Por: Arturo Charria

Por una utopía posible

 
/ Foto: Paola Sánchez

Desde la Piedra del Olvido se ve toda Bogotá. Atrás está el bosque de pinos y abajo, las ruinas del barrio Corinto. Cuando llegaron las últimas personas a la cima de la montaña, Sergio, un abogado de la Comisión Colombiana de Juristas, leyó un fragmento de un texto de Mario Calderón. Era un análisis de La estrategia del caracol: “[La película] representa la reivindicación, en imágenes luminosas, de tanto sudor y tanto sufrimiento, aunque todo eso sólo pueda llamarse dignidad”. El silencio se llenó de aplausos y en la mirada de todos estaba el recuerdo de Mario, Elsa y Carlos, como una hoja suspendida en el aire.

El recorrido comenzó en el Cinep, el lugar donde Mario y Elsa trabajaron y se enamoraron. A la cita llegaron familiares, amigos y compañeros de causa, abogados y defensores de derechos humanos. Ese día se cumplían 22 años de la masacre que acabó con la vida de la pareja y del padre de Elsa, Carlos Alvarado.

Este año, la conmemoración no era una marcha, un mural o un conversatorio, sino un recorrido por los cerros orientales y por los barrios en los que Mario y Elsa soñaron otro modelo social y económico posible. La primera parada fue en Los Laches, frente a la iglesia de la Peña. Allí Héctor, quien fue compañero de la pareja en el Cinep, recordó el vínculo de ambos con ese territorio y el interés por lograr cohesionar a la comunidad en torno a un proyecto común. Luego señaló una colina al filo de la carretera y con las manos imitó las volteretas que Mario hacía con los niños cuando jugaban a lanzarse por el cerro.

El bus arrancó y se trepó por la montaña entre barrios de nomenclaturas pintadas a mano. Era domingo y la gente que bajaba en bicicleta se confundía con las multitudes que salen a la ciclovía. Abajo la ciudad parecía de cartón y los grandes edificios de Bogotá se convertían en minúsculas figuras de un pesebre urbano. En la entrada del barrio Manantial, Héctor volvió a tomar la palabra: “Acá comienza el Ecobarrio. Un proyecto con el que Mario siempre soñó”. Y luego recordó cómo Mario había sido uno de los primeros académicos en hablar de ecología y desarrollo sostenible.

Lentamente el grupo fue subiendo por caminos de piedra y ladrillo picado. Los senderos construidos con guadua y las terrazas de plantas nativas contrastaban con las construcciones de madera y lata que se asomaban al margen de la trocha. En el límite que separaba los barrios Manantial y Corinto, unos tenis colgaban de un cable de luz: una señal que sirve para marcar una frontera invisible. En otro tiempo, ese barrio fue un enclave del M-19, pues a mediados de los años 80 esta guerrilla organizó una invasión de esos predios.

Bajo esos tenis, Sergio leyó un fragmento del último artículo escrito por Elsa antes de su asesinato: “Pareciera que los principales actores del conflicto armado en Colombia disputaran buena parte de la guerra en los medios”. Al asesinar a Elsa Alvarado también se silenciaba su labor crítica de los medios de comunicación, los mismos que fueron incapaces de denunciar su crimen como un anuncio de la llegada del paramilitarismo a Bogotá.

Con las palabras en la piel, subimos la última parte de la montaña. Las anécdotas iban y venían como un teléfono roto. El primero en llegar a la Piedra del Olvido fue Héctor, quien nos contó que una vez había escalado la montaña y al llegar a la cima había gritado: ¡Dignidad! Recordó que había sido una forma de liberarse, y todos coincidieron en que no había una mejor forma de llevar la memoria de Carlos, Mario y Elsa que trabajar con dignidad para que la utopía sea posible.

@arturocharria

 

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