El pot: una gran ciudad en una gran región

Conozca los beneficios y los proyectos a desarrollar del Plan de Ordenamiento Territorial de Bogotá (POT).

Luego de casi 10 años de adopción del Plan de Ordenamiento Territorial de Bogotá, POT, su ejecución ha evidenciado que este tipo de instrumentos requiere constantes evaluaciones y ajustes para evitar distorsiones, frente a la dinámica de una ciudad de esta magnitud. Tal es el caso de la revisión que se realizó en 2003 y que tuvo como resultado la incorporación de la ruralidad al planeamiento del Distrito y la consagración del tema de Ciudad – Región,  al reconocer que Bogotá no se puede desarrollar como una isla sino como un nodo, en donde la interdependencia de los municipios circunvecinos tiene un papel estratégico para garantizar la habitabilidad y la sostenibilidad ambiental de la Sabana.    

Si bien es cierto que es un instrumento de largo plazo, la Ley 902 de 2004 y su Decreto Reglamentario 4002 del mismo año, reconocieron la necesidad de su revisión periódica, siempre y cuando se presenten “cambios significativos en las previsiones sobre población urbana; la dinámica de ajustes en usos o intensidad de los usos del suelo; la necesidad o conveniencia de ejecutar proyectos de impacto en materia de transporte masivo, infraestructuras, expansión de servicios públicos o proyectos de renovación urbana; la ejecución de macroproyectos de infraestructura regional o metropolitana que generen impactos sobre el ordenamiento del territorio municipal o distrital, así como en la evaluación de sus objetivos y metas del respectivo plan.”

No se necesita mucha perspicacia para reconocer que en Bogotá se han presentado y se van a presentar “cambios significativos” como los mencionados y que mal podría la actual administración dejar de incursionar en este terreno, con una evidente falta de previsión. A ello se agrega que, desde el punto de vista ambiental, por ejemplo, existen en el POT actual, fallas y deficiencias muy notorias, como se comprobó en el diagnóstico que se hizo en la Secretaría Distrital de Ambiente, con la participación de numerosos expertos y dirigentes comunitarios.

Estas circunstancias indican que la revisión no podía esperar, como se cree, o peor aún, creer que es una herramienta perfecta e inamovible. Esta actitud condenaría a Bogotá a no ajustar su modelo de desarrollo a las continuas modificaciones que incorporamos los seres humanos al entorno.

Omitir su revisión significaría para la ciudad abonar el camino para su deterioro, ya que el actual POT carece de lo que la Ley 388 de 1997 considera determinantes ambientales claros, concretos y específicos, que permitan la efectiva conservación y tutela del ambiente, de manera que no sea tan sólo un referente retórico. Se desaprovecharía la oportunidad de tener un único instrumento para que las más de 4 mil hectáreas urbanas de la estructura ecológica principal  sean conservadas y recuperadas en beneficio de la colectividad. 


La aplicación de la noción de Estructura Ecológica Principal (áreas protegidas, parques recreativos metropolitanos y zonales, área de manejo especial del río Bogotá y corredores ecológicos), concepto prestado de la biología de la conservación, demostró que, en una ciudad donde viven algo más de 7 millones de personas, resulta de difícil concreción, requiere ajustes y establecer mecanismos concretos de administración, si se quiere que sea un instrumento eficaz para proteger nuestro entorno y nuestros recursos naturales para garantizar el ambiente sano que se merecen sus pobladores.

La expansión de la ciudad no se puede seguir haciendo a costa de la ruralidad distrital. Es necesario ponerle freno con instrumentos más efectivos en el POT, además de otras acciones de política pública, para construir una ciudad densa y compacta, como lo predica pero no lo practica el actual ordenamiento. Para ello se requieren ajustes de fondo que no dan espera.

Se perdería la oportunidad de Bogotá para consolidar una política ambiental integradora, en ausencia de directrices eficaces desde lo nacional para el medio ambiente urbano. El deslicenciamiento y la laxitud ambiental de que ha sido testigo el país en los últimos años llegaron a su punto máximo cuando prácticamente en todos los instrumentos de planeación urbana se borraron los elementos ambientales. Esta es una oportunidad  para reincorporarlos.  

Por otra parte, calificar de “improvisado” el ejercicio adelantado por el gobierno distrital parece más bien un asunto de desinformación de quienes así lo manifiestan, pues desconocen que cada uno de los 12 sectores administrativos de Bogotá, desde septiembre del año pasado con cronograma en mano, iniciaron la evaluación y el estudio de los ajustes recomendables.

Sobra anotar que afirmaciones difusas sobre intereses de “algunos” deben trasladarse al mundo de la realidad y la concreción: ¿Qué es específicamente lo que esos intereses quieren cambiar en el POT? ¿Cómo afectan esos cambios a todos los ciudadanos?, son preguntas pertinentes en su discusión.

En síntesis, la “ciudad soñada” que refleja el POT es una construcción colectiva y cambiante que corresponde a una escala de planeamiento amplia, para un territorio complejo y diverso que requiere una mirada de inclusión que se logra a través de modificaciones que así lo reconozcan.

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