Se “queman” los docentes

EN 1974, EL PSICOANALISTA FREUdenberger, desde una perspectiva clínica, acuñó el término Síndrome de Agotamiento Profesional (Burnout) para describir los síntomas físicos padecidos por el personal sanitario como consecuencia de las malas condiciones laborales.

“Como psicoanalista y practicante de facultad —sostuvo— me di cuenta de que la gente es a veces víctima de un incendio, como los edificios. Debido a la tensión producida por la vida en nuestro mundo complejo, sus recursos internos se consumen como por el efecto de las llamas, y no queda sino un vacío inmenso en el interior, aunque el exterior parezca más o menos intacto”.

Es lo que les está sucediendo a algunos docentes en Colombia, según un estudio realizado por la Universidad Javeriana, con la coordinación del psiquiatra Carlos Gómez Restrepo, el cual plantea que uno de cada cinco docentes bogotanos padece el Síndrome de Agotamiento Profesional.

El estudio se hizo con una muestra de 343 docentes de tres colegios distritales del norte de la capital. Los resultados son inquietantes. El 43,9% de los maestros presenta valores medios en falta de realización personal. Un 57,4% reporta cansancio emocional.  El 77% piensa que la sociedad no percibe su oficio como un honor. Y el 25,4% considera que no volvería a ser profesor si tal circunstancia fuese posible.

Preocupa igualmente que en Medellín se realizó una investigación similar en 2004, entre 239 maestros escolares, y los resultados no fueron muy diferentes. El 37% presentaba agotamiento emocional y el 34% reflejaba actitudes negativas hacia su trabajo. El 23% de los docentes tenía los dos síntomas.

No es esta entonces una realidad que pueda obviarse. Aunque hacen falta investigaciones de más largo aliento y con muestras más amplias que permitan una radiografía completa del tema de la salud física y mental de los docentes colombianos, el malestar con que algunos viven es resultado del prolongado padecimiento del estrés al que están sometidos. Una enfermedad silenciosa y posiblemente invisible, como ocurre con el cansancio, pero que con seguridad tiene implicaciones nada desdeñables.

Entre los factores explicativos que se asocian al Síndrome de Agotamiento Profesional deben comentarse los inconvenientes de un entorno laboral agresivo, los problemas laborales con otros compañeros, las complicadas relaciones con estudiantes que presentan dificultades, el hacinamiento, el ruido, la lejanía de determinadas instituciones educativas, las jornadas dobles de trabajo y la baja remuneración. Un compendio de motivos que le pueden generar al docente emociones desagradables de enfado, frustración, depresión, nerviosismo y ansiedad y que, como es obvio, repercuten en la educación que recibe el alumno.

Por estos días en que se discute en ciudades como Bogotá, pero también en el orden nacional, el tema de si en materia de educación basta con avanzar en cobertura, investigaciones como ésta permiten que quienes abogan por mayor calidad ganen adeptos. Y calidad significa también atención a las condiciones en que el docente desempeña sus labores.

Pese a que el síndrome descrito no afecta específicamente a los maestros, sí es el campo de la educación uno de los más vulnerables a sus consecuencias. Anteriormente la docencia era motivo de orgullo. Era una de las profesiones contempladas por bachilleres en edad de escoger su futuro laboral. Hoy quizá lo siga siendo, pero en universidades y colegios restringidos.

En síntesis, ¿qué podemos esperar, a futuro, de jóvenes que han sido educados por profesionales que denotan aburrimiento, agotamiento, pérdida de autoestima y tedio en las actividades de docencia diarias? Y ¿qué nos dice de una sociedad el que sus maestros prefieran dedicar su tiempo y vida profesional a alguna actividad diferente?

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