Noviembre 23, 1993
A las cinco y cuarto o cinco y veinte, a más tardar, si la camioneta roja óxido no llegaba con su cargamento, comenzábamos a sobre respirar. Sabíamos que allí, en el baúl, entre los chocolates y los dulces y las colombinas y los paquetes de crunchis y de basura estaba nuestra salvación, y apenas hoy me pregunto cuál salvación y de qué, como me preguntó un compañero cuando le dije por qué íbamos tan desaforados a buscar lo que buscábamos a la camioneta del compa Jairo, todo swing, todo baile, tumbao, diríamos, todo onda de juerguear y que el sol se escondiera y volviera a salir y se escondiera de nuevo. Mi compañero, mulato izquierdo, de aquellos punteros que te sacaban a bailar un danzón y después te esperaban para sacarte a bailar de nuevo, puro meneo dos veces Garrincha, me hablaba de Garrincha cada dos por tres. Me contaba de sus decenas de hijos, de que se agarró a mano limpia con Pelé por el amor de una mujer, Elsa Soarez. Me repetía que las mujeres iban a los aeropuertos a esperarlo cuando volvía de viaje con la Selección o con el Botafogo y llevaban pancartas que decían quiero un hijo tuyo, Mané, y que esas mismas mujeres y otras miles hacían fila para que la negra Inacia lo curara si estaba enfermo o si se había lesionado, allá en las favelas de Río o de Sao Paulo o de Salvador, porque en cada favela había cien Inacias, aunque se llamaran María de Souza, Malena o Elvira. Macumba, magia negra, magia mulata, magia para futbolear, como la que nos vendía el compa Jairo.
Magia a las cinco y minutos para resistir lo que quedaba de entreno y para volar en la noche y al día siguiente, y magia para los partidos de los sábados en la tarde, los de la Liga y los que programaran por ahí fuera de la liga y ganarse unos pesos, como Garrincha al final de su carrera, que viajaba por Italia y jugaba, jugaba y cobraba y volvía a viajar, y un trago y un gramo y una noche delirante y luego a volver a jugar y a cobrar, como me lo relataba el mulato izquierdo, que terminaba su eterno cuento preguntándome si sabía quién lo llevaba por toda Italia en aquellas correrías. Yo le respondía que no sabía, y él se levantaba, hacía gesto de tocar una guitarra, se contorsionaba, ding ding, dong, dong, y con una lenta dicción que pretendía ser portuguesa, o brasileña, si es que había diferencias, me decía: Chico Buarque. Yo abría los ojos, ¿Quéééééé? ¿El de Ohhhh qué será, qué será, el de Llegó a la construcción como si fuese el último? Ese, ese mismo, mi pana, también se ganaba unas liras y algo del resto llevando a Garrincha, un pajarito que no sirve para nada, como decía. Con cada gramo de las chocolatinas del compa Jairo, el mulato izquierdo hablaba más, y cantaba como Buarque, y al día siguiente, magia, todo magia. Cuando se le pasaba la euforia, se escondía detrás de los rivales para que nadie le pasara la pelota. Solo esperaba a que el partido acabara para ir a vomitar la desidia que le provocaba la vida, y el fútbol vida, claro, sin los dulces del compa. Un día, el compa no llegó. Y pasaron los minutos, y todos empezamos a desesperarnos, y dieron las seis y las seis y media. El mulato izquierdo me pidió unas monedas y se fue a la esquina. Al regresar, todos imaginamos la tragedia.
IGNACIO MEJÍAS (RUIDO DE CAFETERÍA)
Yo me hice el idiota muchas veces, o no quise pensar ni analizar nada por ir a jugar o a ver fútbol, pero toda esta historia en realidad sí parecía atravesada por la Macumba, como había dicho doña Carlota, que soltó su frase, se rió, y se fue a despachar a una mujer que acababa de llegar con un pequeño paquete. Yo me fui al baño, por lo menos para verme la cara de cadáver que debía tener. Cuando regresé, doña Carlota me entregó un sobre blanco, del tamaño de aquel de la carta de antes. Tenía dos sellos que en un principio no logré descifrar. Venía sin remitente y estaba dirigido a un Pablo que, por supuesto, no era yo. Le di vueltas, traté de mirar su contenido a la luz blanquecina de un tubo de neón, miré a doña Carlota, le hice gestos de quién, de cuándo, de cómo, pero ella me los devolvió con un reiterado meneo de su cabeza de izquierda a derecha y un prolongado quejido, que parecía reclamo.
CARLOTA GUTIÉRREZ
Jummmmmmm
IGNACIO MEJÍAS
Le dije a doña Carlota que yo no era Pablo, como si ella no lo supiera. Sonrió, solo sonrió. Le pregunté quién había dejado el sobre. Alzó los hombros en señal de “ni idea”, y luego musitó que lo había llevado la mujer que llegó a toda prisa y que yo había visto, y que se marchó sin que ella hubiera tenido tiempo de hacerle cualquier pregunta.
IGNACIO MEJÍAS JOVEN:
¿Y usted logró ver si llegó a pie, así, sin más?
CARLOTA GUTIÉRREZ
Sí, creo que sí, a pie, así, y sin más.
IGNACIO MEJÍAS JOVEN
Pero cómo era.
CARLOTA GUTIÉRREZ
Tenía el pelo recogido. Usted la vio.
IGNACIO JOVEN
Doña Carlota, por favor, necesito más información. ¿Cómo le dijo que era para mí? ¿Qué acento tenía?
CARLOTA GUTIÉRREZ
Ay, Don Ignacio… Dijo, o gritó, que para el señor Ignacio Mejías, Ignacio Mejías, Ignacio Mejías, aunque ahí diga Pablo y lo que quiera decir. Y las cartas, las cartas eslavas, ¿qué? ¿Se las echo o no?
MEJÍAS JOVEN
Sí, sí. Hágale.
CARLOTA GUTIÉRREZ
Saque tres, esto es rápido.
MEJÍAS JOVEN
Uyyyy, pero qué muñecos tan horribles esos. Bueno, acá voy, uno, dos, tres. A ver qué…
CARLOTA GUTIÉRREZ
El mentiroso, el suertudo y el temerario. ¿Usted es todo esto?
MEJÍAS JOVEN
No sé, cómo voy a saber. Eso dicen esas cartas…
IGNACIO MEJÍAS
La señora Carlota miró a sus muñecos y me observó con ojos de interrogación. Después volvió a decir El mentiroso, el suertudo, el temerario. En realidad, con los muñecos eslavos y la suerte y todo, yo pretendía aplazar la apertura del sobre que me habían dejado. Una semana atrás había terminado una larga relación de amor, si es que había sido de amor, y supuse, no sé por qué supuse o quise suponer que la carta tenía que ver con eso. Sofía, mi novia por siete años, era una mujer que no se rendía. Su perseverancia hacía más difícil la situación, más dolorosa, pero no había retorno. En ese momento, desgarradoramente, no había retorno. Yo le había dicho que no iba a seguir siendo un puntico negro en su vida, y que solo necesitaba libertad.
SOFÍA ANDRADE
¿Pero nunca fuiste libre conmigo?
IGNACIO MEJÍAS
Sofía me soltó su pregunta con la mirada perdida en un rincón del cuarto en el que yo había dejado mis maletas antes de marcharme, un mes atrás.
IGNACIO JOVEN
No lo libre que yo hubiera querido.
SOFÍA ANDRADE
Pero jamás dijiste nada de eso. Bah, la libertad, que es una ilusión
IGNACIO JOVEN
No era necesario decírtelo, Sofía, o eso pensé.
SOFÍA ANDRADE (Irónica y nostálgica)
Ahhhhh, pero era yo la que necesitaba siempre que me adivinaran.
IGNACIO JOVEN
Supongo que me contagié.
IGNACIO MEJÍAS
En el fondo, y aunque sonara a pataletas de niño caprichoso, yo solo quería tiempo para ver mis partidos de fútbol, para jugar al fútbol y hablar de fútbol. En fin, para futbolear. Y una relación comprometida con cenas familiares, fiestas de cumpleaños y visitas varias los fines de semana me había hecho perder muchas finales y demasiados partidos ya. Siete años, cada uno con sus 52 fines de semana, habían significado que por lo menos había dejado de ver 732 juegos tras-cen-den-ta-les. Ya hasta me sentía como un idiota las pocas veces que me veía con mis viejos amigos y me tenía que callar porque no sabía lo que había ocurrido con tal o cual jugador, o en tal o cual encuentro decisivo. Una noche le conté a Sofía la historia de un escalador a quien su mujer le había pedido la noche de bodas que eligiera entre las montañas y la escalada, o ella.
SOFÍA ANDRADE
Ajá, y la habrá elegido a ella, por supuesto. Los hombres, los hombres, malditos hombres.
IGNACIO JOVEN
El señor decidió...
SOFÍA ANDRADE
Ya, ya, ya sé. Pues allá él y lo que se perdió el gran soquete
IGNACIO MEJÍAS
A mí jamás me hicieron una pregunta similar, tal vez porque a ninguna novia se le ocurrió, o porque todas sabían cuál iba a ser mi respuesta. De cualquier modo, con pregunta o sin pregunta, por eso que llamaban “amor” me perdí un montón de partidos definitivos. Lo más grave no fue que me los hubiera perdido. O sea, que no los hubiera visto o escuchado por la radio, sino que fue como si no hubieran quedado registrados en mi memoria. Los anoté en mis infinitas libretas de fútbol con la mayor cantidad de detalles que pude recuperar, pero no era lo mismo. No, no fue lo mismo, porque una cosa era que viviera los juegos y anotara de inmediato lo que en ese instante me llamara la atención, así fuera un disperso saque de banda, y que discutiera con los locutores y el televisor, y otra muy diferente, que escribiera lo que había leído y lo que me habían contado. O sea, versiones de versiones de versiones, una ceremonia de vacío, como la llamaba Sofía.
SOFÍA ANDRADE
Pero usted con su maldita manía de tener que estar ahí pegado a la radio o al televisor para ver a unos patihinchados darle a una pelota… Para acá, para allá, para acá, y escriba cosas que ni entiende después, y sufra por algo que no importa, y yo, más tonta, idiota redomada, acompañándola a esa ceremonia de vacío interpretada por títeres, por no decir que de estupidez.
MEJÍAS JOVEN
Pero le gusta acompañarme y verme sufrir, diga que no, a ver.
SOFÍA ANDRADE
No, Nachín, no me gusta y no me va a gustar jamás, usted lo sabe muy bien y se hace el bobo. Yo me le pego para estar juntos, pero el fútbol, los futbolistas, la gente como usted que llena sus vacíos o sus desgracias o sus inseguridades o lo que sea llenando estadios, me importan un soberano pepino. Como decía la ranchera, ‘las demás opiniones me vienen sobrando’.
IGNACIO MEJÍAS
Por Sofía, logré entender lo que alguna vez le había oído decir a un compañero de trabajo: para casi todos los detractores del fútbol, comenzando por ella y continuando por Borges y siguiendo por miles de miles, el fútbol solo era un resultado, mientras que para mí era más, mucho más que un marcador. Era una historia, un proceso, una película de 90 minutos que parecía repetirse todos los días en varios lugares del mundo, pero que no, jamás era la misma. Nunca se repetía. El fútbol era como la vida, y en algunos casos, sí, era la vida misma. Cuando volví a tomar la carta y a ponerla a contraluz, concluí que no era obra de Sofía. Ella por lo menos habría puesto mi nombre en el dorso del sobre, Ignacio Mejías de Tomás, y seguramente no habría necesitado pagar por los tres sellos de próceres que solían estampar en las cartas que la gente mandaba por correo, Bolívar, por supuesto, Santander y Nariño. Mientras veía sus rostros, tan de héroes del siglo XIX, tan de generales de decenas de charreteras, pensaba en mi pozo acumulado de ignorancia.
CARLOTA GUTIÉRREZ
Me voy en media hora, señor Mejías. Sólo le aviso a ver si…
MEJÍAS JOVEN
¿A ver si…?
CARLOTA GUTIÉRREZ
Pues a ver si salimos de una vez del sobre y la peliculita.
MEJÍAS JOVEN
Pero por qué la prisa
CARLOTA GUTIÉRREZ
Porque usted ahí todo despacio y una que se muerde las uñas. Y con lo que le salió en las cartas eslavas, más mordidas y más uñas y más peliculita.
MEJÍAS JOVEN
Bonita hora de estar afanándose luego de que no le paró ni cinco de bolas a la muuuujer que trajo el sobre ni a nada.
CARLOTA GUTIÉRREZ
Todo pasó en un segundo, man. Así, (y chasquea los dedos), pero ahora se puso buena la novela.
IGNACIO MEJÍAS
En últimas, para seguir con los Bolívares y Santanderes, la historia de la humanidad bien podía ser la historia de las derrotas, o una gran derrota, pensé, y me sentí brillante por haber llegado a semejante conclusión. La humanidad es un invento que fracasó. La idea de las derrotas me llevó de nuevo a mi sobre y me quedé unos segundos rumiando las derrotas que habría detrás de aquel simple y ordenado arrume de papel. Abrí el abanico de opciones. Las otras posibilidades eran mis amigos de los tiempos finales de la Universidad y del barrio La Estrada, Federico Robles, a quien llamábamos El sable, Arturo Solanas y Juan del Barril, aunque luego de salir no nos vimos mucho que digamos, apenas para uno que otro favor de urgencias, como el de la noche con Solanas y el anuario que me había llevado Del Barril. Puestos a repasar, la verdad es que si no hubiera sido por ellos, yo jamás me habría graduado de bachiller. Eso era claro. Y si no hubiese sido por mí, ellos se hubieran demorado unos años más en hacerse tan cercanos, tan íntimos, tan compinches y cómplices.
ROBLES
¿Entonces, qué, listos?
SOLANAS
¿Listos pa´qué o pa´dónde?
ROBLES
Pa’ las que salgan viejo, o las que busquemos…
DEL BARRIL
Y otra tarde más como las otras tardes sin tener claro nada y sin saber hacia dónde vamos.
ROBLES
Ayyyyyy, no. Ya salió el profundo meditador…
IGNACIO MEJÍAS
Cada uno de ellos podía tener un motivo, o varios, para haberme escrito. Por un momento eso me hizo sentir necesario, importante, pero en menos de cinco minutos aquella sensación se esfumó, o mejor, se transformó. El sable Robles, por mencionar a uno, podía buscarme solo para bromear. Tramar algún tipo de cita clandestina, citarme en un lugar y esconderse para disfrutar de mis reacciones, o inventarse una historia lacrimógena sobre su pasado y luego, con los días, ir soltando pistas que me llevaran de un lugar a otro y de una persona a otra sin destino, simplemente para contar después con unos tragos de más que lo había hecho. Nada de raro tendría que les hubiera enviado sobres parecidos a todos los demás del grupo, y a alguien más, con el único fin de movernos de un lado al otro cual titiritero.
Del Barril era lo contrario. Más parecido a mí, creo. Se lo tomaba todo en serio, y si me había escrito debía ser porque le acababan de diagnosticar una enfermedad o porque se había ganado alguna de las loterías a las que le gustaba jugar, siempre sin acertar. ¿O para que le devolviera su anuario de la Noguera? Solanas, por último, era una marioneta y no necesitaba que le pusieran hilos. Vivía para servir, en un desmesurado afán por sacarle a la gente unas gracias y una sonrisa, o eso creía yo. Si me había escrito, seguro lo que decía era una bomba, algo que seguro rompería sus hilos y lo dejaría desnudo, sin defensa. No, en definitiva, no creí que fuera alguno de ellos. Nuestra amistad o como se llamara aquella relación no estaba cimentada en las confesiones ni en los grandes secretos, y la carta, aquel sobre que veía sobre la mesa y no era capaz de abrir, guardaba algún secreto, de eso estaba convencido.
CARLOTA GUTIÉRREZ
Buenoooooooo… Llegó el momento del adiós, laralalala
MEJÍAS JOVEN
Venga, venga, tomémonos otro tinto y ya, por favoooooor
CARLOTA GUTIÉRREZ
Y luego no puede y no diga que yo…
MEJÍAS JOVEN
Es que hasta algo de miedo me da todo esto.
IGNACIO MEJÍAS
La tarde se había hecho ya muy oscura. Llovía y amainaba y volvía a llover. La frase en suspensivos de doña Carlota me hizo imaginar que cuando abriera el sobre empezarían a aparecer un montón de puntos suspensivos en mi vida, y me vi acribillado de puntos. Antes del último tinto, y como perseguido por los puntos, decidí abrir la carta frente a ella, para que se convirtiera en la primera testigo de lo que iba acontecer. Sin mayores precauciones, rompí el sobre, y del sobre saqué una hoja en blanco, y de la hoja en blanco se deslizó otra hoja más pequeña que cayó al piso. En una letra minúscula, decía: “Necesito verme con usted, si puede, a las seis de la tarde mañana a la entrada de la iglesia de la Porciúncula. No se preocupe por mi identidad, que ya sabrá quién soy. No lo voy a dejar en orsai, como usted…”.
CARLOTA GUTIÉRREZ
¿YyyyyyyyyyyyYYYYYYY?,
IGNACIO MEJÍAS
Doña Carlota subía el tono con cada y, y, y, y, y que soltaba, y con los hombros y los ojos y las manos y los huesos, que parecían siempre sobrarle.
MEJÍAS JOVEN
Y nada, esto, una cita mañana…
IGNACIO MEJÍAS
Apenas le respondí, guardé el papelito.
CARLOTA GUTIÉRREZ
Ufffffffff, todo un misterio, o varios. El amoooor, el amooooor. ¿Y dónde, a qué hora, qué se va a poner? Diga, diggggaaaa
MEJÍAS JOVEN
¿Cuál amor, mi señora? Ahí solo dice que una cita, una cita y que no deje a la persona que me citó en orsai, eso, si quiere saber. ¿Dónde está el amor ahí?
CARLOTA GUTIÉRREZ
Uyyyyyyy… Pero se sulfuró. ¿Y qué es eso del orsai que me suena medio a ruso o yo qué voy a saber?
MEJÍAS JOVEN
Es un término de fútbol, de fútbol de barrio, diría yo.
CARLOTA GUTIÉRREZ
Ah, ya, listo, bien, como no me explica...
MEJÍAS JOVEN
Es argentino, o así le dicen unos en Argentina al fuera de lugar.
IGNACIO MEJÍAS
Doña Carlota explotó en una risa mitad burla, mitad actuación, y luego me comentó que toda su vida iba a tener problemas con los malditos fuera de lugar.
CARLOTA GUTIÉRREZ
Yo nunca los entiendo bien, y ahora, con este nuevo nombre, menos.
MEJÍAS JOVEN
¿Y qué más?
IGNACIO MEJÍAS
Mis palabras iban por un lado, y yo por otro. En el fondo pensaba en aquella palabrita del orsai más que en su definición. La había leído por vez primera en una revista que precisamente se llamaba así, Orsai, y como en tantas y tantas otras ocasiones con términos que salían allí, muy lunfardos y argentinos o de compadritos de relatos, no entendí qué quería decir, pero poco a poco y crónica tras crónica logré descifrar que era offside, así como full era foul y win era puntero y fiaca era perezoso.
CARLOTA GUTIÉRREZ
Pues así parezca bobo, como que sí me llaman la atención tantas huellas, o manchas. Mire usted, don señor Mejías, acá, y acá, y por detrás, pero usted es el que sabe.
MEJÍAS JOVEN
¿Cómo así el que sabe? ¿Usted cree que es que yo soy espía del F2 o de la CIA o de la KGB o lo que quiera suponer?
CARLOTA GUTIÉRREZ
Es su carta, su sobre y su orsai y su revista. Y su pasado…
MEJÍAS JOVEN
¿Mi pasado? ¿De qué pasado me habla?
CARLOTA GUTIÉRREZ
Ay, ayyyyy… Todos tenemos pasado, todos tenemos parientes, todos por algo lloramos, como dice Piero.
IGNACIO MEJÍAS
Yo había empezado a leer aquella revista de niño, a finales de los 60. La primera que compré, o mejor, que firmé a cuenta de mi padre en una farmacia que a la vez era tienda de abarrotes y librería y papelería, fue una tarde de miércoles a la salida del colegio después de un partido en el que había tenido que jugar de portero, y como portero, había sacado al córner una pelota que había subido y de repente había bajado a mis espaldas. Me lancé hacia atrás y logré pellizcarla con los dedos. Me sentí Lev Yashin, y nunca he olvidado ni la sacada ni cómo me sentí Yashin ni la tarde ni el arco ni que había decidido ser arquero a lo Carrizo, unos metros delante de la línea de gol. Fue la tapada de la victoria, porque apenas el balón picó en tierra, unos diez metros detrás del arco, sonó la campana y con el tin tan de la campana se hizo de noche, y con la noche salí a las carreras a la casa. Pasé por La mercantil para comprar una barra de chocolate, pero acabé por llevarme un ejemplar de Orsai, sólo porque era de fútbol. En la portada aparecían dos jugadores con banderines en sus manos, Franz Beckembauer y Antonio Ubaldo Rattín.
MEJÍAS JOVEN
¿Sabe, doña Carlota?, cuando yo empecé a leer los artículos de esa revista no entendía nada. Entre pibe, petiso, fiaca, orsai y demás, cada historia y cada personaje se me hacían de un mundo muy lejano, pero seguí metido en cada página de la revista. Las fotos, el ritmo de los textos, la diagramación, el olor de las páginas y el misterio que implicaba que todo eso hubiera ocurrido en otro país, y fuera de otro país que se llamaba Argentina, como un rumor de piedras de río, me sedujeron, y a la semana siguiente, miércoles en la tarde de nuevo, compré la edición que le seguía a la de Beckembauer y Rattín. El fútbol en realidad era lo más importante de mi vida de niño. Siempre lo fue, y lo sigue siendo, no solo cuando lo jugaba, sino cuando lo leía, cuando iba al estadio las tardes de los domingos y cuando me acostaba a dormir.
CARLOTA GUTIÉRREZ
Qué amor, ¿no?
MEJIAS JOVEN
La verdad es que en el colegio jugábamos hasta las mil, y a veces hasta los profesores se metían en nuestros partidos. Yo me quedaba hasta que se iba la luz del día con unos cuantos amigos. Ahora que me pregunta, creo que todo se inició porque mi papá apostaba a las carreras de caballos del 5 y 6 y encendía la radio los domingos para oírlas, y entre carrera y carrera transmitían partidos de fútbol, o al revés. Y no sé, o sí, o lo que sea, pero aquellas transmisiones me embobaban, sobre todo por un nombre que repetían y repetían, Sekularac, un tipo que jugaba en Santa Fe.
CARLOTA GUTIÉRREZ
Suena como a vampiro, y es un decir.
MEJÍAS JOVEN
Le decían Seki. Era un yugoeslavo. Obviamente que yo no tenía ni idea de nada de eso cuando lo de los caballos y las carreras, pero con los años fui aprendiendo. Leía lo que escribían en los periódicos de fútbol, y estaba la radio. Usted sabe.
CARLOTA GUTIÉRREZ
Lo dicho, amor. Su primer gran e inolvidable amor.
MEJÍAS JOVEN
Supongo que sí, o algo por el estilo. Yo debía estar loco, todo el día me inventaba cantos con las palabras raras de la revista aquella, Orsai, y mezclaba orsai con win y full. Me sacaba rimas con gol, tiro y portero, que en realidad sólo eran rimas para mí, y las murmuraba por las noches, dándole balonazos al muro de una paredilla alumbrada por un farol que titilaba casi con cada pelotazo, creyéndome El Pinino Mas, un puntero izquierdo de River Plate que había debutado en la selección de Argentina con 17 años, en el Mundial de Inglaterra, 1966, y que según los que escribían en Orsai, cantaba Si se calla el cantor, calla la vida, como parte de las celebraciones de sus goles. Yo era él, me creía él y cantaba como él, pero con mi pelota de caucho y en mis propias películas, más allá de que no tenía ni idea cómo era la melodía de aquella canción, ni qué más decía ni quién la había compuesto.
IGNACIO MEJÍAS
“No lo voy a dejar en orsai, como usted”, decía la carta. Volví a leer el mensaje al derecho y al revés, como si en alguna de aquellas lecturas fuera a encontrar la clave de todo, y pese a que no quería leer nada más, ni saber quién la escribió ni ir a la cita del día siguiente en La Porciúncula.