Aguas para valientes

San Gil, el Chicamocha, Quindío y algunos pueblos de Cundinamarca atraen cada fin de semana a los amantes de este deporte extremo.

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El origen del rafting es incierto. Algunos se lo atribuyen a exploradores y cazadores norteamericanos, mientras otros dicen que fue inventado por los famosos “raiders”, leñadores que montaban los troncos que cortaban para transportarlos río abajo apoyándose en la fuerza del agua. Lo cierto es que la popularidad de esta disciplina sólo llegó hasta los años 70, cuando fue incluida por primera vez en los Juegos Olímpicos.
Y aunque de las montañas colombianas desciende una abundante cantidad de agua, Gladys Durán, de Colombia Rafting Expediciones, señala que este deporte empezó a tener acogida en el país a mediados de los 90. Desde entonces, el arte de domar la fuerza de los ríos sobre una balsa no ha hecho sino cautivar cada vez más aficionados, sobre todo en el departamento de Santander, gracias a accidentes como el cañón del Chicamocha, que crean emocionantes rápidos.
Durán explica que los ríos se dividen en seis clases, siendo la última la recomendada solamente para expertos. Aunque a lo largo y ancho del territorio nacional hay infinidad de lugares para disfrutar de la “agresividad” de las aguas, por los paisajes, la infraestructura y la posibilidad que ofrecen de entrar en contacto con la naturaleza de una manera diferente, se destacan San Agustín (Huila), Quindío, municipios de Cundinamarca como Útica y Nimaima, San Gil y, por supuesto, el Chicamocha.


Prográmese para vivir un fin de semana diferente, liberar adrenalina durante mínimo una hora o divertirse con increíbles recorridos de más de cuatro horas en los que, dependiendo del caudal del río, se permiten niños mayores de 12 años o personas mayores de 18.

En el Chicamocha
Enmarcado por la espectacular vista del cañón, las aguas blancas del río Chicamocha se prestan para una amplia variedad de expediciones que duran entre uno y tres días. Recorridos que pasan por rápidos de clase III, donde sólo se necesita saber nadar, y de clase IV, que requieren un alto nivel de experiencia y la mayoría de edad. También se puede hacer parapente, torrentismo y rapel.

Cerca de Bogotá
A dos horas de la capital, en Tobia, está el río Negro. A lo largo de sus 6 kilómetros de extensión se pueden encontrar rápidos de clases II y III, perfectos para principiantes que tienen ganas de aprender lo necesario antes de partir hacia cauces más fuertes. Los verdes paisajes de esta zona del país también se prestan para practicar ciclomontañismo y descenso de cascadas.


Paisaje cafetero
En medio del Paisaje Cultural Cafetero, en Quindío, se encuentra el río Barragán, rodeado de cafetales y árboles frutales, que permite el aprendizaje fácil y seguro de este deporte en rápidos de clase II, con el acompañamiento de monitores expertos. Vale la pena visitar los cafetales de la zona y conocer, en medio de antiguas haciendas, el proceso del grano del cultivo hasta la taza.


San Agustín aventurero
Muy cerca del parque San Agustín, reconocido por sus joyas arqueólógicas, y del imponente Macizo Colombiano, se encuentra el nacimiento del río Magdalena, que regala una experiencia emocionante tanto para principiantes, con rápidos de clases II y III, como para los aventureros más curtidos, con zonas de clases IV y V, dependiendo de la temporada.


Santander extremo
 Además del río Chicamocha, dentro de su posición privilegiada sobre la cordillera Oriental, se encuentran los ríos Fonce y Suárez, cerca de la población de San Gil. Este último, de 16 km de extensión, es considerado por los expertos como una de las mejores rutas de América del Sur, gracias a sus emocionantes rápidos de clases III a V. Aquí también se puede practicar rapel.

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