Un conflicto de 200 años

Durante 200 años Colombia ha tenido pocos días de paz. Apenas intervalos de calma chicha. Desde su independencia ocho guerras civiles protagonizaron la violencia del siglo XIX.

Años después se desató una lucha bipartidista que se dio a conocer como la época de La Violencia, que según el consenso de los investigadores dejó cerca de 300 mil muertos y luego arreciaron las guerrillas, en un conflicto que ajusta casi medio siglo. Una sucesión de generaciones de colombianos crecieron al amparo del horror. Los jóvenes de los años 40 del siglo pasado se estremecieron con el ‘Bogotazo’, los de los 50 sufrieron la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla y los de los 60 y 70 fueron testigos del origen de las Farc, el Eln, el Epl o el M-19.

En la trasescena, el narcotráfico comenzó a corroer a la sociedad y se convirtió en el combustible de los grupos armados ilegales que hicieron de él su principal fuente de financiación. La génesis del paramilitarismo se nutrió de esas alianzas con los señores de la droga. Después vendrían las masacres y los ejércitos privados que crecieron aupados por sectores poderosos del Estado y las mafias impusieron la ley del hacha y la motosierra. La guerrilla, entretanto, consolidó su retaguardia en sitios estratégicos y a mediados de los años 90 pasó a la ofensiva, volvió el secuestro un botín político, llenó de pánico la expresión “pescas milagrosas” y Marulanda anticipó la burla al Estado en la zona de distensión cuando dejó la silla vacía.

Mientras las noticias las protagonizaban Jojoy, Reyes o Simón Trinidad, y el país embelesado creía en la puerta de la paz, las autodefensas, agazapadas, mataban a destiempos desde el Nudo de Paramillo hasta los Llanos. Después sellaron pactos con políticos para “refundar la Patria” y se colaron al Congreso. Diversificaron su estrategia, se apalancaron en empresarios y multinacionales, se apropiaron de la tierra y desplazaron al labriego que antes había padecido las ‘vacunas’ de las guerrillas. Su proceso de desmovilización fue traumático. Los comandantes terminaron extraditados por capos, pero sus mandos medios desdoblaron sus estructuras en bandas criminales.

A la sombra las guerrillas soportaban la persecución del Estado y el gobierno demostró que sí era posible golpear al secretariado. Cayeron Reyes, Iván Ríos, Jojoy y Cano. Marulanda murió de viejo. En ese pulso de guerrillas criminales y bárbaros paramilitares la sociedad civil ha estado en el medio. El gobierno Santos ha promovido una Ley de Víctimas y otra de Tierras. Pero de la letra formal de la Gaceta del Congreso a la implementación de la norma en regiones que han sido verdaderos campos de batalla, hay mucho trecho, como reza el lugar común. Una conciencia de memoria histórica, profundos procesos de reconciliación social, verdades judiciales que no se queden a medias y un rechazo contundente a la impunidad son las salidas que proponen los expertos para dejar atrás esta zozobra de dos siglos.

DESMOND TUTU

Nobel de Paz de 1984, monseñor Desmond Tutu se opuso durante años al régimen segregacionista de su natal Sudáfrica y fue una de las personas detrás de la Nación del Arco Iris, que fue como se conoció a su país cuando la paz llegó a él. Tutu, de 80 años de edad, se encuentra retirado de la vida pública, pero su labor sigue siendo una guía para todos los que luchan por la paz en el mundo.

1. No hay una fórmula mágica

No hay una fórmula única para llegar a la paz. Es necesario un plan que responda a las condiciones particulares de su país y, de ser exitoso, deberá ser apoyado por todos los colombianos. No debe haber temas vedados. Los colombianos no pueden tirar la toalla, incluso los problemas más grandes tienen solución. Muchos pensaban que Sudáfrica era un caso perdido y que nos veríamos superados por el baño de sangre. No fue así. Si sucedió en Sudáfrica, puede suceder en cualquier lugar del mundo y Colombia no es la excepción. ¡No se rindan!

2. No pongan tantas condiciones

No establezcan demasiadas condiciones para dialogar. Quizás la única deba ser que los actores del conflicto suspendan el uso de la fuerza para negociar. Crean en las buenas intenciones de su adversario. Sin un mínimo de confianza en el otro no hay cómo sentarse a hablar de paz. El ANC (Congreso Nacional Africano) y el gobierno del ‘apartheid’ eran enemigos, pero tuvieron la suficiente confianza mutua para discutir y creer que los compromisos a los que llegaron serían respetados y que por ello valía la pena seguir con las cartas sobre la mesa.

3. Vean al otro como ser humano

Cuando se sienten a dialogar vean al otro como un ser humano igual a ustedes, un colombiano más que desea la paz. Los dos negociadores del acuerdo de paz de Sudáfrica, Cyril Ramaphosa —del ANC— y Roelof Meyer —del gobierno ‘apartheid’— descubrieron algo que los unió: a los dos les encantaba la pesca. Fue así como se dieron cuenta de que su adversario no era un ogro o una rata, sino una persona con sentimientos y anhelos. Esto les permitió hablar sobre temas que eran vedados y discutir a profundidad sobre el camino que querían recorrer hacia la paz.

GERRY KELLY

Se unió al IRA con 19 años. Fue preso político entre 1973 y 1989, año en que se unió al partido político Sinn Féin. Hizo parte de las negociaciones con el gobierno inglés que conllevaron al acuerdo de paz con el IRA en 1998. Desde entonces es miembro de la Asamblea Legislativa del Norte de Irlanda (Congreso). También es vocero del Sinn Féin en asuntos policiales y de justicia.

4. Caminar hacia adelante

Más que sugerir soluciones al conflicto colombiano comparto la experiencia irlandesa. Se deben analizar las causas del conflicto, porque de no hacerlo las siguientes generaciones van a heredar la guerra. La agenda con que las partes del conflicto se sienten a negociar debe ser transparente y abierta, y los diálogos deben incluir a todos y cada uno de los sectores de la sociedad. Las discusiones suelen ser intensas pero hay que tomar riesgos, porque hay que caminar hacia adelante. Nuestro gran logro fue conseguir el consenso de que todos debíamos caminar hacia adelante.

5. Sin exceso de condiciones

Al momento de intentar entablar conversaciones, es importante no imponer muchas condiciones. Pensar que la confianza es un prerrequisito es un error, y condicionar los diálogos puede debilitar el proceso de paz. Es necesario, además, admitir que todos los bandos del conflicto han puesto muertos, y si hay prisioneros políticos éstos deben ser incluidos en las negociaciones. Cabe también recordar que un acuerdo no significa necesariamente que todo el mundo esté de acuerdo en todo, pero lo que vale es mantener la actitud y no renunciar. Habrá desencuentros, retrocesos, pero es necesario mantenerse enfocados en lo que verdaderamente importa.

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