El senador liberal Víctor Renán Barco asegura estar convencido de que, a sus 80 años, es considerado un parlamentario “de relleno” por sus colegas. Lo dice con un tono resignado, sentado en un viejo sillón, rodeado de libros, en el despacho que ocupa desde hace 40 años en el Congreso. Al verlo así, da la impresión de estar frente a un cacique en su ocaso. Sin embargo, apenas pocas horas antes, en un debate que se realizó en la Comisión Tercera del Senado para tratar, entre otros temas, los avances del Gobierno en materia de transporte, quedó claro que el político caldense está muy lejos de ser un paria en el panorama político.
Ese día estaban llamados a la discusión, entre otros, los ministros Óscar Iván Zuluaga, de Hacienda, y Andrés Uriel Gallego, de Transporte. Avanzado el debate, los senadores Yolanda Pinto y Aurelio Iragorri solicitaban la palabra, mientras el secretario de la Comisión, Rafael Oyola, sugería que era mejor que los funcionarios citados intervinieran antes.
Gallego tomó el micrófono para comenzar su alocución cuando, de repente, Barco levantó el brazo. Ante el gesto, la sala entera quedó en silencio y a la espera de las palabras del legislador “estrella” de los temas económicos en los últimos 20 años, el hombre más viejo del Parlamento, quien prácticamente mandó a callar al Ministro al exigir que se “respetara” la solicitud de los congresistas que pedían hablar. Sin esperar la determinación del secretario, el Ministro de Transporte esbozó una sonrisa, se separó de su micrófono y se dispuso a escuchar a Pinto y a Iragorri.
La escena, ocurrida exactamente el pasado 29 de abril, fecha de cumpleaños de Barco, no ocurre con frecuencia en el Legislativo. Mucho menos en los debates en los que todos quieren ser el que habla primero y por más tiempo. Sin embargo, como comenta la senadora de Convergencia Ciudadana Daira Galvis, en la Comisión Tercera de asuntos económicos, la palabra de este senador es ‘palabra de Dios’: “Es el buey que lleva a la manada, nuestro decano”.
La frase no es gratuita. En cuatro décadas, por las manos del senador, nacido en el municipio de Aguadas en 1928, han pasado casi todas las reformas tributarias que ha tenido el país, y por su despacho todos los ministros de Hacienda para
consultar las más determinantes decisiones de sus administraciones. A la hora de hacerle reconocimientos profesionales a Barco, abogado y economista de una escuela de Londres, parece no importar ni la edad ni la ideología.
Su rival político, el también senador Ómar Yepes, cacique conservador de Caldas, lo califica como el “padre de la municipalidad”, porque fue autor de un proyecto de ley para que la Nación les girara recursos a las regiones, obligación que luego concretó la Constitución de 1991.
La congresista liberal Cecilia López, por su parte, lo considera como “el más respetado de la bancada” y a otro miembro del Partido, Juan Manuel Galán, quien se estrena como legislador este período, lo sorprende que cuando Barco hable, todo el mundo haga silencio.
El operador de equipos de sonido del Parlamento, Carlos Mayorga, con 15 años de antigüedad laboral, lo recuerda como un hombre de carácter, que se hacía sentir en los debates y al que con el tiempo “se le nota más calmado”.
Pero por los pasillos del Congreso a Barco no sólo le elogian su gestión. Además, es reconocido como uno de los más elegantes, vestido siempre con trajes de paño inglés confeccionados por un sastre exclusivamente para él. Sin embargo, a pesar de los aplausos a su paso, el caldense, residente en La Dorada y sobre cuyo escritorio no pueden faltar las publicaciones The Economist y Financial Times, dice huirles a las aclamaciones y reconocimientos.
“No tengo ropa para ser presidente”, cuentan que dijo Víctor Renán Barco la vez que le ofrecieron la designación liberal al primer cargo público del país. En un sentido parecido le respondió a El Espectador cuando se le pidió una entrevista para realizar este perfil. “Para eso no doy entrevistas. Yo sólo soy un campesino que prefiere vivir sus últimos días en paz”.
El poderoso de caldas
A pesar de esto, y de la queja del senador, quien también asegura que por estar en “la oposición” ya casi no le asignan
ponencias, varias situaciones permiten concluir que es mucho más que un “campesino” y que su poder no ha disminuido tanto como él dice.
Precisamente es Ómar Yepes, el otro peso pesado de la política en Caldas, el que cuenta que hoy más que nunca sigue vigente la alianza que hicieran estos dos “rivales”, al lado de Luis Guillermo Giraldo, uno de los principales escuderos de la nueva reelección presidencial, a comienzos de los años 80, para repartirse entre los partidos Conservador y Liberal la Gobernación del departamento y la Alcaldía de Manizales.
“La idea es que para un periodo nos unamos a apoyar al candidato liberal y en la siguiente elección impulsemos al conservador”, explica Yepes. Con esta especie de ‘minifrente nacional’ buscan asegurar que el poder de la región no escape de sus manos a nuevos partidos, como el Partido de la U o el Polo Democrático Alternativo.
La alianza, sin embargo, no les ha dado resultados en Manizales desde hace 14 años, cuando perdieron la Alcaldía. Aún así, Barco tiene influencia en ocho de los 26 municipios de Caldas. Y aunque para Yepes el pacto de más de 20 años le ha dado “mucha tranquilidad” a la región, un reconocido político caldense, miembro del Polo, asegura que se trata de “una manguala para repartirse la marrana presupuestal”.
Por cuenta del conocido trato, muchos contradictores no llaman a Barco “el padre de la municipalidad”, sino “del clientelismo”. Entre ellos está la senadora por el Partido de la U Adriana Gutiérrez, vieja rival política del parlamentario en la región. “Llevo muchos años criticando esas prácticas”, dice.
Pero si de eso se trata, parece que hasta el mismo Víctor Renán Barco reconoce cuál es su estrategia para obtener los votos. Juan Manuel Galán cuenta que recientemente, en una reunión de la bancada, el congresista caldense aseguró delante de todos: “Yo soy un clientelista”. Esa sinceridad causa incluso admiración en copartidarios como Cecilia López, para quien “Barco enseña que la política se hace con maquinaria. Yo no la tengo y por eso saco menos votos que él”.
Sin embargo, el legislador asegura que sus cuatro décadas en el Parlamento se las debe al voto de opinión. “Sólo hago campaña en Caldas. No soy como otros políticos a los que les gusta figurar y que se recorren todo el país en busca de electores”.
En todo caso, se trata de correrías políticas en soledad, pues Barco, para quien el mejor regalo del mundo es un libro, nunca se casó. Por eso su vida es sólo el Congreso de la República, el sitio donde celebró su reciente cumpleaños, el número 80, asistiendo a un agitado debate de control político hasta altas horas de la noche. Eso sí, no pudo evitar que sus compañeros de Comisión le celebraran con ponqué y gaseosa. Entonces les agradeció “con las cuatro palabras más sabias que hay: Dios se los pague”.