El debate sobre el acceso a la educación superior suele centrarse en cobertura, financiamiento y oferta; sin embargo, también vale la pena preguntarse: ¿qué tan relevante es hoy la universidad para los jóvenes? En esa percepción se juega buena parte del problema.
En los últimos años han ganado espacio narrativas que imponen la idea de que el éxito puede construirse por fuera del sistema educativo o que estudiar no necesariamente mejora las oportunidades. Aunque estas visiones encuentran sustento en algunas realidades del mercado, también simplifican un fenómeno más amplio y terminan debilitando una convicción clave: cuando una sociedad relativiza el valor de educarse, no solo afecta decisiones individuales, sino que debilita sus capacidades colectivas.
Las sociedades con mejores niveles educativos no son perfectas, pero sí son más capaces de pensar, de tramitar conflictos y de construir acuerdos. La educación no elimina la desigualdad ni evita la violencia, pero sí amplía las herramientas para enfrentarlas, por eso el primer reto no es financiero ni administrativo, sino cultural, y consiste en volver a hacer de la educación un proyecto deseable.
Aunque no todo puede recaer en la sociedad. Las universidades también tenemos que hacernos cargo de parte del problema y dejar de insistir en modelos rígidos, con trayectorias lineales y poco articuladas, que limitan la capacidad de respuesta frente a las expectativas y condiciones de los estudiantes actuales.
Lo que se necesita es un cambio estructural: pasar de programas a trayectorias formativas. Eso implica entender la formación como un sistema continuo —del colegio al posgrado— con múltiples entradas, salidas y reingresos posibles. No todos los estudiantes pueden, ni quieren, recorrer un camino largo y lineal, pero eso no debería expulsarlos del sistema. La educación a lo largo de la vida no puede ser un eslogan, sino que tiene que traducirse en rutas reales, acumulables y flexibles.
Esa flexibilidad también debe responder al territorio. En un país como Colombia, donde el acceso sigue siendo desigual, insistir en modelos únicos es, en la práctica, excluir. Se necesitan esquemas más modulares, alianzas locales y certificaciones progresivas que permitan avanzar por capas, no como una renuncia a la alta calidad, sino como una forma más inteligente de ampliar oportunidades.
Hay, además, un punto crítico que suele subestimarse: la distancia entre lo que se aprende y la vida real. Para muchos jóvenes la universidad sigue siendo un espacio abstracto, desconectado de los problemas concretos, por eso acortar esa brecha no es un asunto cosmético, es central. Aprender haciendo, equivocándose, interviniendo en contextos reales desde el inicio no solo mejora la formación, sino que la vuelve creíble.
Finalmente, hay que desmontar otra idea obsoleta: que una carrera define un destino. Hoy las trayectorias profesionales son híbridas, móviles e impredecibles. Seguir ofreciendo rutas cerradas en un mundo abierto es una contradicción, las universidades deben permitir que cada estudiante configure su propio recorrido, incluso dentro de una misma carrera.
Incentivar el ingreso a la educación superior no se logra solo con más cupos o más créditos, se logra cuando estudiar vuelve a tener sentido. Y eso exige dos movimientos simultáneos: una sociedad que recupere la confianza en la educación y unas universidades que dejen de pedirles a los jóvenes que se adapten a ellas, y empiecen, de verdad, a adaptarse a los jóvenes.
*Vicerrector académico Universidad de La Salle.