Retrato del artista de repente

Perfil de uno de los artistas jóvenes más prometedores del país.

Casi nadie conoce a Johan Barrios. Johan Barrios tiene la maldición o la bendición de no ser nadie, todavía. Subrayo el adverbio de tiempo: todavía. Pero si no ocurre nada extraño, alguien que no es profeta se atreve a hacer la siguiente profecía: llegará a ser un artista importante. En realidad ya lo es, aunque casi nadie lo sepa. Tiene todo el talento, la sensibilidad, la capacidad de trabajo, las ganas de hacer una obra sobresaliente. Y la va a hacer, la seguirá haciendo, si nada raro pasa. Por el momento sigue siendo un muchacho de Soledad, Atlántico, de 28 años recién cumplidos, hijo de un carpintero que por las noches, para descansar y ajustar el mercado, pintaba retratos y bodegones por encargo. No con óleos ni con pasteles ni con acrílicos: con el vinilo de pintar las paredes, porque no había plata para más.

Seis de sus once tíos, en Barranquilla, practicaban el mismo oficio, por diversión: en sus horas muertas pintaban. Ellos fueron los primeros maestros y críticos del niño que empezaba a dibujar. No iba a museos pues museos no hay en Soledad, Atlántico. Ni siquiera en Barranquilla hay una pinacoteca digna de ese nombre. Su primer museo fueron los corredores de la casa de sus abuelos. Ahí su abuela, Teresa Castro, le hacía una visita guiada por los cuadros de sus tíos y de su papá. Le explicaba el motivo, la técnica, las circunstancias, y se lamentaba de que ninguno de sus hijos hubiera llegado a ser un artista de verdad. ¿Tal vez el nieto sería capaz de sacar la cara y aprovechar un talento que en su familia se transmitía de generación en generación?

Los cuadros de su padre y de sus tíos no eran grandes obras. Desnudos de dudoso gusto, flores, paisajes, retratos convencionales. Cursilerías, si quieren, pero con buena técnica. Y todo empieza ahí, en la técnica. De Johan Barrios es lo primero que se admira: la habilidad total, que es mucho más que destreza: es maestría. Digan qué quieren que haga en pintura o en dibujo, él lo puede hacer como el mejor. El profesor de artes, en la escuela donde estudió, por Malambo, en la zona industrial de Barranquilla, le regaló una caja de pasteles. Y con ellos hizo sus primeros cuadros. Como los de sus tíos: imperfectos, estridentes, si quieren feos, kitsch, sentimentales… No importa: había que aprender. Y el padre, al ver lo fácil que aprendía, empezó a alejarlo más y más de la carpintería. Le cuidaba las manos, no se fuera a cercenar un dedo, como él. Celebraba sus dibujos, le insistía en que pintara, que podía ser un trabajo menos duro que el de carpintero, menos incierto y menos riesgoso.

Al salir del bachillerato, con el apoyo de toda la familia, Johan se atrevió: sin ser bohemio ni vago ni marica (eso era un artista para la gente de su barrio) se matriculó en Artes Plásticas e hizo siete semestres en la Universidad del Atlántico. Los profesores no eran muy buenos. Viejos prematuros y desencantados que no veían la hora de llegar a la edad de jubilación. Pero entre los compañeros sí había ilusiones. Con un amigo, Nadim Figueroa (hoy artista, también) decidieron pedir traslado a la Universidad de Antioquia. El ambiente de Medellín era menos cerrado, más rico, más inquieto. Los profesores hacían exposiciones, sus obras se vendían en galerías, no estaban simplemente esperando la pensión.

En Medellín compartían una pieza en uno de los barrios más humildes de la ciudad, el 12 de Octubre. Con Figueroa era tan amigo que hasta comían del mismo plato. Pero ni así le alcanzaba. Lo poco que podía ganar en pequeños trabajos de artista (hizo incluso murales de políticos, con retrato, en tiempo de elecciones y en paredes prohibidas) no era suficiente para sobrevivir. La idea no era que su padre, el carpintero, le ayudara. La idea era la contraria: mandar plata a Barranquilla desde Medellín, para ayudar allá. Imposible. Al fin, un semestre, no pudo pagar la matrícula porque ni siquiera había para comer. Durante dos años se vio obligado a dejar la Universidad. Y, mientras tanto, empezó a sobrevivir de vender lo único que sabía hacer: dibujos y pinturas.

Hizo retratos del vivo, en carboncillo, en la feria de San Alejo; pintó paisajes, retratos y bodegones por encargo; trató de complacer el gusto comercial y decadente de mueblerías y galerías de segunda clase. Le tocó venderse, para comer, y sus viejos compañeros de la Universidad lo despreciaron: consideraban que había dejado el arte y se había prostituido. En esta búsqueda por necesidad, dio al fin con un intermediario que sabía hacer negocios al por mayor. Se llamaba Juan Carlos Rondón y le indicó cómo hacer bien lo que estaba de moda en las tiendas de decoración. Rondón tenía los clientes; Barrios el talento y la rapidez para producir “arte original” en serie. Era capaz de hacer cinco cuadros abstractos en un mismo día. Le llegaron a encargar hasta doscientos, por colores. En dos meses estaban listos.

Gracias a su facilidad, Johan Barrios empieza a vivir mejor. Su familia también. Se trae a su papá de Barranquilla, para que el carpintero produzca los bastidores del arte en serie. El carpintero y el pintor necesitan un ayudante y su hermano menor desembarca también en Medellín. Como no pueden dejar sola a la mamá, doña Denis, esta se viene con ellos, cocina, y además abre una peluquería. Cuando los conocí vivían en una casa grande partida así: en el garaje la peluquería de la mamá; en el primer piso la carpintería del papá, con su anexo de bastidores al fondo. En la sala, la exhibición de cuadros comerciales del hermano, Yoris, que también se dedicó a la pintura por encargo. En el segundo piso, los dormitorios y el taller de Johan, que para esa época ya no pintaba lo que le encargaban, sino lo que quería: maravillas.


 

Un día, harto de sus pinturas abstractas en serie –pero agradecido con Rondón porque le había dado una manera de comer con honradez, además de buenas pistas para manejar los colores al óleo, sin nada figurativo– introdujo en una de ellas a su padre como brotando del fondo abstracto: lo puso ahí, con hilos de trabajo, con baldes, con poncheras, mirando a la pared, el cuerpo a veces incompleto. Y también al hermano, viendo televisión, con su cara iluminada por las luces coloridas de la pantalla. En medio del trabajo repetitivo, de cadena de montaje, el arte, de repente, regresó. Y ya nunca se volverá a ir. En sus cuadros por encargo, de pronto, brotó una verdad: era él, Johan, en el futuro, hablando consigo mismo. Porque el padre de Johan, Wilman Barrios, es como un clon del hijo, aunque con 25 años más. Pintar a su padre era como pintar su autorretrato, pero en el futuro.

¿Es una vergüenza hacer un arte repetitivo y comercial para vivir, más aún, para comer simplemente? No. Es un oficio honrado. ¿Es arte? No, es un trabajo repetitivo, soso y sin creatividad. Pero si alguien es un artista verdadero, y Johan Barrios lo es, la creatividad y las ganas de hacer algo personal y novedoso se imponen. El arte regresa de repente, cuando menos se lo espera. Así le ocurrió a Barrios. En medio del más aburrido arte mercenario surgió su primer proyecto serio: “Múltiplo común”. Un solo personaje, el padre, se multiplica. Habla solo, trabaja con las manos, muestra su cara humilde, la seriedad de su empeño por hacer algo útil. Las imágenes que surgen, de un fondo oscuro, son intrigantes y conmovedoras. Alguien, muy colombiano, lucha por la vida y habla consigo mismo. Johan lo hacía vestir con sus mejores galas, el vestido dominguero: camisa blanca y pantalones negros. Y así está en todos los cuadros, el mismo Johan un poco más viejo: haciendo cosas para sobrevivir. Pidiendo limosna, incluso, o así lo parece.

A partir de ahí deja el arte en serie, el arte comercial, los cinco cuadros diarios para ganarse la vida. Vuelve a la universidad. Expone, dibuja sin parar. Pero sus compañeros y profesores recelan de él: volvió el artista vendido, volvió el que se prostituyó en los parques, con políticos, o haciendo cuadros de gusto mafioso: colorines, pinturas abstractas en serie, para hoteles. No importa. Johan Barrios sabía y sabe lo que vale. Algunos de sus profesores, Fredy Serna, Ana Vélez, Carlos Galeano, admiran su talento, se sorprenden con sus hallazgos, lo apoyan.

Vino otra serie, estupenda, que le abrió las puertas de una galería en Zurich. Son apropiaciones del arte contemporáneo. ¿Qué han estado haciendo y vendiendo los más famosos artistas de los siglos XX y XXI? Johan los mira con distancia, cariño e ironía al mismo tiempo. Si Joseph Beuys hace un happening en que se envuelve con trapos y se rodea de lobos, lo dibuja así, pero con un letrero. O hace un mural con comentarios sobre los círculos de colores de Hirst. Y pinta a Jackson Pollock dedicado a su action painting. Dibuja la gran intervención de Doris Salcedo en la Tate Modern Gallery de Londres, con espectadores que se asoman al abismo, y cose con hilo rojo su grieta perfectamente dibujada. ¿Damien Hirst vende por millones de dólares sus grandes peceras con vacas y tiburones muertos? Johan los dibuja, minuciosamente, con los espectadores atónitos que se preguntan si eso sigue siendo arte. ¿Qué es el arte? ¿Cuánto cuesta y cuánto vale? ¿Por qué un tiburón disecado y flotando en un acuario de formol cuesta 12 millones de dólares? Alguien que ha sido artista en serie se lo puede preguntar con distancia. Y sonreír con nosotros. ¿Quién quiere tener un Hirst que no se pudra?

No sabemos qué vendrá, pero Johan Barrios puede hacer con sus manos y pinceles, con sus carboncillos y lápices, con su óleo y sus acrílicos, lo que quiera, todo lo que se le ocurra. Su técnica es perfecta. Su mirada es curiosa. Su gusto se ha vuelto sofisticado. Su personalidad es serena y laboriosa. No es un bohemio, no es un ególatra. Es un artista sensible que puede mirar al futuro con confianza. Ya no se morirá de hambre; ya no tendrá que dedicarse al arte mercenario aunque su padre le siga haciendo los bastidores, cada vez más grandes. Con sus manos y su esfuerzo se ha abierto un espacio en este mundo tan raro y tan difícil que es el arte contemporáneo. Miren sus obras, estúdienlas: es magnífico. Llegará muy lejos. Alguien que no es profeta lo profetiza.

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