La imagen más icónica de Sonsón es la del “balcón más bonito de Antioquia”. Paredes crema, siete balcones jade en el tercer piso; siete en el segundo, cada uno con calados barrocos tallados por manos sonsoneñas; tres comercios en el primero, a lado y lado del gran portón central y unas chivas vivaces a menudo parqueadas al frente. Pequeñas réplicas de los balcones de esa casa se venden como souvenirs de Sonsón. Este fue, durante 56 años, el rostro del hogar de doña Soledad Henao de Restrepo, el mismo que vieron un puñado de expresidentes y líderes políticos que durante 20 años se hospedaron ahí. La señorona, que en abril cumplió 101 años, salió a votar por primera vez desde esa casa, gestó allí su carrera al concejo municipal, su lugar en la Sociedad de Mejoras Públicas de Sonsón y levantó a su familia. ¿Su secreto para vivir más de un siglo? La casa misma.
“Yo viví en función de todo. De ir, de venir, de bajar, de subir. Imaginate que yo tenía un almacencito en la casa y me sentaba al frente a coser y entraba gente ¡y yo bajaba las escalas volada! Y la subida lo mismo”. En ese almacén “se conseguía lo más primoroso”, recuerda la periodista sonsoneña Patricia Nieto. “Las señoras conseguían pañoletas de seda, collares de ‘perlas’, porcelanas, estuches para arreglo de uñas… ella fue la primera persona que yo vi usando zapatones: botines para la lluvia que se ponían sobre los zapatos”, muy útiles en Sonsón, un pueblo en un páramo.
“Sin tener con qué”, don Ovelio Restrepo, el marido, se la compró a Roberto Quintero, quien la construyó a inicios de siglo. Recién casados, teniendo doña Soledad 28 años, se mudaron allá. “Nosotros a esa casa le hicimos mil arreglos porque son casas viejas con muchas cosas. Por ejemplo, esas casas los baños los tenían era en la cocina”, pero ellos los pusieron en las habitaciones.
Doña Soledad es cercana a mi familia materna desde hace décadas. Mi abuelo, el doctor Daniel Franco, como médico del pueblo, fue un respetado líder social y concejal durante doce períodos –entonces de dos años– entre 1962 y 1986. Él, cuenta doña Soledad, vio en ella una capacidad de liderazgo y la invitó a inscribirse en las listas del conservatismo. Fue suplente del 68 al 70 y concejal en forma entre el 74 y el 76. Pero todo esto lo supe hace poco. Conozco a Soledad desde mi infancia, como si fuera una hermana de mi abuela, doña Belén Arias de Franco, otra benefactora de la Sociedad de Mejoras Públicas. La recuerdo como una viejita que, conmigo, el niño chiquito de la casa, era alcahueta. Con una mirada cómplice y un gesto de que hablara en voz baja, me estiraba su mano con algún confite cuando íbamos de paseo por Antioquia. Hoy goza de una salud que no delata que tiene 101 años. Habla y se ríe con la misma elocuencia que, recuerdo, tenía hace 20 años. Camina con ayuda de sus cuidadores o de un bastón. Lleva su cabello corto y este parece una nube cuyas sombras internas no son grises, sino moradas: viene de una época en que las señoras canosas se aplicaban tintes azules o violeta para evitar los amarillos. Sobre el dorso aguileño de su nariz, sus gafas encajan en dos pequeños surcos que ellas mismas hicieron tras décadas de estar ahí colgadas.
Me reúno un día con ella y mi abuela a tomar el algo en su casa, en Medellín. Allí vive con su hijo menor y cuidador, Elkin Fernando, y Dido, una gata blanca.
“¡El que no es uribista es comunista!”, suele decir mi abuela. Ella, a diferencia de las pelimoradas, aceptó el tono amarillo en sus canas, que se ve más bien como dorado. De resto, tiene un porte similar al de Soledad. Es grácil y extrovertida, y viste con prendas de telas coloridas que ella misma escoge y le encomienda a su modista. La conversación transcurre entre antigüedades que configuran una declaración de principios: fotos de parientes de hace más de un siglo, cuadros y estatuillas de la Virgen María ordenadas por tamaño, una colección con 125 rosarios, muebles de madera oscura, jarrones, fruteros, ceniceros y figurillas de personajes, si no de porcelana, de cristal tallado y algo muy sonsoneño: un cuadro de la Catedral de Nuestra Señora de Chiquinquirá.
Cuando muchos sonsoneños se detienen en la plaza principal, ver bien conservada la casa donde vivió doña Soledad les sirve para descansar la vista tras posarla sobre lo que consideran una atrocidad arquitectónica y un recuerdo tormentoso del lado opuesto de la plaza: la Catedral. En ese espacio se erigía un templo neorrománico cuya construcción tardó 26 años y en la que buena parte de los habitantes, sin distingo de clase social, colocaron piedras y granito. Tan relevante era esa iglesia que se dibujó en el centro del escudo del pueblo. Pero un terremoto como de la ira de Dios en 1962 obligó a la demolición del edificio y, en su lugar, se construyó una nueva catedral guiada por un parámetro del Concilio Vaticano II: la noble sencillez. Ahora se eliminaba la ornamentación excesiva y pomposa, supuestamente en favor de la participación activa de los fieles. El resultado fue un edificio moderno que los fieles sonsoneños lamentan: fofo e influido por el estilo de Piet Mondrian (pintor neerlandés que se dedicó a pintar rectángulos con los colores primarios), incoherente con el resto del paisaje urbano. Ahora, hay murales conmemorativos en calles del pueblo. Y, como si fuera el retrato de un antepasado fallecido al que se venera, miles de sonsoneños cuelgan en su casa una imagen en blanco y negro de la iglesia anterior.
—Hablemos pues de la casa —les pido a las señoras tras un rato en el que repasan la actualidad de la política colombiana.
—¿Quién más fue a mi casa? ¿Importante? —hace memoria doña Soledad.
–—Pastrana! —responden al tiempo.
Eran los años 70. “Cuando quiso ir el presidente de la república a Sonsón, nadie lo quiso recibir. Estábamos en una reunión de la Sociedad de Mejoras Públicas —el brazo civil de la élite local, que impulsó la modernización del pueblo— y todo el mundo era “No, ni bamba; no, ni bamba”. Y yo dije “¡Yo lo recibo!”. ¿Cómo? “Sí, yo lo recibo. Tengo baño en la pieza”. Era la única casa que así lo tenía.
Doña Soledad admite que sus huéspedes y comitivas no siempre hacían gala de buenos modales. En la primera visita de Pastrana, asegura, un grupo de mujeres “de alta sociedad de Manizales” con sus maridos militares, llegaron a la casa una mañana sin invitación. Ella las atendió, no en la sala, que estaba arreglada para recibir esa noche al presidente, sino en el recibo. El grupo no se retiró hasta que Soledad, a la hora del almuerzo, les exigió que se fueran. La anécdota, que a ella le pareció inocua, corrió rápidamente por el pueblo y, al parecer, se interpretó como muestra del tesón de la señora para recibir invitados de alto perfil. “¡Qué mujer tan despejada! —afirma haber escuchado— Si es a nosotros que nos pasa eso, nos lleva el diablo. ¿Qué hacemos con esa gente?”. Y, desde entonces, doña Soledad se volvió una matrona, “la gran anfitriona por excelencia”.
“Por la noche ¡en mi casa! unas porcelanitas que tengo allí. No las he dado por eso. Yo bien pobre, arreglé mi sala muy linda con lo que tenía. Mis porcelanitas, las metieron debajo de una mesa, los señores, todos los adornitos me los metieron. Se sentaron en la mesa… yo no le digo qué político importante no fue esa noche, a mi casa. Entonces Luis Alfredo Ramos me dijo ‘Ay, yo le reparto el trago, Soledad, déjeme a mí’”. Ramos era veinteañero en ese momento, luego sería un destacado senador y gobernador del departamento. Por favor, no busquen por qué acabó en la cárcel.
—Claro, reparta usté el trago —prosigue—. Entonces yo le di el trago que tenía. Lo que yo tenía se los di.
—Fue muy amplia, muy atenta, eh, avemaría. A mí me parece que muy conchudos. ¿Sí o no? —interpela Belén.
Eso lleva a Soledad a recordar esta historia:
—Yo estaba en mi casa tranquila… Cuando llegó un señor y dijo “¡Doña Soledad Henao de Restrepo!”. Y yo estaba en mi pieza y salí. Dije “¿Quién es?”. “Mucho gusto en saludarla y conocerla”. “¡Ay, doctor Turbay! ¿Cómo está? Camine éntrese, súbase”… Turbay Ayala.
—¿Julio César? —pregunta mi abuela Belén.
—Julio César. Subió y me hizo visita y dijo “A la noche queda invitada para el baile. Vengo por usted”.
—Vea, qué tan querido… —dice mi abuela mientras come helado con frutas y hace sonar la cuchara cuadrada de postre sobre la porcelana.
—Oiga, por la noche fue por mí para el baile y yo salí con él. Cuando yo llegué al convite: “Que doctor Ayala, ay, aquí hay niñas que son muy de su partido, de su agrado, qué tan rico que usted las conozca y todo”... Y cogí a Mercedes Ochoa y a otras y se los embutí…
—¡Hm! —mi abuela cambia el gesto.
— ...porque yo sabía que Turbay Ayala borracho es una porquería.
—Eso es cierto, muy enamorao.
—Se sobrepasaba —interviene Elkin, hijo de Soledad—. Doña Nydia lo dijo en una entrevista que le hicieron antes de morir: “Él era coquetico”.
—Es que él era tío de ella.
Teniendo Nydia Quintero 16 años, se casó con el hermano de su mamá, que tenía 32.
—Sí, entonces dije: “¡Ni bamba conmigo! No, no, no, ni bamba”.
Belén ha contado varias veces que Turbay Ayala no podía ver una falda sin mandarle la mano. Un día, en la inauguración de alguna obra, el presidente vio un largo faldón negro moviéndose como una campana y, de repente… “¡Ay!”, exclamó el obispo.
Hay una constante en la historia: lo que para una generación es revolucionario, para la siguiente puede ser anticuado. La participación de las mujeres en política y los procesos de modernización que impulsaron las Sociedades de Mejoras Públicas son ejemplo de ello.
“Me encantaba la política. Yo me iba a llevar la gente a votar y a que votaran por los nuestros, siempre por el conservatismo”, dice.
—Cuando voté por primera vez… emocionante fue esa votada… irnos por la mañana a primera hora a votar, porque ya la mujer podía votar y teníamos ese permiso de votar y ese derecho. Eso era delicioso. Y nos fuimos a votar.
—¿Y por quién votaste?
—Mijito, yo era lo más godo del mundo entero. ¿Y quién era el candidato en ese momento? Yo creo que era Alberto Lleras Camargo… Oíme. Gozábamos tanto haciendo eso que nosotros en las elecciones hacíamos tarimas. Y en la tarima nos subíamos a hacer la propaganda y a gritar, ¿y qué les parece que a mí me temían mucho? Porque había un señor de Sonsón que era contrario a mí. Era de este partido, ¿cómo es? De la Anapo. ¿Sería la Anapo? —Sí, era la Anapo—. En todo caso, yo pelié con él. Pero así, así en la calle, me puse a peliar con él y le quité los votos y le dije que no fuera descarao.
En La Acción, el periódico de la Sociedad de Mejoras Públicas, Juan Manuel Jaramillo Villegas dice que doña Soledad se volvió “la última duquesa de Sonsón”; y su casa, su castillo. La compara con la artista y escritora Johanna Schopenhauer, la madre del filósofo, y socialité a cuya casa acudían las personalidades de la época.
—La obsesión mía fue la casa. Que la casa estuviera sumamente bien, que la casa tuviera esto… yo era obsesionada.
—Y atender muy bien a Ovelio, a sus hijos, ese caserón tan grande… —agrega Belén.
Antigüedades adornan los comercios más vistosos del pueblo. El pueblo tiene 12 museos y todos hablan de la tradición: Museo Casa de los abuelos, Museo de arte religioso, Museo Costumbrista La Jonda, Museo Fiesta del Maíz… José Manuel Ocampo, un joven de 23 años que de niño aprendió de memoria el recorrido de cada museo y ahora trabaja como coordinador de la red de museos del pueblo en el Centro de Historia, recita un adagio heredado: “Los sonsoneños padecen dos enfermedades: la nostalgia y el miedo al olvido”.
La casa de doña Soledad ahora es la sede de la escuela de música del pueblo y se puede recorrer como un museo. Al fondo del gran patio de la entrada del primer piso hay dos pianos de sofisticado diseño, pero con mínimo mantenimiento: los cubre una capa de polvo; la tapa mal puesta deja ver sus órganos internos y tienen teclas mudas. La habitación que fue la sala de la casa conserva el tapiz rojo con un patrón de coronas de laureles doradas. Los balcones hacia adentro siguen coronados con dinteles de madera oscura ornamentada. En esa sala Soledad pasó tardes de amigas, de cafés, de chismes. Ahora el tapiz está abombado y, por partes, agrietado y destapado. La tela de la cojinería de los sillones republicanos está desgastada y deja ver la esponja que lleva dentro. Junto a los sillones, ahora habitan varios tambores y una organeta. No volverá a existir igual de imponente, de elegante, de servicial, de acogedora —reza el elogio a doña Soledad en La Acción—. Las habitaciones ahora son salones de clases y salas de ensayos. Esa casa carga consigo el paso del tiempo, pero, como doña Soledad, se ve más joven de lo que es.
Había una relación simbiótica entre esta mujer y su casa. ¿Qué era lo más especial?
Responde Soledad que las flores, las que la gente admiraba en las tardes de café, y que adornaban la vida cotidiana.
—Tuve geranios bellísimos…
—¡Lindos! —añade mi abuela.
—... y Virginia Villegas estuvo en mi casa almorzando y se puso quitarles las hojitas. Al día siguiente se la trajeron para Medellín a operarla. Le dio una cosa rápida al hígado… y se murió. Y se murieron todos los geranios.