La galerista del bajo Manhattan

La colombiana Cristina Grajales es una de las consultoras de arte decorativo más respetadas de Nueva York.

La colombiana Cristina Grajales es una de las consultoras de arte decorativo más respetadas de Nueva York.

Su galería es punto obligado de artistas y coleccionistas, y su casa de campo fue declarada la mejor de Estados Unidos en 2008. Trabajó con Tony De Lorenzo y acaba de intervenir el vestíbulo del nuevo edificio del arquitecto Richard Meier en Manhattan. Perfil.

El barrio de Soho es una frontera imaginaria que separa el mundo frenético de los banqueros de Wall Street de la pausada y refinada vida de los millonarios del alto Manhattan. Es una particular zona franca donde el glamur se confunde con lo hippie, donde las modelos que acaparan las portadas de Vogue caminan presurosas entre artistas nómadas que bailan capoeira a cambio de algunas monedas.

Cristina Grajales es una pereirana de pelo corto y risa fácil que camina por Soho con la naturalidad que tienen aquellos que siempre han pertenecido a un mismo lugar. Camina bajo el incipiente sol de la primavera mientras señala con la mano algunas de las galerías y museos que se esconden detrás de las fachadas de ladrillo y las escaleras metálicas que pululan por el lugar.

Mientras camina describe su vida como una larga crónica poblada de pequeñas e inolvidables historias. La mujer que esta mañana lleva puesta una camiseta con el rostro del presidente Barack Obama y que los meseros del restaurante saludan en español es, según la crítica especializada de la ciudad, una de las consultoras de arte decorativo más influyentes del mundo. Su galería, ubicada en el cuarto piso de un loft de la calle Greene, es hogar de artistas, arquitectos, músicos, actores y, sobre todo, millonarios dispuestos a pagar por lo que ella les diga qué deben comprar.

El camino que llevó a esta sofisticada mujer a la cumbre del cerrado mundo del arte se inició hace treinta años en el inhóspito estado de Maine, Estados Unidos, adonde aterrizó cuando apenas tenía quince años. Llegó a esta ciudad por una sencilla razón: “En la aplicación del intercambio estudiantil puse que quería conocer la nieve”. En este rincón del extremo norte del país terminó el bachillerato y se tituló como comunicadora. Pero la historia no es así de lineal.

Después del colegio viajó al este de Europa para estudiar Medicina en la hostil Rumania de Nicolae Ceaucescu. Dice que lo hizo por rebeldía y para descubrir por sí misma el mundo que se escondía detrás de la Cortina de Hierro. “Viajé a Rumania siendo todavía una niña. Era un país encantador pero muy difícil, cerrado al mundo, con muchas carencias y persecuciones políticas. Allí conocí lo que es una vida triste”.

Dos años bastaron para que Rumania y la Medicina fueran capítulos superados en su vida. Regresó a Estados Unidos para convertirse en comunicadora y probar suerte en Nueva York. Recuerda entre risas que su primer trabajo en la Gran Manzana fue como traductora en la Corte Suprema de Justicia de Manhattan. “Mi vida entre los abogados duró poco. Por esos días conocí a una pareja de colombianos propietarios de una pequeña galería de muebles y objetos decorativos del siglo XX. Empecé a trabajar con ellos los fines de semana pero después me propusieron quedarme de tiempo completo. Así fue como empecé”.

Su siguiente trabajó fue con Tony de Lorenzo, amigo y propietario de una de las galerías más reconocidas de Madison Avenue, vecina al Central Park. De Lorenzo Gallery es el hogar de la colección Art Deco más importante del mundo y pionera en piezas de maestros del modernismo como Le Corbusier y Jean Prouvé. “A los pocos días de estar allí le dije que no me sentía cómoda en ese lugar tan elegante y estricto. Le pedí que me mandara para abajo, a Soho, donde la movida del arte era más dinámica y relajada. Me puso al frente de una galería en la calle LaFayette que ocupaba un loft de 3.000 m2. Trabajé allí por diez años, convenciendo a los nuevos clientes que una silla de Jean Prouvé podía valer 1.000 dólares –hace veinte años–, cuando en esa época no había más de dos libros sobre las obras de este diseñador francés. Ahora, con toda la información e influencia de los medios, una silla de Prouvé puede costar hasta cien mil dólares”.

Laboratorio de ideas

Cristina Grajales Inc. es un espacio rectangular y minimalista, con ventanas amplias que rozan el techo y pisos de madera recia pintados de gris. La galería, que a primera vista podría confundirse con el estudio de un pintor o el taller de un diseñador de alta costura, acoge esta primavera la obra del chileno Sebastián Errázuriz, un atrevido artista que hace un par de años sembró un árbol en el centro de la cancha del estadio Nacional de Santiago para celebrar un partido de fútbol en memoria de los desaparecidos de la dictadura de Augusto Pinochet.

Las obras que Sebastián presenta en Nueva York mantienen la creatividad y la provocación que lo caracterizan: un ataúd con el motor de una lancha en la popa, un maniquí vestido con guantes de látex, una lámpara de mesa que sale de un pato disecado, un comedor apoyado sobre un árbol pintado de negro... La exposición fue un éxito desde la apertura y recibió los mejores comentarios por parte de la despiadada crítica de arte de la ciudad.

Mientras hace un recorrido por las obras de Sebastián, Cristina explica el origen del boom que hoy se vive por las artes decorativas en el mundo. “Sucedió que la arquitectura y el diseño dejaron de pertenecer a unas élites educadas”. Esa democratización la vio por primera vez durante la Feria del Mueble de Milán de 1998, cuando la prensa aclamó a diseñadores como Philippe Starck, Marc Newton y Ron Arad. En ese mismo escenario, Frank Gehry y Rem Koolhaas empezaban a encarnar lo que hoy se conoce como el star system de la arquitectura mundial. “En esa feria comprendí que si los noventa habían sido para los grandes diseñadores de moda, los primeros años del nuevo milenio serían para los arquitectos y diseñadores industriales”. No se equivocó.

Bajo este dinámico y mediático escenario, Cristina se lanzó a recorrer su propio camino. Inauguró su galería de Soho en 2001, meses antes del atentado de las Torres Gemelas. La concibió como un espacio de colección de piezas decorativas del siglo XX, en donde se desempeñaba como curadora y consultora de colecciones privadas. “Pero los clientes me pedían que no los dejara solos después de entregar los muebles; querían que los aconsejara en el montaje de las colecciones. Recuerdo que por esos días salieron publicados varios artículos de prensa que narraban los abusos y especulaciones que los decoradores hacían con estas piezas. Entonces tomé la decisión de convertirme en una consejera de artes decorativas. Ahora que lo pienso, se podría decir que fui yo quien inventó esta profesión en Nueva York”.


La galería extendió con rapidez su radio de acción. Incursionó en campos como el diseño interior con una casa de campo de 4.000 m2 ubicada en un viñedo de California. Para ese encargo, Cristina contrató al director de cine de culto David Lynch, quien diseñó una línea exclusiva de muebles inspirados en la estética de Hollywood.

En la actualidad se apresta a intervenir el vestíbulo del nuevo edificio del célebre arquitecto Richard Meier, ubicado al oeste de Manhattan. “Es muy difícil sorprender en Nueva York. Pero en esta oportunidad lo logramos con una propuesta decorativa que incluye un tapete de aluminio de gran formato diseñado por la firma colombiana Hechizoo, al que ella representa en el mundo. Richard Meier quedó muy a gusto con el look que va a tener su edificio”.

Frente a la pregunta de rigor sobre el efecto de la crisis financiera mundial en el negocio del arte decorativo, Cristina dice que las galerías más “estrictas y solemnes” son las que tendrán problemas para sobrevivir. Afirma que a su galería siempre le ha ido bien por su flexibilidad y capacidad de sorpresa. “Creo que eso se debe en parte a mi condición de latina, a esa creatividad natural que desarrollamos por nuestras limitaciones”.

Para ilustrar su argumento pone como ejemplo a las tres jóvenes que conforman su equipo de trabajo. “Son mujeres educadas en artes en las mejores universidades del mundo, pero dispuestas a adaptarse a las circunstancias. Hay veces que hasta nos toca diseñar las invitaciones de las exhibiciones porque no tenemos publicistas ni organizadores de eventos. Siempre recalco la importancia de saber hacerlo todo, porque en tiempos como este sabemos cómo sobrevivir”.

La casa del bosque

El río Hudson transita por entre un bosque tupido que apenas despierta a la primavera. Dos horas de camino por una autopista que parte desde el norte de Manhattan y conduce hacia un paisaje de postal que asusta por la soledad del camino y el extraño parecido que tienen las construcciones, como si todas ellas hubiesen sido calcadas de una misma revista de chalets americanos.

La casa de campo de Cristina, ubicada en Salt Point, rompe con el molde estético del lugar. El arquitecto Thomas Phifer diseñó la vivienda inspirado en un contenedor de madera recubierto con una piel de acero que filtra la luz a través de pequeñas perforaciones. A principios de año, el Instituto de Arquitectos Americanos (AIA por su sigla en inglés) escogió este proyecto como la mejor casa de campo de los Estados Unidos en 2008.

A Cristina se le ve más feliz cuando camina por el bosque o se sienta a tomar el sol en una silla de madera ubicada frente al lago de su casa. Bajo el sonido arrullador de una cascada cercana, habla de su otra pasión: la naturaleza. Dice que la responsable de convertirla en una enamorada de los bosques y los animales fue Billie, una perrita de pelos rebeldes que adoptó hace diez años después de ver su foto en la sección de animales abandonados de un periódico de Nueva Jersey.

La conversación salta sin orden aparente entre el paisaje y el arte. Cristina toma su tiempo para pensar y encontrar las palabras precisas que le permitan definir su trabajo: “Un galerista es como un buen editor: debe escuchar a los artistas, entender lo que proponen y después decir cuándo funcionan o no sus ideas. A las personas con las que trabajo las empujo porque sé hasta dónde pueden llegar. No creo en las mentes creativas iluminadas por la inspiración sino formadas por el rigor. Además, soy una mujer exigente y en mi vocabulario no existe la palabra: no”.

Bajo su tutoría se encuentra un selecto grupo de artistas y diseñadores provenientes de diferentes nacionalidades y disciplinas. Entre ellos se cuentan diseñadores de textiles y mobiliario, artistas plásticos y de grafitis, joyeros y escultores. “Después de analizar la obra y la trayectoria de los artistas, tomo la decisión de representarlos o no. Es una relación muy intuitiva: si no siento una electricidad que pasa por mis venas apenas veo sus obras, no puedo trabajar con ellos”.

En este punto se detiene para hablar de Hechizoo, la empresa de textiles dirigida por el bogotano Jorge Lizarazo. Gracias a la creatividad del diseño, la calidad de los productos y al empuje de Cristina Grajales, Hechizoo se convirtió en un fenómeno que capturó la atención de firmas como Chanel, Louis Vuitton, Gucci, Fendi, Dior y Tom Ford, por sólo mencionar algunas de las marcas que hoy exhiben estos textiles en sus vitrinas. “Creo en la educación de los clientes. Mi trabajo es brindar la oportunidad de combinar un sofá clásico de 500.000 dólares con un tapete de aluminio hecho a mano por unas mujeres colombianas”. También hacen parte del grupo de diseñadores de la galería las firmas colombianas Poulowi (joyería) y Alexandra Agudelo (platería).

El sol rojizo del ocaso se cuela entre los árboles creando un juego de luces y sombras que aumentan la belleza dramática del lugar. Es hora de ir al pueblo por comida, pero antes Cristina Grajales cuenta una anécdota que ilustra la importancia de mantener el buen humor en estos días de crisis financiera mundial: “Hace poco me llamó un arquitecto muy importante que necesitaba comprar para un cliente una pieza de mi galería. Estábamos trabajando en eso cuando volvió a llamar para cancelar la orden debido a la crisis económica. Sin embargo, al día siguiente llegó el mensajero del arquitecto con un cheque por 60.000 dólares. Yo lo llamé para preguntarle lo que estaba sucediendo y él me respondió riéndose: ‘Es lo que pasa en el mundo por estos días. Los millonarios se levantan asustados por lo que leen en el periódico, pero en la tarde ya todo se les olvida’ ”.