, peor la defensa que de ella ha venido haciendo Ordóñez en los medios, en una actitud que terminó de cercenarle a la senadora sus derechos fundamentales al debido proceso y a la defensa.

Con su sonrisa de hiena, Ordóñez concedió una rueda de prensa en la que se le vio inseguro en la sustentación jurídica y probatoria de su fallo, porque para convencer primero hay que estar convencido. A ello sumó una entrevista en CMI, en la que calificó a su indefensa víctima de ser promotora y asesora de la insurgencia y la sindicó de delitos de lesa humanidad, pero cínicamente sostuvo que resolvería “imparcialmente” el último recurso que probablemente interponga Piedad. Se necesita ser un juez muy perverso e imperito para denigrar en los medios de un condenado en trance de ser decapitado, al que todavía le queda un recurso final ante ese juez.

Por todo eso, sonó a burla la mención al ex procurador Aramburo —ese sí recto, justo y prudente— de quien Ordóñez recordó su sabia afirmación de que las decisiones deben explicarse por sí mismas, que es lo que no pasa con ninguna de las providencias de este intolerante rezandero.

Qué irreparable daño le causaron a la Nación quienes hicieron procurador a Ordóñez, tan grave como el que él ha causado a la democracia, sacrificando por cuenta de sus malquerencias políticas y religiosas a la senadora que ni aun destituyéndola podrá vencerla.

Adenda. Ahora tenemos un “Para-Gobierno” conducido por un “Para-Presidente” que concede audiencias a los ministros de Santos y torpedea los proyectos de ley que no dejó pasar en su prolongado gobierno.

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