Las llaves del periódico

Fragmento del libro publicado por el corresponsal de El Espectador en Medellín durante la época de Pablo Escobar.

Imágen de la redacción de El Espectador, tras la explosión de un camión bomba que fue activado por orden del capo.

“Trato de seguir a mis personajes sin entrometerme mientras los observo en situaciones reveladoras, anotando sus reacciones y las de los demás ante las de ellos. Intento integrar toda la escena, el diálogo y el talante, la tensión, el drama, el conflicto, y luego procuro plasmarlo todo desde el punto de vista de las personas sobre las que estoy tratando, revelando incluso, cuando sea posible, el pensamiento de estos individuos mientras los describo”.

Gay Talese

El Periodista cayó al suelo intimidado por el cañón del revólver que le restregaban en la frente. No sintió la aspereza del piso de ladrillo, un material en desuso que las dos ancianas, dueñas del local en donde se distribuía la prensa, se negaron a cambiar oponiéndose al inútil lujo de las baldosas. No tuvo tiempo para el miedo, todo, como suele ocurrir en estos casos, fue tan imprevisto y vertiginoso que, apenas habían transcurrido unos cuantos minutos desde que dejó a su madre en la puerta de la iglesia y ahora estaba allí tirado, con la muerte babeando sobre su cara. Tampoco sintió el peso del sicario que se le paró encima mientras le escupía el término “gonorrea” y lo amenazaba con el gatillo a punto de decidir la suerte mortal que estaba tras el “sí” o tras el “no”:

—Decí que ya no trabajás más para ese pasquín, que ya no tenés que ver con él, que estás por fuera. Es una orden del “Doctor”. El Espectador se va porque se va, y no queremos a nadie que tenga nada que ver con ese periódico de mierda. Confesá, o te vuelo la cabeza.

Ninguna sensación era tan contundente como el olor del tenis nuevo que le aplastaba la nariz. Extrañamente, no pensó en la siniestra situación en la cual se encontraba, le atormentaba más percibir que el pie nadaba en aquel calzado fino y costoso. “Una talla demasiado grande para un pie tan mediano —pensó el Periodista—, debió comprarlos porque le gustaban, pero no porque le sirvieran, a lo mejor en ese estilo no había de su talla”.

—¿Sí o no?— vociferó nuevamente el sicario. Y al oír el nombre de El Espectador, la imagen del imponente letrero del periódico que dominaba la carrera Bolívar, en los tiempos cuando iba a la universidad, le llegó como un anuncio de muerte. La última visión en su vida no era como esa multiplicidad de imágenes en las que el moribundo ve toda su existencia, sino la de un aviso de cinco metros de largo: ¡el anuncio más grande que tuviera periódico alguno en Medellín! Y en su mente ya no era eso tan siquiera. La agresión de la cual estaba siendo víctima lo reducía todo, y el letrero de El Espectador era ahora un simple adhesivo, de 5 por 2 cms, pegado tímidamente sobre una ventana en una casa de Prado Centro, sede en la cual el periódico debió refugiarse tras abandonar el edificio de la carrera Bolívar, después del asesinato en Bogotá de su director Guillermo Cano Isaza el 17 de diciembre de 1986.

Antes de la guerra de Pablo Escobar Gaviria contra El Espectador las distintas dependencias del periódico estaban distribuidas en los cinco pisos del edificio: la redacción, los servicios de despacho, la agencia de publicidad y la bodega. Pero sobre todo era el aviso lo que le daba ese aire de grandeza. El Periodista, cuando fue llamado a trabajar como redactor en El Espectador a mediados de 1988, se desconcertó porque no vio publicidad alguna que identificara al diario. Al recorrer la casa en el proceso de inducción, encontró en el patio trasero el enorme aviso abandonado a la intemperie, desvencijado, y con las letras devoradas por el tiempo.

Esa fue la sensación definitiva, la de sentirse como el agonizante aviso de El Espectador, justo en ese instante cuando estaba a punto de ser borrado para siempre por los dos sicarios que habían recibido la orden de asesinarlo si comprobaban que él todavía tenía vínculos con el periódico de la familia Cano.
Era este el fin, el plomo anidaría sobre su sien y ya no sería más el “Periodista”, nadie más en su pueblo natal le volvería a llamar así, y los obsesivos personajes de sus crónicas quedarían fulminados por el destello mortal del disparo.

Los gritos de las dos mujeres ancianas se impusieron sobre las amenazas de los sicarios. Eran voces familiares, las mismas que durante años le avisaban si ya había llegado o no la edición dominical de El Espectador, ese ejemplar que puntualmente buscaba para meterse al mundo del Magazín Dominical, suplemento literario del periódico. Desde el último año de bachillerato, y después, al ingresar a los estudios de Comunicación Social en la Universidad de Antioquia, el ritual de buscar el periódico en el tradicional local de las hermanas Mejía se convirtió en una grata costumbre.

Las dos mujeres tenían la distribución de la prensa desde que finalizó la época de la violencia política de los años cincuenta. Inicialmente, por lealtad al partido conservador, sólo vendían El Colombiano. Años después, cuando el Frente Nacional pregonó que liberales y conservadores podían turnarse en el poder, empezaron a vender El Correo, y al finalizar los años sesenta aceptaron distribuir El Espectador, porque un sacerdote les dijo que el periódico ya había sido perdonado por las herejías que en el pasado había lanzado contra la Iglesia católica. Las hermanas Mejía pasaban día tras día y año tras año, mientras la eternidad las traicionaba con una vejez sin amoríos, tejiendo escarpines y sacos de lana que exhibían en las vitrinas del almacén, y que ayudaban para sostener la agencia de periódicos.

Ese domingo, el último de octubre de 1989, fiel a su costumbre, el Periodista se acercó en busca de su ejemplar de El Espectador. De pronto sintió el ruido de una moto y luego el empujón de los dos adolescentes que cerraron la puerta metálica, lo derribaron al suelo y lo encañonaron sentenciando que le había llegado la hora por no acatar las órdenes del “Doctor”, quien había advertido que nadie en Medellín debería trabajar para El Espectador.

Su destino como periodista había empezado de alguna manera en aquella agencia, y allí mismo estaba a punto de acabar.

La simple experiencia conseguida con la organización de un periódico mural escolar, en la fiebre de su juventud; su afición por la lectura y por la novelística norteamericana; su pasión por escribir y la ilusión de ver su nombre en las letras de molde de una página impresa, fueron los primeros pasos de su vocación periodística; lo motivaba el deseo de ser crítico de la sociedad y ensayó sus destrezas narrativas en los referentes locales. Tenía fuerza, ganas de contar, de narrar, de escribir con soltura y libertad. Esos apuntes críticos tomaron cuerpo en un impreso pueblerino cuya edición se hacía en el sistema de tipos metálicos.

Aquella fue su primera incursión en la prensa, de la cual tuvo dos sentimientos opuestos: la alegría de verse publicado y la desilusión de ver el impreso manchado de tinta a causa de las técnicas rudimentarias de la edición. En ese primer periódico orquestó todas las funciones: reunió el grupo de colaboradores, escribió en diferentes tonos la mayor parte de los artículos que aparecieron sin su firma, lo promocionó entre los comerciantes y lo llevó a la agencia de las hermanas Mejía para que lo distribuyeran entre quienes compraban la prensa diaria. Las dos mujeres le hicieron un largo interrogatorio: si acaso no era comunista, si los políticos no se iban a molestar por la crítica a las obras de la variante de Caldas que llevaba construidos trece kilómetros en trece años. También le preguntaron que cuál era la gracia de hablar de una familia que hacía cerámicas, cosas como esas no interesaban a nadie, pero bueno, era cosa de él si creía que el periódico iba a despertar interés en el pueblo.

Una de las hermanas Mejía le recomendó que siguiera con lo de la carnicería —a eso se dedicaba para ayudarse en los estudios de periodismo— “porque no hay carniceros pobres”. En verdad ellas no sabían de ningún periodista rico, es más, no conocían periodista alguno, porque en el pueblo nadie hacía el oficio y aquello de un periódico local era demasiado raro para ellas, acostumbradas a vender la prensa nacional. Desde aquel día, las hermanas Mejía lo siguieron reconociendo como el “Periodista”, apelativo que cobró mayor sentido cuando entró a laborar en El Espectador, en Medellín. Paradójicamente, en ese mismo lugar que despertó sus sueños de trabajar en la prensa, estaba a punto de ser ejecutado como consecuencia de las amenazas de muerte contra el personal vinculado al periódico, ordenadas por Pablo Escobar, jefe del cartel de Medellín.

Esas amenazas se hicieron reales al mediodía del 10 de octubre de 1989. El Periodista escuchó asombrado la voz de un niño que, al otro lado de la línea telefónica, le anunciaba que al papá —Miguel Arturo Soler Leal, jefe de circulación de El Espectador en Medellín— le habían disparado en el camino a casa en el occidente de la ciudad. Apenas si había colgado cuando una segunda llamada le informó sobre el asesinato de Marta Luz López, gerente regional de El Espectador y encargada de la venta de publicidad. No quiso responder la tercera llamada... la insistencia del timbre obligó al jefe de redacción a atender el teléfono. La persona que llamó se identificó a nombre de Pablo Escobar, pidió que grabaran el mensaje y lo mandaran a Juan Guillermo y Fernando Cano, directores del periódico en Bogotá:

“Esta es una voz de alerta, y lo que digo es definitivo: no queremos volver a ver ese pasquín en Medellín; ustedes, los que quedan, tienen 3 días para desocupar, váyanse a trabajar al Tiempo, al Colombiano, al Mundo, o a otra empresa, pero El Espectador, por A o por B, y por orden del ‘Doctor’ tiene que dejar de circular en Medellín, no responderemos por las vidas de los que sigan ahí”.

El jefe de redacción se quedó inmóvil. Sin colgar el teléfono, le sobrevino un llanto nervioso que en cuestión de instantes lo sacó fuera de sí. La amenaza le reveló que estuvo a punto de ser víctima de su propia rutina. Religiosamente, cada mediodía, y por encima de cualquier urgencia o noticia extraordinaria, suspendía su trabajo para buscar el almuerzo. Se estaba preparando para salir cuando llegó al periódico la terrible noticia de la muerte de sus dos colegas. Los extras noticiosos que empezaron a pasarse por la radio confirmaron el asesinato selectivo de sus compañeros de El Espectador. Quizás, en alguno de los lugares que elegía para su rutina de almuerzo, los sicarios también lo estaban esperando.

La sede del periódico fue tomada por la policía y por los agentes secretos del Departamento Administrativo de Seguridad, DAS; llevaban instrucciones y órdenes precisas: “Tenemos información confidencial de que hoy tres personas de El Espectador serían asesinadas. Van dos, falta uno; así que nadie, ni la secretaria, ni el fotógrafo podrán salir hasta que nosotros organicemos cómo los vamos a sacar sin que corran riesgo sus vidas”. Eso dijo el sentencioso comandante encargado del operativo de protección de la casa de El Espectador.

Reporteros de todos los medios invadieron la sede del periódico, tomaban fotos, hacían preguntas, pasaban declaraciones por la radio y acompañaban la espera angustiosa del personal de El Espectador. El Periodista se sintió objeto de su propio oficio; ahora él era parte de una noticia con ese tinte de crónica roja que muchas veces le tocó abordar. Desde los primeros días de su vinculación al periódico se dio cuenta de que estaba trabajando en un medio amenazado: la intimidación telefónica, el anuncio de la bomba de cada día y el silencio mortuorio en las oficinas, le dieron a su trabajo una connotación peligrosa que él no esperaba. Pero a pesar de todo pudo sobrevivir y se inició en un periódico importante tal como lo había imaginado. Nunca se le ocurrió pensar que tanto él, como todos sus compañeros, llegarían a ser objeto de la persecución del cartel de la droga, desatada por las posiciones editoriales de El Espectador. Ahora estaba metido en el pantano y, según el dado de la azarosa suerte, podría ser el muerto número tres, pues según anunciaba la amenaza y la información obtenida por la policía, podía ser cualquiera de los empleados. Esperar, sólo esperar, era lo único por hacer. Al final de la tarde llegaron las instrucciones para trasladar a las casas a cada uno de los empleados.

La precipitada memoria de aquel terrible día, se disolvió porque una sensación más penetrante borró las imágenes. Una vez más, el olor a tenis nuevo caló hondo hasta sus entrañas y curiosamente intuyó, en su conciencia acosada, un detalle que le molestó: aquella prenda seguramente era el precio pagado por su muerte, el canje por su vida estaba invertido en un par de tenis; quizás, con el adelanto por aquel “trabajito”, el sicario compró ese calzado enorme que ahora pisoteaba su destino, esa era la moneda con la cual habían pagado su sentencia.

Una de las hermanas Mejía reaccionó con esa súplica que trae el miedo:

—Ese muchacho no trabaja allá, ese muchacho no es ningún periodista, es un carnicero del pueblo.

La otra anciana le hizo coro:

—Y es de muy buena familia.

El ruido de la moto se perdió raudo al doblar la esquina de la calle.


El Periodista fue cegado por el resplandor de luz que entró súbitamente al local. La puerta abierta lo devolvió al mundo y al rostro de las personas que lo mirábamos con curiosidad y pesar. Se sacudió un poco como por intuición y pasó una mano por la cara tratando de borrar el olor a caucho que aún sentía sobre la mejilla. Abandonó el local sin dar explicación alguna. Apenas si había dado unos pasos, cuando recordó algo. Se devolvió y entró a la agencia en donde las hermanas Mejía, asediadas por los curiosos, nos explicaban a su modo lo ocurrido.

—Señoritas —dijo el Periodista— creo que aún no me han entregado mi ejemplar de El Espectador.

*Correa S., Carlos Mario; Mejía T., Marco Antonio. Las llaves del periódico. Fondo Editorial Universidad Eafit, colección Testigos, Medellín, abril de 2008.