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Futbolear Capítulo VIII: A ese tipo hay que desaparecerlo

Luego de que Marcela Noguera le pregunta qué haría con el hombre de la merca al que han secuestrado y tienen amarrado en un sótano, Ignacio Mejías le responde que desaparecerlo. Horas más tarde, lo citan al apartamento de la Noguera, que lo recibe pálida, ojerosa y con la ropa manchada de sangre.

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09 de agosto de 2026 - 12:23 a. m.

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Diciembre 2, 1993

Y a mí que me mientan, que me sigan mintiendo. Por favor. Bienvenidos a este oscuro solar del universo fútbol, o del mundo fútbol, como prefieran llamarlo. Yo pago una boleta cada ocho días, y a veces más, y a veces menos, para que me digan mentiras. Para que me las escupan. Díganme, repítanme que ese tipo con la 10 a la espalda que da dos pasos para allá y dos para acá y frena y arrancay frena es un genio y cada pase suyo es una cuchillada en el centro de la defensa rival, díganme que no, que él no toca el balón sino que lo acaricia, y díganme que en todos y cada uno de sus cuarenta centros al negrote que va y pelea contra siete gigantes y uno más gigante aún, el arquero, para cabecear una pelota y anotar el gol de la victoria, estudia su centro, saca una raíz cuadrada en su mente, piensa y ejecuta y es el gran artífice del gol, no su compañero, que lo único que hizo fue morder y liarse a codazos y empujar y soportar tres patadas y dos frentazos y hasta jugarse la vida para ir y lograr cabecear ese centro. Díganme que ese, que ese 10 no camina por la cancha, sino que piensa en ella y abre espacios, y vuélvanme a declamar, por favor, la frase maravillosa de Jorge Valdano, cuando el Pibe camina está pensando. ¿O era de Maturana? ¿Tal vez de Arrigo Sachi?

Miéntanme. Díganme que la función de aquel tipo de piernas muy peludas es quitar balones, defender y tratar de hacer un pase bien, y que no, de verdad no es organizar a sus compañeros e intimidar a los rivales y al árbitro, claro, y de cuando en cuando, romperle la pierna al primer habilidoso que se las quiera dar de Garrincha, o más acá, de Willington Ortiz. Y ya que estamos, díganme que no era cierto aquello que dijo Garrincha de que los futbolistas eran simples payasos, o como los payasos, pues los aplaudían si jugaban bien, y los silbaban si jugaban mal. Díganme que cuando el médico de Brasil en el Mundial del 58 sentenció que era un débil mental no había plata y presión de otros, muchos otros, para que Garrincha no jugara, y que después, esos mismos y otros que veían que se les iba la platica que habían presupuestado no fueron adonde Feola, el técnico, para exigirle que jugara, y díganme que Garrincha jamás fue declarado o mais grande do mundo porque fuera cojo o tuviera las facciones exageradas, o porque llegara tomado a uno que otro entrenamiento, díganme que en realidad no acabó en una morgue con un letrero colgado a sus pies que decía N.N. por borracho y mujeriego. Díganme, en fin, que los millones de millones que todos los días ven algún partido de fútbol con la boca abierta, babeando, en realidad se creen aquella frasecita de Eduardo Galeano de que uno cambia una mujer, o un amigo, o una amante, o su ciudad y su país, pero que jamás cambia de equipo de fútbol. Miéntanme, que necesito mentiras, más mentiras, y creerme que estoy en el Maracaná ante 200 mil espectadores y que ese muro al que le doy y le doy en realidad es el arco en el que voy a anotar el gol de mi vida.

IGNACIO MEJÍAS

Llegué a mi apartamento, que era una habitación con baño y cocina, dos sofás, una mesa y un escritorio con vista al cementerio central y a la efigie de Cronos, a las once de la noche. Pasé antes por la casa del tipo de la merca. Las luces aún estaban encendidas y había tres Mazdas y un Dodge Dart oscuros afuera. Mejor dicho, bastante movimiento. Miré hacia Cronos, pensé en lo efímera que era la vida, revisé las fotos del niño, las guardé en un papel, cerré las ventanas, bajé las persianas, me preparé un café, constaté que la puerta hubiera quedado bien cerrada y desperdigué por la mesa donde solía comer, siempre a toda prisa y muy mal, las revistas que me había llevado de La Porciúncula. Más que revisarlas, las dejé a la vista y me dejé llevar, o vencer por el cansancio y el miedo y la incertidumbre. Lo único que recordé después del final de aquella noche, que fue noche y madrugada del día siguiente, fue que me desperté con la cara pegada a la portada de una Orsai en la que aparecía El Beto Alonso erguido, el balón a centímetros de su zurda y la mirada clavada en una jugada que seguro logró imaginar y concretar. Alonso, Norberto Alonso, era el “10” de River Plate y el capitán. Había debutado en la primera del club en 1972, de la mano de un técnico brasileño al que le decían Didí, y quien solía repetir que en el fútbol lo más valioso era el “jogo bonito”. Él mismo había sido un estandarte de su propio estilo, tanto en el Botafogo como en la selección de Brasil que ganó las copas del mundo del 58 y el 62. Era fino, altivo, como Alonso, claro y con una pegada que con el tiempo algún periodista bautizaría como “folha seca”.

Había jugado unos cuantos meses en el Real Madrid, pero allí no logró trascender. Según las versiones de los rumores de la gente, el gran responsable de su fracaso había sido Alfredo D’Stéfano. Lo humano, demasiado humano de cada quien, por citar a un compañero que siempre citaba a un filósofo, los había llevado a distintos conflictos, hasta el punto de echar casi que al olvido la frase del argentino según la cual el mejor jugador de un equipo, siempre era el equipo. De un solo golpe, puse a Alonso boca abajo, me eché agua en la cara, me cambié de camisa y salí a los trompicones a la Macarena. Cuando llegué al apartamento de Frías, aún estaba atontado, pero apenas me abrió la Noguera y me saludó con un beso en la comisura de los labios, acabé por despertar.

MARCELA NOGUERA

Ohhhhh lalala… Qué puntual, el hombre. Sígase no más. ¿Quiere café?

MEJÍAS JOVEN

Bueno, sí, uno, gracias.

MARCELA NOGUERA

Supongo que trajo el encarguito. Ya el paciente está listo.

MEJÍAS JOVEN

Pero qué, si usted sabe que sus cómmmmplices ya hicieron el trabajito de las fotos por mí.

MARCELA NOGUERA

A ver, barájela despacio, ¿de cuáles cómplices me está hablando, Sánscrito?

MEJÍAS JOVEN

Las señoras Hortensia La Fayette y Carmenza Hidalgo…

MARCELA NOGUERA

Las damas.

MEJÍAS JOVEN

Como quiera llamarlas.

MARCELA NOGUERA

Muestre a ver las fotos.

MEJÍAS JOVEN

Acá las tiene. ¿Me va a decir ahora que no tienen nada que ver con ustedes?

MARCELA NOGUERA

Fffffffff (Soplido)… Eso lo hablamos luego. Vayamos a lo importante ahora.

MEJÍAS JOVEN

¿Como que algo le salió mal?

MARCELA NOGUERA

Llévele este desayuno al paciente, y en la bandejita van las tres fotos y las llaves. Cierre bien al salir, si es tan amable.

IGNACIO MEJÍAS

Me puse un pañuelo que me tapaba un poco la cara, tomé la bandeja y bajé al sótano. La Noguera se fue detrás de mí. Casi que me respiraba en la nuca, estilo Reyna con Maradona en las eliminatorias del 85. Al entrar, el tipo de la merca se estremeció y gimió. Yo no le dije nada. Solo le quité la venda de los ojos y el esparadrapo de la boca. Cuando vio las fotos, comenzó a gritar. Le tuve que dar un puñetazo. Tomé el tenedor de su desayuno y se lo puse en el cuello.

MEJÍAS JOVEN

Quieto, que si grita, muere aquí mismo, soplón. Quieto y callado.

TIPO DE LA MERCA

Malparido, qué quieren a ver, cobardes hijos de puta.

MEJÍAS JOVEN

Yo soy el mensajero.

TIPO DE LA MERCA

Usted es un arrastrado. Todos son unos arrastrados, pocas cosas, nadas.

MEJÍAS JOVEN

¿Va a desayunar o me llevo esto?

TIPO DE LA MERCA

¿Su veneno? Ja… Ni idiota que fuera. Oiga, ¿y para qué se pone esa máscara si yo sé muy bien quiénes son todos ustedes, y sus nombres, y peor, lo que hacen?

MEJÍAS JOVEN

Bueno, muérase solito y listo. Ahí le dejo esa botellita de agua por si acaso… Nos vemoooooos.

IGNACIO MEJÍAS

Apenas salí y eché llave, la Noguera me agarró para preguntarme si lo había vendado y si lo veía bien. O más o menos bien.

MEJÍAS JOVEN

Pues ahí sobrevivirá.

MARCELA NOGUERA

Ya desembuchará.

MEJÍAS JOVEN

Oiga, pero a todas estas, no me ha dicho qué carajos es lo que quieren de ese tipejo.

MARCELA NOGUERA

Ni le vamos a decir, peeeerooooo… También lo estamos salvando a usted.

MEJÍAS JOVEN

De lo que no hice.

MARCELA NOGUERA

Y de nuevo con lo mismo.

MEJÍAS JOVEN

Hasta que me absuelvan.

MARCELA NOGUERA

Ta-ta-ta-tata… (Clave de salsa con las manos)… Y ahora habló Fidel Castro (En tono medio costeño, o sea, cubano).

MEJÍAS JOVEN

Oiga, usted no deja de joder nunca, ¿no? Dígame al menos por qué, por qué yo, por qué usted en esto, por qué Frías.

MARCELA NOGUERA

Joder, lo voy a joder bien jodido si no hace lo que le digo. ¿Y por qué? Ja… ¿Por qué Frías y usted?, porque los hombres siempre caen rendidos a los pies de una mujer, y ustedes cayeron por completo y siguen cayendo. Cuesta abajo, mi hermano, como el tango. Nunca, escúcheme, jamás va a sentir el placer que yo siento al verlos tirados a mis pies, mordiendo todos y cada uno de mis anzuelos. Si quiere, quédese con ese “por qué”.

MEJÍAS JOVEN

Pues sí, es como el más convincente. La humillación por la humillación. ¿Y ahora, qué?

MARCELA NOGUERA

Pues que lo pienso y le doy vueltas y las damas no tenían por qué saber lo de las fotos, mi hermano. Y usted en esta, y que quede claro, queda descartado. Y yo, obvio… ¿Sabe quiénes quedan?

MEJÍAS JOVEN

Que yo sepa, Frías, Sara y su novio…

MARCELA NOGUERA

Exacto. Aunque…

MEJÍAS JOVEN

¿Aunque qué? Suelte.

MARCELA NOGUERA

Aunqueeeeeee, es una posibilidad que las damas no supieran nada de las fotos, y que alguien, ya sabemos quiénes pueden ser, alguien, las haya metido en las revistas sin que ellas se enteraran.

MEJÍAS JOVEN

Qué enredo… Qué enredada es su vida, se lo digo en serio.

MARCELA NOGUERA

No menos que la suya ahora, don Sánscrito. Oiga, una pregunta otra vez… ¿Cómo vio al tipejo de abajo?

MEJÍAS JOVEN

Puesssss, desesperado.

MARCELA NOGUERA

¿Y asustado?

MEJÍAS JOVEN

También, claro. Cómo no.

MARCELA NOGUERA

¿Y si lo soltamos y nos quitamos ese peso?

MEJÍAS JOVEN

No, pero no, cómo se le ocurre, si el man sabe quiénes somos, nos vio la otra noche, sabe dónde vivimos, todoooooo. Si hasta me dijo que sabía quiénes éramos, que para qué me ponía una máscara… Y de algún modo, es policía. Se va a vengar y va a traer a todo un ejército de tiras.

MARCELA NOGUERA.

Ffffffffff (Resopla)… Sí, es cierto. Maldita sea, ¿y entonces?

MEJÍAS JOVEN

Hay que encontrarle un secretico bien duro y callarlo con eso para siempre. No hay de otra. Y dicho esto, chao, tengo que ir al periódico. Piense bien y luego hablamos.

MARCELA NOGUERA

Espere, espere, antes de que se vaya… ¿Usted qué haría con el tipejo? ¿O qué le gustaría que hiciera con él?

MEJÍAS JOVEN

Ya le dije, desaparecerlo.

IGNACIO MEJÍAS

Me fui a trabajar. Por suerte, el Diario quedaba cerca. Cuando llegué, mi jefe me ordenó que escribiera una nota para la tarde sobre la carrera de ciclismo de las Juventudes que iba a comenzar en media hora.

MEJÍAS JOVEN

Excúseme don Carlos, ¿y cómo son los trámites para ir a la carrera?

CARLOS GRANADOS

Jjajajaja… ¿Los trámites? Ni idea, pero mejor otra cosa. ¿Usted tiene el pasaporte en regla y demás?

MEJÍAS JOVEN

Sí, lo saqué cuando entré a trabajar acá, pero como que para nada.

CARLOS GRANADOS

Bueno, bien, bien… Pues arregle sus cosas, que se va para Buenos Aires mañana en la noche, al partido del domingo. Luego le explico. Vuelva a las tres y le cuento bien.

IGNACIO MEJÍAS

Reaccioné a la noticia como si me hubieran dicho que acababa de empezar a llover. No había terminado de quitarme el abrigo, cuando ya estaba bajando las escaleras del Diario para salir hacia mi casa. Muy, muy en el fondo, saltaba. Apretaba los puños sin que me vieran. Incluso, comencé a cantar “Mi Buenos Aires querido, cuando yo te vuelva a ver…”. La vida, como la canción de Serrat, me daba un beso en la boca. De vez en cuando la vida, nos besa en la boca… Larala. Al diablo la Noguera y el tipo de la merca, las damas, Frías, Gayán, al diablo. Una vez más, el fútbol me salvaba, y yo firmemente creía que con irme a Buenos Aires unos días todos los líos se iban a borrar y para siempre. Ya a la salida, el sonido rítmico y decisivo de unos tacones me hizo volver a la realidad. Después de los tacones apareció la mujer de los tacones: Hortensia La Fayette. Me escondí como pude en medio de un ropero que había a la entrada del periódico, y desde ahí divisé a un tipo que llegó en bicicleta, se bajó a toda prisa y empezó a señalar a la señora La Fayette con una mano enguantada.

ALBERTO FRÍAS

Encon, ustedddd, escapa, mirrrrreeeee

IGNACO MEJÍAS

El tipo era Alberto Frías, que jadeaba, vociferaba, tomaba aire y sudaba. Cada vez sudaba más. Hortensia La Fayette no se movió. Apenas si prendió un cigarrillo y lo apagó de inmediato contra un cenicero plateado y negro del estilo de los que había por aquellos tiempos en los aeropuertos.

ALBERTO FRÍAS

De uuuuusted, Fayettttte

IGNACIO MEJÍAS

Su destinataria dio media vuelta, me miró mientras meneaba la cabeza de un lado hacia el otro, como si negara lo que le decían y el momento con un poco de vergüenza.

HORTENSIA LA FAYETTE

Qué casualidad… Venga, venga un minuto, por favor. Qué enredo este, y usted qué va a pensar, por dios.

MEJÍAS JOVEN

Mire qué mundo, sí. Un pañuelo

IGNACIO MEJÍAS

Yo cerré la puerta y le pedí al celador de turno, don Eulalio, que no dejara entrar a nadie.

HORTENSIA LA FAYETTE

No, no, todo está bien, mejor así, ya arreglo todo este lío. No es lo que parece.

MEJÍAS JOVEN

Ni idea…

IGNACIO MEJÍAS

Antes de que terminara de decir nada, ella había vuelto a salir, con la boca y los ojos en línea horizontales, como los dibujitos que uno pintaba de niño. Bajó las escalas, tomó a Frías del brazo y se lo llevó a la esquina. Unos minutos más tarde, regresó por su bicicleta, pero solo logré verlo como un bulto andante. Uno de mis compañeros, Guillermo Ricaurte, me preguntó qué había ocurrido. Le contesté que nada, que ni siquiera sabía quién era la señora.

GUILLERMO RICUARTE

A mí como que se me pareció a la señora Hortensia la Fayette.

MEJÍAS JOVEN

¿Quién?

GUILLERMO RICAURTE

La señora Hortensia la Fayette, una amiga o más de García Pérez.

MEJÍAS JOVEN

¿O más?

GUILLERMO RICAURTE

Sí, hombre, o más, usted me entiende.

MEJÍAS JOVEN

¿Y ella en qué trabaja o qué hace en la vida?

GUILLERMO RICAURTE

Pues como que negocios, cosas todas raras, investigaciones, mejor dicho, tiene contactos en los altos mundos, y cómo no los iba a tener, pero en fin, ya sabremos.

IGNACIO MEJÍAS

Cuando íbamos de regreso hacia la sala de redacción, con la prisa de todos los días y los sucesivos cierres de edición, sentí en el hombro una mano. Observé de reojo, y poco a poco fui descubriendo a Frías, botas de caucho, el pantalón metido entre ellas, camisa negra y una chaqueta azul forrada con piel de oveja. Me miró y me preguntó

ALBERTO FRÍAS

¿Usssted se haaaa vissstoooo connnnn Marcelaaaaa?

MEJÍAS JOVEN

Hace unas dosssss horas, todo bien. Estaba muy bien.

IGNACIO MEJÍAS

Resoplé más que antes, por la prisa y los nervios, sí, aunque también porque me molestaba dejarme llevar por los demás y me parecía que en menos de un minuto había empezado a hablar ya como Frías. Pero sobre todo, Frías, Frías, Frías era ya uno de los dos sospechosos de las fotos. Quise arrinconarlo, pero preferí ser discreto y lo dejé.

ALBERTO FRÍAS

Ya lo verrrrr-é, ya lo verrrrr-é.

IGNACIO MEJÍAS

Luego de escupir sus palabras descompuestas, mi viejo amigo, cómplice ahora, echó una mirada a la gente que trabajaba y a los cuadros con copias de artículos que García Pérez, el director, había enmarcado, y se devolvió por donde habíamos entrado, dándose palmadas en el muslo. Por fin me fui a mi apartamento. Apenas llegué empecé a revisar el pasaporte y mis papeles, y un poco, los Orsais que me había entregado la señora Lafayette. Tal vez hallaba alguna clave entre sus páginas. Una frase subrayada, algún comentario al margen, un llamado de atención, algo. De alguna manera, por aquellos textos volvía a vivir momentos que creía olvidados y aprendía algo más sobre fóbal, sobre box, Alí, Frazier, Monzón, Nicolino Loche, sobre los personajes que citaban en los artículos, o me transportaba en el tiempo y el espacio hacia el estadio de River Plate, o a los de Boca o Racing o Estudiantes de la Plata, o a los barrios circundantes, y cada foto era un manojo de información, con sus protagonistas y sus actores secundarios y los paisajes. Esa noche empecé a ver el mundo de otra manera, a través de las fotografías. En ellas estaban congeladas pero vivas la sonrisa de un tenista y un diente picado, la camiseta rota de un goleador, la mata a medio morir en el fondo de una cancha, el cordón suelto de un guante de boxeo o una señora sentada en la primera fila de algún ring side en el Madison Square Garden de Nueva York o en el Poliedro de Caracas.

Cada elemento y cada persona tenían una historia y la contaban. Vi palomas que volaban sobre una pelota blanca una milésima de segundo antes de que un jugador la pateara, y percibí por el festejo desenfrenado de dos tipos subidos a un alambrado que el gol que acababan de anotar era más, mucho más, que el final de una acción de un juego. Ahí, en sus gestos, las venas a punto de reventarse, el pelo desordenado, las arrugas marcadas y llenas de barro, las manos tensas, los ojos a punto de salirse de sus cuencas, había felicidad, y aquella felicidad era alegría, pero también era ira, y odio y venganzas escupidas, vomitadas hacia un público que intentaba abrazarse a ellos para tomar, para arañar parte de todo eso, y al mismo tiempos, para echarles encima su propio aliento, hecho también de alegrías y resentimientos y odios y revanchas.

En la foto estaban Narciso Horacio Doval y Héctor Veira, del Huracán de Parque Patricios, Buenos Aires, en un partido de los primeros años 70, pero a su alrededor se percibía el fóbal, con sus ribetes y el delirio que provocaba entre los argentinos. Dejé a un lado aquel reportaje y pasé a otra edición, cuando sonó el teléfono. Una vez más, como decenas de veces antes cada vez que el metálico timbre de aquel aparato negro y pesado me estremecía, juré que tenía que cambiar ese sonido, y si no lo lograba, conseguir otro. Salté sobre el auricular con odio.

MEJÍAS JOVEN

Aloooooo.

ALBERTO FRÍAS

¿Don Inasso Meeeejías?

MEJÍAS JOVEN

Sí, claro, a sus órdenes.

ALBERTO FRÍAS

Connnn Frííííasssss. Mire, no me vaya preeeeeguntar ahora nada, que lue, luego cuento, le cuento, nada por ahora, necesito si nos veamos urgente.

MEJÍAS JOVEN

¿Cómo así? ¿Qué dice? ¿Qué pasó?

ALBERTO FRÍAS

Apartamento de lllllla Macaaa-renaaaaa. Yaaaaa, sabbbe

IGNACIO MEJÍAS

A punta de teléfono iba a quedar con más dudas que las que tenía, así que antes de pensarlo demasiado, salí, tomé mi saco, la mochila de todos los días y me fui hacia el centro. Eran las siete pasadas cuando llegué al apartamento de la Noguera. Me abrió Frías.

ALBERTO FRÍAS

Sssssinnnn griiii-toooos, ¿oooooyó?.

IGNACIO MEJÍAS

Me tomó del brazo y me llevó a la sala. En cinco segundos apareció la Noguera, tambaleante, los ojos ardientes, entre rojos y violeta, y manchada de sangre.

Créditos:

Futbolear, esta audionovela de El Espectador, fue creada y escrita por Fernando Araújo Vélez.

La producción y la dirección actoral estuvieron a cargo de Andrés Osorio Guillot y Joseph Casañas.

La captura de audio fue responsabilidad de la unidad audiovisual de El Espectador.

La edición y el montaje sonoro estuvieron a cargo de Jessica Angulo.

Este capítulo contó con las actuaciones de

Fernando Araújo Vélez en el papel de Ignacio Mejías

Joseph Casañas como Ignacio Mejías joven

Laura Camila Arévalo como Marcela Noguera

Santiago Larotta en el papel de Alberto Frías

Cindy Morales como Hortensia Lafayette

Guillermo Ricaurte en la voz de Fernán Fortich

Tipo de la Merca es Andrés Díaz

Carlos Granados interpretado por Nelson Fredy Padilla

Los invitamos a escuchar el próximo capítulo

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com

Por Jessica Angulo

Por Joseph Casañas Angulo

Comunicador social y periodista egresado de la Universidad Los Libertadores con diez años de experiencia en medios de comunicación.@joseph_casanasjcasanas@elespectador.com

 

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