Por: Fernando Araújo Vélez

Que me excluyan

Si la inclusión, la igualdad y lo políticamente correcto son una ley, o varias leyes, yo prefiero quedar excluido. Preservar mi autenticidad, luchar contra las modas, contra lo igual, contra los diminutivos que nos acercan tanto que acaban por empalagarnos, contra las hipocresías que conllevan, contra la educación que solo forma robots productivos y contra la efectiva política de estado en nuestro país desde hace más de un siglo de volvernos idiotas.

Firmar algún documento por el que pueda renunciar a la Humanidad, como Cornelius W. Lippmann, aquel personaje de Ernesto Sábato en Abaddón el exterminador, y andar el resto de la vida sin seguro social ni pasaporte ni cédula, sin tener que endeudarme cada mes y toda la vida para pagar unos impuestos que terminan en los carros y los guardaespaldas, las casas y los opulentos banquetes de las sanguijuelas.

Que me dejen por fuera de esas leyes, y ojalá, de todas las leyes y de los legisladores, bien al margen de la vida, y al lado de los descamisados, que ellos seguro tendrán asuntos más interesantes para debatir que los que ponen e imponen los medios y las redes sociales, y que no pasan de las peleas entre uno y otro político o las victorias cortina de humo que engrandecen la patria. Y que me dejen por fuera de esa patria, sí, de esa y de todas las patrias.

Que no me impongan más una bandera, un himno y unas fronteras, que me excluyan de los censos, del Producto Interno Bruto, y que me perdonen si no celebro que el presidente haya firmado un acuerdo bilateral de gran comercio con Finlandia o Burkina Faso, o que los estudios pagados a una firma de prosperidad hayan determinado muy objetivamente que Colombia es el país más feliz del mundo.

Que me excluyan de los acuerdos y de la paz, porque yo no quiero una paz que surja de un decreto, y tampoco esa paz que me venden todos los días para volverme un pacífico, alegre y feliz tontarrón que le dice sí a todo. Que me excluyan de las firmas, de las firmas negocio y de todos los negocios, pues si es cuestión de elegir, yo sigo eligiendo la palabra. Sigo eligiendo el riesgo no acordado, la incertidumbre, vivir con un cuchillo en la garganta, sabiendo que cada hora puede ser la última de las horas.

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