“Mejor morir por algo que vivir por nada”

Así recordó el “Señor de las moscas” el asesinato del abogado José Eduardo Umaña Mendoza.

Para escribir la saga de los Umaña tendríamos que comenzar por el abuelo. Y por el padre. El abuelo se llamaba José y era poeta. Amaba el amor sobre todas las cosas. Amaba a Bolívar y amaba a Francia. Este año son sus cien años.

Todavía recoge sus pasos por Boyacá y Lisboa.

El padre se llama Eduardo. Para hablar de él sería necesario hablar de la otra Colombia, la que no conocemos, vigorosa, transparente, profundamente humana.

Eduardo es maestro. Ha escrito 30 libros sobre el país, sobre la libertad, sobre la muerte, sobre la verdad y la vida.

El hijo se llamaba José Eduardo. Esta es su historia. Fue un infatigable ser siempre dispuesto a dar lo que fuera para buscar un mejor país. A algunas personas Colombia les pide todo. A José Eduardo Umaña, primero le pidió la vida. Dio la vida. Luego la felicidad. Dio la felicidad. Por último, le pidió su muerte. Sin pensarlo, le dio la muerte. Y lo hizo con amor, con entera alegría.

Los nietos se llaman Diana Marcela y Camilo Eduardo. Ya habrá quién hable de ellos dentro de unos años.

En la historia de José Eduardo está también la madre, Celina, y en la historia de Celina la música. Y un piano. En ese entonces ella amaba a Chopin y amaba a Eduardo. Como todos los seres humanos que se aman y que oyen a Chopin cogidos de la mano, se casaron. Pero eran pobres.

 Un día, cuando él estudiaba abogacía de claro a claro y volvía a estudiarla de turbio en turbio, cayeron en la cuenta de que tenían que pagar la renta y hacer mercado. Para que Eduardo pudiera llegar a ser lo que fue: un maestro de vida, vendieron el piano. Es posible que la sonata en Do sostenido mayor que nunca llegó a interpretar Celina, la doña Chely que todos respetamos, esté por ahí, en las palabras que escribe Eduardo, en las canciones de los nietos, en sus risas. Y, claro, en la mira que su hijo amado le dirige cada vez que ella le habla, cada vez que repasa su álbum, que mira sus fotografías. Rulfo escribió su profundo poema de la vida y la muerte para ella. Hablan la madre que ha muerto, y el hijo que se busca, roto, en Comala:

—¿No me oyes? —pregunté en voz baja.

Y su voz me respondió:

—¿Dónde estás?

—Estoy aquí en tu pueblo, junto a tu gente. ¿No me ves? Su voz parecía abarcarlo todo. Se perdía más allá de la tierra.

—No te veo.

El centro del espectáculo

José Eduardo Umaña Mendoza. Dos años después de su asesinato, todos lo vemos.

Lo ve su padre. Por aquel entonces José Eduardo tenía tres años y vivía con su familia en una casa de la calle 53 con carrera 16, donde se hablaba con insistencia del país, de su historia, de sus problemas. Un día, cuando estaban en esas, se oyó el grito de Celina:

El niño, ¿dónde está el niño?

Lo buscaron. Y estaba allá, en el antejardín, con el puño en alto, perorando sobre lo divino y lo humano. Al otro lado de la reja el policía de la esquina, las muchachas que iban a la compra, los transeúntes despistados. Oyéndolo. Contra la injusticia. Por la igualdad. Contra la violencia. Contra el hambre. Todos sonreídos pero boquiabiertos y de acuerdo.

Lo ve Germán, su hermano. “Esa noche me perdí en la bruma de mis sueños. Recordé entonces tu escapada de la casa el 10 de mayo de 1957 para celebrar la caída del general Rojas Pinilla. Tenías diez años. Te buscamos con Chelly hasta que te encontramos en la carrera séptima, enardecido, gritando abajos al dictador y envuelto en una bandera de Colombia”.

Lo ve Chelly, la madre. Fue siempre enamorado. Desde chiquito. Cuando tenía doce años perdió la cabeza por Yolima Pérez, que tenía 23. Y helo ahí, loco, detrás de ella, con un par de maracas para seguirle el ritmo a una mujer que estaba toda hecha de música y de rumba. (Yolima, la linda. De quien todos vivíamos perdidamente enamorados, mientras ella daba la vida por Collazos).

Lo ve, también, o lo vio, el pantalonudo Arroyave. José Eduardo Umaña fue el mejor centro foward que él tuvo en Millonarios. Porque amaba el fútbol. Y odiaba la aritmética. Y claro, todo el mundo puede equivocarse, era hincha de Millonarios.Y en esto del fútbol lo ve Germán Umaña.

“Recuerdo ahora un partido —le escribe después de muerto— entre San Bartolomé La Merced y el D’alzón. Gran encuentro, marcador empatado... ingresaste al área, eras el centro delantero, cometieron contra tí una falta leve, caíste (¿o te tiraste?) en plenas 18. El árbitro no pitó. Nuestro público enardecido pedía penalty y tú, acostado, retorciéndote de dolor. (¿Era verdadero?). Ingresaron las barras, se armó la debacle, se suspendió el partido, se intercambiaron puñetazos y patadas, los curas nos separaban, se había acabado el mundo. Solamente cuando todo estuvo aparentemente tranquilo, te levantaste cojeando, al borde del colapso pero con el rostro satisfecho de haber sido el centro del espectáculo.


Patacón pisao o pisado

Lo ve, otra vez, su padre. Era rebelde. No tragaba entero. No era ese insoportable “niño juicioso” que adoran todas las tías y las madres. Se burlaba de la metafísica y de los profesores metafísicos (belgas asuncionistas) que enseñaban filosofía en su colegio Emanuel D’alzón y que, sin embargo, lo entendieron. Era un insigne tomador de pelo, detestaba la solemnidad, se reía, era jubiloso. Quiso ser sociólogo de la Nacional, pero se arrepintió a las primeras de cambio. Pidió traslado a Derecho, cursó hasta cuarto, cuando Camilo Torres lo casó, con bendición apostólica, con Ana María Duffó, una de sus compañeras. Y tuvo que pasarse a la Libre por la noche.

Lo vemos todos. En 1970 se dedicó al estudio del modo de producción, del capital, de Marx, de Engels, de Mao.

Sobre todo de Mao. Los sábados descansaba... hablando de Mao. Y bailando, transportado (para que salga en rima) el Patacón pisao. O pisado.

Lo ve, quiero creer, Ana María. Era la época de los dogmatismos a ultranza, de las erupciones ideológicas, de la erisipelas programáticas. Él y ella formaban parte del círculo de estudios marxistas de la Nacional. Pero ella era mamerta de corazón y él maoísta de capa y sombrero. No importó entonces que ya hubiera nacido Diana Marcela. Ni que fueran felices. Ni que comieran perdices. Importó sí, que el camarada Stalin hubiera apoyado a Chiang Kai-shek en los momentos difíciles de “la larga marcha”. A nadie se le ocurriría dormir con el enemigo. Y se separaron.

El rastro de sangre

Lo ven, también, las organizaciones populares. Ahí está, siempre erguido, como defensor de los masacrados, de los perseguidos, de los humillados de todos los pelambres; como defensor, también en los consejos verbales de Anorí y del Socorro; como acusador en el genocidio del Palacio de Justicia y en nuestra interminable lista de masacres; como abogado que solicitó la exhumación de Gaitán; como fundador y guía, por espacio de 15 años, del Colectivo de Abogados Defensores, del que fue expulsado con su padre; como guardián del patrimonio público y contradictor de la privatización de la ETB; como defensor de los presos políticos; como abanderado de los derechos de los pueblos y de los derechos humanos; como amenazado sin dejarse mover un ápice de su familia, de su país, de su sitio preciso. “Más vale —dijo una vez— morir por algo que vivir por nada”. Así lo vemos todos, lo vimos, lo veremos.

A grandes rasgos, lo ven quienes lo quisieron, ahí está su grado postergado en Derecho (“No voy a entrar por esa puerta a la pequeña burguesía”), hasta que, frente a una amenaza del padre: “Se gradúa o se va”, tuvo que hacerlo; su amistad con los no reinsertados del Epl, su largo trabajo inicial con el Himat, luego en el Ministerio de Trabajo, más tarde en Prosocial, su vinculación a los asuntos esenciales: asesor de las Naciones Unidas para los refugiados en Colombia, miembro de la Organización Mundial contra la Tortura, representa de Colombia ante la Comisión de Derechos Humanos de la OEA, juez del Tribunal Permanente de los Pueblos, miembro de la Comisión de Investigación de atentados a periodistas; está también su pasión de fumador extremo; está su pobreza franciscana, que lo obligó a mantener durante largos años su oficina de abogado en su casa; su matrimonio con Patricia Hernández “por acosado amor” y su tierno y definitivo amor por ella y por su hijo; su deseo, entorpecido por si se sabe quién, y cuándo y cómo, de ser profesor de Derecho de la Nacional; sus cátedras en el Externado, en la Nacional, en la Santo Tomás, en la Incca; su entrada, en fin, por la puerta grande a la historia de este país de muertos.

Y, por último, hace dos años lo vio Germán, su hermano. Era sábado. “Se abrió la puerta —le escribió en su larga carta final y post mortem—, y encontré a mi mujer demudada. Sin ningún preámbulo me dijo: “Germán, mataron a José Eduardo”.

Recibí la noticia como un mazazo en la cabeza. No pregunté nada, ni cómo ni cuándo. Simplemente tomé de nuevo el ascensor y en la puerta de entrada le pedí al esposo de mi sobrina que manejara el carro hasta tu oficina... cuando llegué, encontré afuera a tu hija, a tu hijo, a nuestra sobrina, anegados en llanto. Tu mujer me abrió la puerta. Te busqué ansioso y te encontré sentado en la silla, frente al escritorio, la cabeza reclinada hacia la derecha... pude ver los agujeros de las balas en tu cabeza y el rastro de sangre. Tu cuerpo estaba tibio. En tu cara no se dibujaba el miedo, tu gesto era casi dulce, casi tierno. Ni siquiera había desafío en tu mirada. Después comprendí por qué: voluntariamente habías decidido descansar”.

Futuro no futuro

“El futuro le pertenece aunque no haya futuro”. Con esa frase —que parece escrita para este país y este hombre— cierra Henry Miller el prólogo a su estudio sobre Rimbaud. Futuro y no futuro. Sobre esa línea imprecisa nosotros escribimos la historia de cada día.

ESTÁ TAMBIÉN SU PASIÓN DE FUMADOR EXTREMO; ESTÁ SU POBREZA FRANCISCANA, QUE LO OBLIGÓ A MANTENER DURANTE LARGOS AÑOS SU OFICINA DE ABOGADO EN SU CASA.

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