El escurridizo habitante de la noche

La historia de <strong>El Espectador</strong> está indisolublemente unida a la de uno de sus primeros caricaturistas: Ricardo Rendón.

¿Cuándo aparece Ricardo Rendón en los medios artísticos de Bogotá? Oriundo de Rionegro de Antioquia, donde había nacido en la última década del siglo pasado, Ricardo Rendón Bravo —cuyo era su nombre completo— figura ya en el Grupo Panida de Medellín, en 1915, y más o menos de esa época debe ser una estampa de don Tomás de Carrasquilla en que el sápido narrador ostenta un sombrero de anchas alas, no caídas como las de los bohemios sino arriscadas como las de los campesinos, su cara agria de solterón impenitente. La firma del trabajo es muy pulida, y dice: “R. Rendón”. Ya de 1919 es una caricatura de León de Greiff en que nos presenta al multifónico poeta bajo una luna llena y un búho que está posado seguramente en un “chopo calvo”, tocado de negro, con un libro bajo el brazo, y la pipa, seguramente la “de todo el maíz”, como una hornilla humeante. De 1920 es un estupendo dibujo a pluma del mismo Leo. Y es probable que de esa época sean también las magníficas cabezas del general Rafael Uribe Uribe, Víctor M. Londoño y Luis Tejada, la primera ejecutada a pluma y las otras dos al carbón. (La de Tejada se conservó por muchos años en la sala de dirección de El Espectador).

El hecho es que el artista se vinculó a las actividades capitalinas y al ambiente de la bohemia bogotana al parecer hacia 1920, y colaboró en La República de Alfonso Villegas Restrepo, a cuyas páginas llevó, reducidos a líneas de impresionante fidelidad, los principales episodios políticos y literarios de esa época, entre ellos el de la desaparición del tremebundo crítico don Lope de Azuero, que en forma tan despiadada zarandeó a Valencia, Castillo, Rasch Isla, Abel Marín y otros poetas de viso.

Una caricatura de esos días representa una percha de la cual penden un sombrero y unas prendas de vestir que caen verticales sobre un par de zapatos desfondados. Leyenda: “Lo que quedó de Eduardo Castillo después del ataque de don Lope de Azuero). (Por cierto que el poeta nunca se conformó con esto, y cuando José Eustasio Rivera, al calor de la disputa literaria, le dijo que don Lope lo había pulverizado, Castillo replicó , iracundo: “tan poco pulverizado me siento, que reto al Valbuena criollo a una polémica de prensa para probarle su ignorancia y su mala fe”).

Sus amigos predilectos de entonces y del resto de su corta existencia fueron: César Uribe Piedrahíta, eminente bacteriólogo y uno de los pocos sabios que en Colombia han sido; el polifónico León de Greiff y Luis Tejada, el mejor cronista que puede leerse por estas latitudes. Después de ellos, Luis Vidales, Alejandro Vallejo, Pepe Medina (el personaje que Caballero Calderón presenta en Tipacoque como “un hidalgo de Soatá” y que, según el escritor y mis recuerdos, “tenía la barba rojiza, abierta en dos grandes alas que se agitaban al viento, los ojos azules, pequeños, que se asomaban al mundo tras los cristales deformantes de unas grandes gafas de carey, y una nariz chata y arrisca que tenía la coloración genial de las del Tocador de laúd de Rembrandt”; Matoño Arboleda, trágicamente desaparecido en la Laguna de Fúquene; Jorge Zalamea, lúcido desde entonces; Castañeda Aragón, los Umaña Bernal, los Lleras. Por último, Barrera Parra y Porfirio Barba-Jacob.

Con estas gentes brillantes, cultas, inteligentes, ingeniosas y despreocupadas, hizo el artista su mundo, creó su ambiente, vivió su bohemia en los periódicos, en los cafés y especialmente en las pequeñas tabernas o tenderetes de poca ocurrencia, pues no era Rendón hombre a quien halagasen la multitud, el tumulto, la algarabía. Se escurría por entre ellos, sigilosamente, con Eduardo Castillo, otro habitante de la noche.

Por esa época, hacia 1927, le conocí. Era de cuerpo magro, regular estatura, siempre vestido de negro, la cara pálida, cuidadosamente rasurada, un chambergo de  alas no muy anchas, ojos pequeños de mirada inquisidora y labios apretados de satírico. Rara vez sonreía. Por temporadas le veía llegar con cierta regularidad a entregar sus monos para El Espectador. Se los recibía don Gabriel Cano. A veces desaparecía por semanas, y a poco empezaban a aparecer sus dibujos en El Tiempo. Y cuando menos se pensaba, volvía a la casa de los Canos.

Fue en ese tiempo, y durante la jefatura de redacción de Barba Jacob, cuando se reunió la Conferencia Panamericana de La Habana, a la cual asistió en representación de Colombia una delegación que presidía el doctor Enrique Olaya Herrera, a la sazón ministro de nuestro país en Washington, y entre cuyos integrantes se encontraba el doctor Roberto Urdaneta Arbeláez, creador de la sonrisa pepsodent.

Este personaje se había preparado su nombramiento con agilidad resbaladiza de vulpeja mediante visitas a los periódicos liberales que dirigían la oposición al régimen de Abadía Méndez. Varias veces le vi trasponer la puerta de la dirección de El Espectador que quedaba frente a mi mesa de trabajo, y salir de allí, rozagante y eufórico, después de conferenciar con don Luis Cano. Cualquiera podía confiar en la lealtad futura de hombre tan pulido y mañoso.

Sin embargo, fue en su gobierno de quita y pon cuando se produjeron los pérfidos incendios de periódicos cierto seis de septiembre. Menos mal que la muerto libró a don Luis Cano de presenciar esa vileza.

Nuestra delegación a la conferencia de marras, como ha ocurrido siempre, desde entonces hasta Punta del Este, iba consignada a la norteamericana, cuyos designios secundó sin contraprestaciones de ningún género, no obstante que algunos delegados de países centroamericanos ofrecían resistencia a tal entrega y en general a la “diplomacia del dólar”, que era la del garrote y los desembarcos de infantería de marina, abolida por el segundo Roosevelt pero vuelta a ver en Santo Domingo con Johnson y en plena era de la OEA y la no intervención. Esto llevó a Calibán, columnista muy leído desde entonces, aunque de moral política deletérea, a decir que Olaya merecía ser fusilado por la espalda y sobre la cureña de un cañón viejo, por traidor a la patria.

Rendón redujo el episodio a una de sus caricaturas más famosas: un inmenso gato de ojos acerados y bigotes imponentes que ostentaba sobre la cabeza un cubilete sembrado de estrellas. El animal ocupaba una especie de trono y, en torno a él, veinte ratones parados en las patas y cada uno con un papelito en las manos en ademán de leer sendos discursos. La leyenda era tan sencilla como elocuente: “¿Y quién le pone el cascabel al gato?”.

El dibujo causó sensación en un público ansioso de cosas nuevas en la política nacional e internacional. Pero lo mejor vino después, cuando el artista pasó la cuenta por su colaboración, dos o tres días más tarde. Decía el cobro: “El Espectador a Ricardo Rendón debe: valor de veinte ratones a peso cada uno, veinte pesos. Nota: el gato no tiene precio”. Esto dio motivo no solamente a los comentarios jocosos de don Gabriel Cano y Pacho Umaña, sino a que Barba Jacob escribiese una nota Día a Día bajo el título “El maestro Rendón pasa una cuenta”.

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