Mompox, de recogimiento

Las calles están listas para la Semana Mayor.

Mompox es, a orillas del río Magdalena y en medio del departamento de Bolívar, una pequeña población de aquellas de las que hablaba Gabriel García Márquez en sus escritos: tiene una magia que, a quienes se atreven a verla de lejos o vivirla de cerca, se esparce cada tanto en el ambiente para atraparlos de inmediato. Y lo hace porque en 1564 sus primeros pobladores, con lujosas joyas y objetos brillantes, se encargaron de iluminar las imágenes que representaban la muerte de Cristo, el centro de la religión católica. Desde esos tiempos Mompox, territorio de recogimiento, se volvió un centro del culto, fervor y adoración.

Viajar a Mompox es una experiencia única. Si lo hace por avión y va desde el interior del país, puede tomar el vuelo hasta Cartagena. Luego, en La Heroica, viajar en un bus hasta Magangué, unos kilómetros más adelante pasar el Magdalena y el brazo de Mompox en un ferri y, acto seguido, tomar un taxi que lo lleve hasta las primeras calles empolvadas de este lugar que revela a sus visitantes una arquitectura con vestigios españoles, pero con el toque de edificador criollo.

Iglesias, conventos y otros lugares alegóricos al catolicismo le dan la bienvenida. Y lo reciben con algunos niveles de calor tan altos que rápidamente tendrá que buscar una heladería y refugiarse del inclemente sol. Como Patrimonio Histórico y Arquitectónico de la Humanidad, Mompox durante los 8 días de la Semana Mayor le dejará ver celebraciones a manera de procesiones callejeras, algunos de los más escénicos desfiles que recuerdan los días santos. Una tradición que nació cuando familias adineradas de la historia bolivarense, para intentar salvar sus pecados, donaban a las comunidades religiosas costosas joyas que sirvieran como adorno y, en el mismo camino, adoración a las imágenes católicas.

El Miércoles Santo, por ejemplo, los mompoxinos y visitantes se encontrarán con la Serenata a los Difuntos. Un momento en el que los habitantes, iluminados con velas, llegan al cementerio local y a manera de homenaje esperan hasta la mañana del día siguiente al lado de las tumbas de sus familiares. Un ritual en honor a los muertos y que da lugar a que se congreguen, para los días venideros, las siete iglesias del pueblo.

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