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La universidad es una de las creaciones humanas más trascendentales por su impacto en la consolidación del humanismo, la ciencia y la cultura. Hacia el año 425 d.e.C., fue instituida una de las primeras universidades, Pandidakterion, como era conocida la universidad de Constantinopla en el imperio Bizantino, y en el 859 d.e.C. la Universidad de Qarawiyyin, en Marruecos; ya en el mundo occidental, las primeras fueron creadas hace más de 900 años, inspiradas en el concepto de “academia” de la antigua Grecia.
En estos tiempos en que la inteligencia artificial y otros avances tecnológicos permean procesos al punto de que abundan predicciones alarmistas sobre la posibilidad de usurpación de la autonomía, la creatividad, el pensamiento, la resiliencia y la solidaridad de las personas, también se analiza la posibilidad de que la universidad, como institución, no siga siendo viable y desaparezca en el futuro.
Siendo yo un académico apasionado por los desarrollos tecnológicos para optimizar la calidad de vida, desplegar la creatividad y la innovación y darles soluciones a los problemas sociales, también soy un convencido de que la universidad es imprescindible para la humanidad y, por ello, también tiene una responsabilidad colosal. Su necesidad y su trascendencia superlativas radican en que promueve el pensamiento crítico y ayuda a que el ser humano desarrolle capacidades para la vida; por supuesto, aprendiendo a emplear los últimos instrumentos tecnológicos e integrándolos éticamente a sus actividades. Corresponde a la universidad autoevaluarse y redefinir su misión y propósitos para hacerle frente a esta transformación y, a la vez, alcanzar una educación de calidad.
Unas recomendaciones pertinentes las ofrece el rector emérito de la Universidad de San Miguel (México), Jorge René Meléndrez, al plantear que los planes de estudio no pueden revisarse con la “lentitud tradicional de ciclos largos y cambios marginales”. Por esto, frente a los cambios en el currículo, los contenidos fundacionales continuarán siendo indispensables, los instrumentales deberán actualizarse frecuentemente, mientras que las competencias transversales aumentarán su importancia. “El valor del maestro se desplazará desde ‘decir lo que sabe’ hacia problematizar, contextualizar, cuestionar, acompañar y exigir el pensamiento propio”, señala.
La evaluación tendrá que ser más auténtica, involucrando tareas vinculadas con problemas reales, decisiones complejas y contextos locales; con permanente oralidad, dentro del aula, con procesos de auto y heteroevaluación integrados y con mayor transparencia, es decir, que quede claro cuándo y cómo se utilizó la inteligencia artificial.
En una columna en el medio Al Poniente, el profesor Santiago Jiménez sugiere menos ensayos largos para la casa, más exámenes orales, más defensas públicas, más trabajos hechos en clase frente al otro, reintroducir la lectura lenta, permitir que los estudiantes se equivoquen en voz alta sin que quede grabado y cuidar al cuerpo docente. “No somos el lugar donde se resuelven los problemas del mundo. Somos el lugar donde se aprende a estar a la altura de ellos”, dice sobre la universidad.
En medio de la vorágine social actual la universidad es esencial, pues como dijo el pedagogo brasilero Paulo Freire, el gran valor de la educación radica en que, si bien no lo tiene todo, puede muchas cosas. A mi juicio, una de estas, indudablemente, es que no perdamos de vista nuestra humanidad, con todo lo que ello implica.
* Rector de la Unisimón.