El universo de Julio Larraz

Autodidacta y enamorado de su oficio, el artista cubano hace un repaso de su vida y de su obra.

Como uno de los pintores contemporáneos más importantes de América Latina, Julio Larraz ha creado una obra inconfundible que es apetecida por museos, galeristas y coleccionistas privados.

Como muy pocas veces, Julio Larraz decide salir tres horas antes de lo acostumbrado de su estudio de pintura en Miami. Lo espero antes de lo convenido en su residencia de Coral Gables, una amplia casa de 1924 en la que vive desde hace algunos años. De las paredes de la sala cuelgan varias de sus obras y sobre las mesas descansan unos cuantos ángeles. Son las cuatro de la tarde y el portón principal se abre. Llega conduciendo su Aston Martin Vantage de 8 cilindros. Viste jeans, tenis y una camisa de cuadros. Tiene 65 años, pero parece de menos. Puede que sea su rutina de pesas, de nado, el navegar en su bote los fines de semana o la vitalidad que le transmite la pintura lo que lo hace ver más joven.

Se sirve un ron para refrescarse y se acomoda en un sofá. Le pregunto por qué tiene tantos ángeles. “Mi mujer los colecciona, debe ser que yo soy un diablo”, dice y se echa a reír. “Vienen de muchos países latinoamericanos. A ella le encantan las antigüedades, seguro por eso me escogió a mí”.

Aunque no es un hombre público, Larraz es uno de los grandes maestros del arte latinoamericano de los últimos 40 años. Su obra le ha dado la vuelta al mundo y sus pinturas, llenas de elementos simbólicos, captan desde episodios relacionados con la mitología hasta paisajes caribeños con un sello único.

Aunque ha vivido en varias ciudades alrededor del mundo, decidió instalarse en Miami. Sé que lo ha hecho por su familia y aún así le pregunto si una ciudad como esta es el lugar indicado para un artista como él. “El lugar es lo de menos. Yo viví en San Patricio, Nuevo México, en el culo del mundo, a 35 millas de la ciudad más cercana, donde no había absolutamente nada y ahí produje una cantidad de pinturas fantásticas. He vivido en Nueva York, Washington, París, en Florencia y he llegado a la conclusión de que no importa dónde vivas, la obra siempre se cocina dentro de tu cabeza, que es de donde finalmente viene todo”, señala.

Larraz nació en Cuba en 1944 y fue el primero de tres hermanos. Su padre, Julio César Fernández, era un hombre influyente en la isla. Poseía una de las bibliotecas privadas más grandes del país con miles de volúmenes sobre historia, filosofía, literatura y pintura. También era dueño del periódico La Discusión. “Él siempre tuvo un periódico andando, si no rentaba o vendía la maquinaria para producirlos; esa era su vida”, rememora Larraz. “Lo recuerdo como un maverick, como un tipo que no siempre estaba con el gobierno y al que le gustaba la crítica política como una forma de lograr el balance que no teníamos. Siempre pensó que había una necesidad pero también una posibilidad. Era una combinación de un hombre de negocios y un periodista de corazón con un gran sentir por la justicia. En algún momento, incluso, llegó a creer en el gobierno de Fidel Castro hasta que se dio cuenta de la realidad. Poco después le comunicó a mi madre (Ema Larraz Sorondo) que nos íbamos a Estados Unidos. Era 1961”.

Para muchos críticos de arte, Cuba y sus recuerdos han influenciado su obra. Larraz no suena tan convencido y explica parte de la esencia de su trabajo: “Es curioso que la gente piense que uno sigue enamorado de la Cuba antigua. No es así. Ni de la antigua, ni de la moderna, ni de nada; yo salí de Cuba cuando tenía 16 años. Llevo más tiempo en el exilio que en la isla y posiblemente no regrese. Mi padre le dijo al ex presidente Carlos Prío Socarrás, acá en el exilio, delante de mí, en los años 60, ‘allá no volveremos, eso es un régimen de por lo menos 40 años’, y se echó a reír. Sus cálculos no estaban tan mal”.

Lo que a mí me interesa, explica Larraz, es el trópico; el trópico de Graham Greene. “Es otra cosa completamente diferente, no es Cuba. Puse el nombre de ‘En Cuba’ a una de mis pinturas pero no es más que una ventana mirando a un mar que me recuerda algo que yo vi, que viví; pero yo no tengo ni añoranzas, ni sentimentalismos ni nada de eso”.

Si no hubiese salido de Cuba, le pregunto, ¿a qué cree que se hubiera dedicado.? “Estoy absolutamente seguro de que sería marxista leninista”, y suelta una carcajada. “Eso se llama adaptación”.

En caricatura

Antes de dedicarse a la pintura, Larraz se ganaba la vida como caricaturista. “Siempre me gustó, así me vengaba de los profesores y de los curas en Cuba. Las hacía muy rápido y las pegaba por todo el colegio. Es algo que me acompaña desde la niñez y todavía como que se mete dentro de la pintura. Es tan importante que logró influenciar buena parte del arte del siglo XX y no dudo que es un arma mucho más poderosa que la pintura, como decía Picasso. Es mortal: la gente la ve, se identifica, lo niega, pero siempre sabe que ahí está representada”.


En Nueva York sus caricaturas políticas fueron tan reconocidas que incluso el New York Times, que nunca había utilizado caricaturas propias, lo contrató. Después vinieron el Washington Post, el Chicago Tribune y la revista Vogue. “Eso debió haber sido entre 1968 y 1970, pero después me aburrí de hacerlas. Cuando Nixon se retiró yo también pensé que era momento de hacerlo –dice bromeando– y dedicarme a la pintura, que me apasionaba”.

Larraz nunca contó con el dinero suficiente para asistir a una escuela de arte, así que tuvo que aprender solo. Fue el estadounidense Burt Silverman y un grupo de pintores mayores quienes le enseñaron la técnica. El ser un artista autodidacta hace de la suya una obra más valiosa y a él un artista más respetuoso por la historia de la pintura y sin límites imaginativos.

“La imaginación es algo poderoso, insondable, casi indomable y una de las cosas más importantes que hay en las artes. Daniel Lemaitre, un gran amigo de Cartagena, y a quien extraño muchísimo, me contó que un día Alejandro Obregón le dijo que la gente pensaba que los toreros eran personas de un valor extraordinario porque nunca han entrado un lunes por la mañana a empezar un cuadro frente a un enorme lienzo blanco. Yo he estado amedrentado delante de un lienzo pero soy un hombre muy terco y me paralizo enfrente hasta que lo resuelva. Lo curioso es que mientras más lo miras, más desarrollas la imaginación. Lo que yo veo son figuras en la mente y después las proyecto”.

Larraz dice que pese a que tuvo una suerte extraordinaria y vendió todas sus pinturas, recuerda vagamente su primera exposición porque estaba “muerto de miedo”. “Sucedió en Washington, hacia 1970, y era una exhibición conjunta con Wilfredo Lam; fue un gran honor pero estaba aterrorizado”, dice mientras enseña el catálogo de su última muestra, que le tardó dos años y estuvo expuesta hasta el 6 de junio pasado en la Galería Marlborough, de Nueva York.

Su obra, en constante evolución, nunca se podrá divorciar de lo que era la pintura a principios del siglo pasado y está caracterizada por la soledad, la misma de la que dice tener mucho miedo. “Me aterroriza. Es un animal común en un país como este y la puedes encontrar desde en el medio de Manhattan, junto a ocho millones de personas, hasta en la pintura de Edward Hopper”.

Para algunos sus pinturas también cargan algo de misterio. “Es posible. Yo no le niego nada a nadie, pero tampoco hago cuentos sobre lo que pinto, nada es premeditado. Al final es un mundo de sueños, es otra dimensión, aunque no quiero que parezca que la pintura es algo que está desprovisto de un amor especial”, expresa el artista.

Larraz también se ha divertido haciendo esculturas. Desde las que creaba hace décadas moldeadas en plastilina y que reflejaban sus caricaturas, hasta las más grandes que dejó su paso por Pietrasanta. “Me encantan, pero no las he vuelto a hacer porque el proceso es muy largo. Cuando se logran terminar se te olvida de qué se trataba la cosa”.

Camino al estudio

Julio Larraz acepta abrir las puertas de su estudio. Está a unos 15 minutos de su casa y pocos han estado en él. Trabaja completamente solo para evitar distraerse y poder entrar, como dice, en otra dimensión acompañado de la pintura, lo que califica como un beneficio extraordinario. El espacio le ha quedado chico y está construyendo uno nuevo justo al lado para tenerlo –asegura– más ordenado. Está terminando su última obra y sobre las mesas hay una gran variedad de paletas. “Como nunca tuve una educación formal, la paleta es un desastre. Utilizo cuatro o cinco al mismo tiempo. Nunca supe cómo hacer esas paletas elegantes de madera. Lo mismo pasa con la cantidad de cacharros muy poco elegantes que uso, por eso no invito a nadie al estudio”.

Asegura que el domingo es uno de sus días más felices porque el lunes regresará a pintar. “El problema es que cuando me pongo a pintar se me olvida que existo; de pronto miro el reloj deseando estirar el tiempo para que me alcance más”. Larraz se despide, decide quedarse en su estudio y antes de cerrar la puerta dice: “Este es mi gran amor, ojalá que la próxima vida me la dieran igual”.

Temas relacionados

 

últimas noticias