Cuba singular y auténtica

Cienfuegos, Trinidad, Santa Clara y Remedios son ciudades coloniales con un encanto particular. Se distinguen por tener una cultura polifacética en medio de la naturaleza.

Plaza principal de Cienfuegos, declarada por la Unesco Patrimonio de la Humanidad.
Plaza principal de Cienfuegos, declarada por la Unesco Patrimonio de la Humanidad.

Edificaciones de gran belleza, refinado gusto y valor arquitectónico dan la bienvenida a una de las villas más hermosas de Cuba. En Cienfuegos se respira la magia del legado francés en cada rincón de la ciudad.

Fundada en 1819 bajo el nombre de Fernandina de Jagua por el francés Luis Declouet y popularmente conocida como La Perla del Sur, se distingue por el trazado casi milimétrico de sus calles y avenidas en forma de cuadrículas que enmarcan imponentes edificios, palacios, cementerios y castillos que reflejan el esplendor de una cultura con fuerte influencia de sus fundadores.

El acelerado desarrollo alcanzado por la villa y sus construcciones de carácter ecléctico hacen de esta ciudad un verdadero resumen del estilo neoclásico, art nouveau y déco. Un universo formado por la multiplicidad de formas, colores y aromas que seducen al visitante.

Como si fuera poco, la ciudad tiene el privilegio de contar con el malecón más largo de todo el país. A través de un largo paseo adornado de cocoteros junto a las apacibles aguas de la bahía de Jagua, los cienfuegueros y turistas observan desprevenidos a pescadores, deportistas, lanchas de competencias y peces que de vez en cuando se dejan ver en el litoral. Al terminar el recorrido se encuentran de frente con el Palacio, una joya de la arquitectura doméstica en la que participaron artesanos franceses, italianos, árabes y cubanos.

Después de abandonar la urbe y tomando la vía principal se llega en una hora a Trinidad, una pequeña población que parece haberse detenido en los siglos XVIII y XIX y que fue declarada en 1988 por la Unesco Patrimonio de la Humanidad. Pasear por sus empinadas calles de piedras zanjadas al medio día es encontrarse con una vivaz ciudad-museo enclavada en medio del mar y la montaña.

Amplias y ventiladas casonas coloniales, palacios donde el lujo y el derroche hicieron de las suyas para integrarse al arte colonial cubano, convierten a Trinidad en una indiscutible joya urbanística de antaño.

El signo decorativo característico de las viviendas de la ciudad tiene su base en la ornamentación reflejada en murales, molduras, marcos de madera y en las caprichosas formas que los forjadores de hierro lograron imprimirle para que se convirtiera en uno de los mayores encantos. Y de esto dan testimonio el Convento de San Francisco de Asís, la Ermita de la Popa, la Plaza Mayor y el Museo Romántico.

Sin tanto renombre como la bulliciosa Habana o como las paradisiacas playas de Varadero, se alza la localidad de Santa Clara, una tranquila ciudad del interior a 270 kilómetros de la capital cubana, que atrae a nostálgicos y admiradores de la figura del Che, además de aventureros que deciden explorar la isla fuera de los circuitos “recomendados para turistas”.

En Santa Clara la visita obligada es al mausoleo del Che, que se construyó en los años 80 como memorial, recordando la decisiva victoria del argentino. Los restos de Guevara fueron hallados en Bolivia en 1997, 30 años después de su muerte. Una vez trasladados a Cuba y confirmada su identidad, se convirtió el memorial de Santa Clara en mausoleo del Che y sus compañeros.

A 30 minutos de allí se encuentra San Juan de los Remedios, reconocida como la octava y última villa fundada por los españoles.

Tiene la particularidad de conservar intactas reliquias culturales de gran valor patrimonial que han perdurado en el tiempo.

Las memorables parrandas remedianas celebradas todos los 24 de diciembre desde hace dos siglos se mantienen tan vivas como aquella Navidad de 1820. La idea nace con la iniciativa del cura de la villa de impregnarle un poco de alegría y animar la celebración.

Ante la ruidosa convocatoria de unos jóvenes remedianos que hicieron retumbar las casas del pueblo con sonidos de matracas, latas y campanas, todos los pobladores decidieron unirse al festejo, que contagiaba hasta el más escéptico.

Una majestuosa carroza que se construye durante 364 días del año irrumpe en medio de la algarabía con fuegos artificiales, matracas y voladores. Los remedianos le recuerdan una vez más al país por qué sus parrandas gozan de tanta fama a nivel local e internacional.

Una ruta poco conocida, pero con tesoros invaluables que invitan a disfrutar la isla de una manera diferente. En la medida en que se avanza en el camino se descubre una historia inédita, digna de ser contada.

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