San Luis, un diamante en bruto de Brasil

Aunque no es muy conocida, esta ciudad en el norte de Brasil reúne los atractivos para convertirse en una de las potencias turísticas del país.

Germán Gómez Polo

Hay una ciudad en el nordeste de Brasil que es profundamente parecida a Cartagena. No a la Cartagena de ahora, por supuesto, sino a la que es contada por la gente que la vivió en los años 60 y 70, cuando no se había convertido en lo que hoy, para bien o para mal, representa para el turismo en Colombia. Cuando muchas de sus esquinas no lucían aún prefabricadas.

Se llama San Luis, está en el estado de Maranhão y, dicen quienes allí viven, es muy posible que muchos brasileños de otros lugares del país ni siquiera tengan conocimiento de su existencia. Brasil es gigante y esa misma característica ha convertido a esta ciudad en un lugar ideal para visitar, tanto por lo que tiene por descubrir, como por la belleza que impera en sus calles empedradas, con casonas coloniales que se abarrotan como espectadores a lado y lado.

En los tiempos de la Colonia este territorio fue disputado por franceses y portugueses. Sin embargo, como lo demostró la historia, estos últimos se quedaron con tierras que todavía hoy conservan los vestigios de antaño, como edificios y casas con fachadas llenas de azulejos y la arquitectura propia de la época, con rasgos de deterioro que no permiten que la magia se evapore.

Y es la raza negra predominante la que reafirma la inmigración africana, principalmente de Angola, que no solo se ve, sino que se escucha con cada golpe de tambor de crioula, una danza que era practicada por los descendientes de los esclavos provenientes de la cuna de la humanidad.

Un rincón de Brasil que alberga a un poco más de un millón de habitantes y que también debe su belleza a las aguas que lo cubren y que parecieran entrar con agresividad, en las formas del río Bacanga y el río Anil, hasta su centro; una masa que regala postales para los fotógrafos que las navegan. Y el agua no es actor secundario, sino protagonista, porque además de llenar de vida y de manglares esta costa, es la que da la orden de cuándo pueden salir las embarcaciones desde los puertos. A ciertas horas, la marea baja tanto que deja una extensa playa o, más hermoso aún, bancos de arena como islas pequeñas en la mitad de la bahía.

Para disfrutar de este lugar también es necesario probarlo en las decenas de formas en las que se presenta su comida de mar. Platos cargados de cangrejos, camarones secos, arroz de cuxá y harina de mandioca, acompañados de un frío jugo de bacurí, guanábana o acerola. También, beber unos tragos de tiquira, un aguardiente típico de color violeta, hecho a base de mandioca, al son del reggae más clásico que suena como la champeta en los picos de los barrios populares de Cartagena.

Con seguridad le va a gustar San Luis. Su único inconveniente es la falta de conectividad aérea, haciendo necesario tomar un vuelo a São Paulo, que desde Bogotá dura unas seis horas, para luego coger una ruta doméstica de unas tres horas largas hasta esta ciudad. Sin embargo, el largo viaje valdrá la pena, debido a que, al ser como un diamante en bruto, los elementos por conocer se harán infinitos.

Además, San Luis tiene una cereza, y es su cercanía con Barreirinhas, a menos de 10 kilómetros del impresionante Parque Nacional dos Lençóis Maranhenses, una extensa duna de arena con más de 22 mil piscinas naturales de aguas lluvias y subterráneas que logran un bello contraste entre el blanco de la arena, el azul y el verde. El lugar es tan impresionante como el espacio que se necesita para describirlo.

Amo el portugués, pero nunca había ido a Brasil y, por fortuna, caí en un lugar que, sin mucho esfuerzo, se convertirá pronto en una potencia turística.

*Invitación de la Oficina de Turismo de San Luis y Embratur.

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