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El talento que la IA no puede ver

La inteligencia artificial no amenaza primero al trabajador que puede aprender. Amenaza al que nadie puede encontrar.

14 de septiembre de 2026 - 06:30 a. m.
César Suárez, cofundador de Xertify, plantea la necesidad de hacer visible y verificable el talento colombiano ante los nuevos desafíos de la inteligencia artificial.
Foto: Cortesía - Cortesía
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Hay una pregunta que rara vez hacemos cuando hablamos de inteligencia artificial y empleo: ¿a quién puede encontrar la IA? No hablo de quién será reemplazado. Hablo de quién será visto.

Porque la IA no descubre talento en el vacío. Trabaja con lo que puede leer, verificar y conectar. Y Colombia tiene un problema estructural que la era de la IA acaba de volver urgente: tenemos demasiado talento invisible.

Hablo desde la experiencia directa. En 2015, mi hermano Danny se encontró con este obstáculo mientras reunía documentos para estudiar en Australia: buscó el diploma, pidió una constancia, esperó una firma. Del otro lado, alguien intentaba verificarlo. El conocimiento estaba en una cabeza. La prueba, en otra oficina. De esa frustración nació Xertify. Al principio verificábamos información manualmente. Llamábamos, preguntábamos, esperábamos. Hasta que entendimos que el problema no se resolvía haciendo más llamadas. La prueba tenía que nacer de otra manera.

Once años después, trabajamos con instituciones como la Pontificia Universidad Javeriana, Universidad EIA,  la Universidad del Quindío, EAFIT, la Institución Universitaria de Barranquilla, la ICESI y la Universidad de los Andes, y hemos emitido millones de credenciales y aprendido, institución por institución, que la confianza exige mucho más que un buen diseño. Lo que vemos todos los días confirma lo que los datos nacionales ya muestran: Colombia no carece de talento. Lo que tenemos es demasiado talento invisible, mal ubicado o desaprovechado. Hay jóvenes que estudiaron y no logran entrar al mercado laboral. Trabajadores que aprendieron durante veinte años sin una manera clara de demostrarlo. Personas brillantes en Cúcuta (mi ciudad), en Tumaco, en Quibdó, donde las empresas no saben encontrarlas. Y empresas que buscan capacidades que sí existen, pero que están escondidas detrás de hojas de vida en PDF, diplomas en papel y sistemas que no hablan entre sí.

Eso no es un problema de talento. Es un problema de infraestructura.

Lo que los números revelan

Las cifras muestran una paradoja incómoda. El desempleo nacional ha mejorado, pero entre marzo y mayo de 2026 la desocupación juvenil todavía fue de 15,3 %. La informalidad sigue siendo uno de los grandes límites para convertir el trabajo en progreso sostenido. No podemos conformarnos con que una persona esté ocupada; debemos preguntarnos si está desarrollando capacidades, aumentando su productividad y construyendo una trayectoria que le permita vivir mejor.

A este problema se suma el peso de la desconfianza. En febrero de 2025, la Secretaría de Educación de Bogotá informó que había identificado 17 casos de presunta falsedad durante la validación de documentos para proveer vacantes docentes en 2024. La misma entidad advirtió que esos casos no justifican desacreditar a los docentes del Distrito, distinción que importa: mejores controles deben proteger a quienes cumplen, no convertir a todos en sospechosos. Pero el señalamiento revela algo más amplio: cuando la verificación es manual, lenta y costosa, tanto el fraude como la honestidad quedan atrapados en el mismo laberinto.

Y hay un costo menos visible. Cuando una oficina debe buscar un registro, confirmar una firma, contestar un correo y volver a expedir el mismo soporte, consume tiempo. Cuando ese trabajo se repite en cada postulación, lo pagan la institución, el empleador y la persona. La productividad también se juega en esas tareas pequeñas que nadie suele poner en el centro del debate.

La transformación tecnológica agrava la urgencia. El Foro Económico Mundial estima que el 39 % de las habilidades actuales cambiará o quedará desactualizado antes de 2030. Si la fuerza laboral mundial fuera cien personas, 59 necesitarían procesos de formación, actualización o reconversión. El aprendizaje permanente dejó de ser una idea bonita. Ya es infraestructura económica.

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La vieja secuencia de estudiar, graduarse y trabajar toda la vida en lo mismo terminó. El odontólogo necesitará entender administración. El abogado deberá comprender la tecnología. El ingeniero tendrá que aprender ventas. El trabajador de 50 años deberá actualizarse sin sentir que el país lo abandonó. Y cada uno de ellos deberá poder demostrar ese aprendizaje de una forma que un sistema pueda verificar y un empleador pueda confiar.

Xertify ha emitido credenciales digitales a cientos de miles de colombianos que tienen portabilidad de sus logros para toda la vida con seguridad y confianza.
Foto: Cortesía

El riesgo real de la IA no es el que creemos

Se habla mucho de los empleos que la inteligencia artificial va a eliminar. Ese debate importa, pero hay uno más urgente para Colombia: los empleos y oportunidades que la IA va a ignorar.

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Un agente de IA que ayuda a seleccionar talento trabaja con lo que puede leer y verificar. Una credencial digital verificable, estructurada bajo estándares abiertos como el modelo W3C de Verifiable Credentials, le dice: esta persona terminó esta carrera, aprobó esta formación, demostró esta competencia, bajo estos criterios, mediante estas evidencias, en esta fecha. Incorpora mecanismos para comprobar quién la emitió y detectar alteraciones. Una hoja de vida en PDF con un diploma escaneado, atrapada en trámites, le dice casi nada.

Automatizar información dudosa o invisible no hace el proceso más justo. Lo hace más rápido en la dirección equivocada. La IA amplifica lo que puede ver. Si el talento colombiano permanece invisible, la IA lo dejará atrás sistemáticamente, no por malicia, sino por diseño.

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Ese es el verdadero riesgo. Y también la verdadera oportunidad.

Porque si Colombia construye la infraestructura para que su talento sea visible, verificable y conectado, la inteligencia artificial se convierte en el mayor igualador que este país ha tenido. Con información autorizada por la persona, un agente podría comparar sus credenciales con una convocatoria, identificar una brecha y sugerir formación. Podría encontrar a la mejor candidata para un proyecto de energía solar en el Cesar con la misma facilidad con que encuentra a alguien en Bogotá que tiene los contactos correctos. Identificar que un técnico del SENA en Medellín tiene exactamente las competencias que una empresa exportadora necesita. Decirle a una mujer de 45 años que quiere reinventarse exactamente qué le falta aprender y dónde aprenderlo. Pero para eso, el talento tiene que poder ser leído. Hoy, la mayor parte no puede.

La clave está en distinguir lo declarado de lo comprobable. Firmar una mentira no la convierte en verdad: una credencial verificable demuestra procedencia e integridad, pero no garantiza que el emisor haya evaluado correctamente el aprendizaje. Por eso la tecnología debe reforzar la responsabilidad institucional, no sustituirla. Necesitamos controles académicos, auditoría y mecanismos de corrección. La mejor credencial no es la que presume más tecnología. Es la que permite confiar y seguir adelante.

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De una política de títulos a una política de capacidades

Colombia necesita pasar de una política de títulos a una política nacional de capacidades. No propongo otra plataforma estatal gigantesca ni una base de datos que se apropie de la historia de las personas. Propongo una infraestructura abierta, interoperable y centrada en el ciudadano, donde cada colombiano pueda conservar y demostrar lo que ha aprendido, con privacidad, consentimiento y control sobre su información.

Una persona debería poder reunir en una misma trayectoria su diploma universitario, una formación del SENA, una certificación empresarial, una microcredencial en inteligencia artificial, una práctica, un proyecto, un voluntariado y una competencia adquirida en el trabajo. No porque todos esos logros sean iguales, sino porque ninguno debería desaparecer.

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Las microcredenciales responden a una parte crítica de esa necesidad: reconocen aprendizajes específicos y evaluados que pueden adquirirse en recorridos más cortos. No reemplazan automáticamente una carrera ni convierten cualquier curso en un título; permiten actualizarse con mayor precisión. La UNESCO IESALC ya impulsa un marco regional para darles calidad y reconocimiento. Colombia debe ser parte activa de esa conversación, no espectadora. Tampoco debemos confundir aprender con acumular certificados: ver un video no demuestra por sí solo que dominamos una competencia. La tarea es reconocer el aprendizaje con rigor, sin obligar a todos a recorrer el mismo camino.

El sector privado también necesita mejores herramientas para encontrar talento. Colombia ya cuenta con sistemas como el SNIES, que permite consultar instituciones y programas de educación superior. La oportunidad es conectar esas bases, ampliar la visibilidad de la educación continua y la formación técnica, y construir bancos de talento con participación voluntaria. No depósitos de hojas de vida que envejecen, sino perfiles que la persona pueda actualizar y respaldar con evidencias verificables.

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Colombia no empieza de cero. El SENA ofrece consulta de certificados en línea. La Agencia Nacional Digital articula la Carpeta Ciudadana Digital y servicios de autenticación e interoperabilidad. El Banco Nacional de Talentos que anunció el presidente electo Abelardo de la Espriella en julio de 2026 es una señal positiva: el Gobierno entiende que la meritocracia requiere encontrar personas por capacidad, no por palanca. La tarea no es ignorar lo construido ni comprar otra plataforma gigantesca. Es conectar capacidades existentes, cerrar vacíos y mover esa infraestructura al nivel de lo que la IA y la economía global ya exigen.

Lo que Xertify está construyendo

En abril de 2026, Xertify obtuvo la certificación Open Badges 3.0 de 1EdTech, el estándar internacional construido sobre el modelo W3C que permite que una credencial sea leída por cualquier sistema compatible, no solo el nuestro. La interoperabilidad significa algo concreto: lo aprendido debe acompañar a la persona, no quedarse encerrado en un proveedor. La trayectoria de una persona no puede depender de la renovación de un contrato.

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Pero entendimos que la credencial no es el destino. Es la llave.

La verdadera oportunidad es que, después de recibir una credencial, la persona pueda saber qué estudiar, qué competencia le falta, a qué trabajo puede aplicar, qué comunidad puede acompañarla y cuál puede ser su siguiente paso. Por eso estamos construyendo una billetera de aprendizaje para toda la vida, con módulos de upskilling, reskilling, empleabilidad y comunidad. No una carpeta más. Un lugar desde el cual responder: ¿qué puedo hacer ahora con lo que sé y qué necesito para ir más lejos?

Las universidades pueden empezar por sus egresados: confirmar un logro en sus archivos y expedir hoy su representación digital. No es regalar otro título. Es devolverle utilidad a una trayectoria y abrir una conversación: ¿qué necesita aprender esta persona ahora? El diploma puede dejar de ser una despedida. Una persona podría volver diez o veinte años después para aprender algo que no existía cuando se graduó, encontrando en su institución formación, mentores y comunidad, no solo una oferta de otro curso.

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También necesitamos comunidades. Después de viajar por más de 50 países entendí que el capital humano, sin capital social, se queda corto. Las oportunidades muchas veces nacen de una conversación, un mentor, un amigo, un proyecto construido con otros. La tecnología debe ayudarnos a encontrarnos y producir juntos, no simplemente a pasar más horas mirando una pantalla.

César comparte un espacio de trabajo colaborativo con jóvenes estudiantes, reflejo de la cultura cercana detrás del ecosistema.
Foto: Cortesía

Una agenda concreta, no una promesa

No le propongo al país ahorros de miles de millones sin haberlos medido. Le propongo que dejemos de financiar procesos cuya eficiencia tampoco medimos.

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El primer paso puede ser acotado: un piloto de 90 días con Educación, MinTIC, Función Pública y el SENA para emitir nuevas credenciales digitales verificables, recuperar registros históricos y facilitar su verificación por empleadores y entidades públicas. La prueba sería comparar el antes y el después: tiempo de expedición, horas de revisión, solicitudes repetidas, incidencias resueltas y costo total del servicio. Si funciona, se amplía. Si no, se corrige. Los estándares deben ser abiertos, la contratación competitiva y los datos no pueden convertirse en propiedad comercial de ningún proveedor. Un sistema que reduzca papeleo pero excluya personas no sería una modernización aceptable: hacen falta atención asistida y alternativas para quien no tenga conectividad.

El Gobierno debe medir la formación por resultados: cuántas personas terminan, qué capacidades adquieren, cuántas encuentran empleo, cuántas mejoran sus ingresos y cuántas logran reinventarse.

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La descentralización también necesita información. Un territorio podría entender qué capacidades tiene su población, qué sectores están creciendo, qué talento está migrando y qué formación hace falta. Con información agregada y protegida, sería posible orientar mejor becas, atraer inversión y diseñar formación pertinente, no un catálogo idéntico para todo el mapa. El propósito no debería ser que todo el talento migre a las capitales. Debería ser que más personas puedan elegir dónde construir su futuro.

El Gobierno tiene cuatro años para convocar a universidades, SENA, empresas, instituciones técnicas, gobiernos territoriales y emprendedores tecnológicos alrededor de una misión común: que ningún aprendizaje se pierda, que ninguna capacidad permanezca invisible y que ninguna persona tenga que comenzar desde cero cada vez que cambia de empleo, ciudad o profesión.

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La pregunta que debemos cambiar

Seguridad sin oportunidades es frágil. Meritocracia sin evidencia es un discurso. Descentralización sin un mapa de capacidades es actuar a ciegas. Y una Colombia que no puede mostrar su talento a la inteligencia artificial quedará al margen de la economía que viene.

Nuestra generación está lista para innovar, construir y trabajar con el nuevo gobierno, las universidades y el sector privado. No queremos administrar el atraso. Queremos acelerar la construcción de una Colombia que reconozca, movilice y multiplique su talento.

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En Xertify llevamos más de una década construyendo una parte de esa infraestructura desde Colombia. Sabemos que se puede avanzar porque ya lo hemos hecho, paso a paso. También sabemos que una empresa sola no puede conectar un país. La siguiente etapa necesita una ambición compartida.

Hace once años queríamos que un diploma pudiera viajar. Hoy queremos que lo que Colombia sabe encuentre un camino hacia lo que Colombia puede ser.

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La Patria Milagro comenzará a hacerse realidad cuando dejemos de preguntarle a cada colombiano solamente qué título tiene y empecemos a preguntarle qué sabe hacer, qué quiere construir y qué necesita para llegar más lejos. La inteligencia artificial puede ser el acelerador que ese talento siempre mereció: la herramienta que convierte el conocimiento invisible en oportunidad visible, que conecta el esfuerzo con su recompensa y que le permite a Colombia exportar no solo recursos naturales, sino la riqueza más poderosa que tiene: su gente. Ese es el país próspero y pujante que tenemos al alcance. Solo falta construir el camino para llegar.

Más información:

🌐 Xertify: https://www.xertify.co/

💼 LinkedIn de César Suárez: linkedin.com/in/cesar-suarez-p

🐦 X (Twitter): @cesarsuarezpab 

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