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Madres de acogida: las mujeres que abren la puerta de su casa para salvar a niños

En Colombia hay miles de mujeres que cuidan en sus hogares a niños que vivieron historias de derechos vulnerados. Ellas entregan su tiempo y sus vidas para acogerlos y romper espirales de violencias.

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Tomás Tarazona Ramírez
07 de abril de 2026 - 01:00 p. m.
Gracias a estas mujeres hay cerca de 14.000 niños que vuelven a sentir el afecto en familia y crecen en hogares seguros.
Gracias a estas mujeres hay cerca de 14.000 niños que vuelven a sentir el afecto en familia y crecen en hogares seguros.
Foto: Archivo El Espectador
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Gloria Tobar perdió hace muchos años la cuenta de los niños que ha salvado. Pero recuerda con exactitud el día que decidió volcar su vida a cuidar a sus “criaturitas”, es decir, a niños en Nariño y Valle del Cauca que fueron absorbidos por ciclos de violencia y que, de no ser por mujeres como ella, seguirían viviendo historias de derechos vulnerados.

Fue una tarde de agosto de 1991. Ese día Gloria abrió su hogar para acoger a un niño con discapacidad con un pasado turbulento. Nunca más cerró las puertas de su casa para recibir a estos jóvenes.

Desde una pequeña casa en Ipiales ha invertido los últimos 34 años de su vida como madre de acogida: una de las miles de mujeres en Colombia que les ofrecen un hogar seguro y provisto de cariño a los niños que quedan bajo el cuidado del Estado. Las cuentas son sencillas: hay madres que pueden recibir a más de un niño vulnerable en sus hogares. Hay casos, como el de Gloria, en que ha tenido la potestad de 15 menores al mismo tiempo.

Cuidado necesario

Las madres de acogida son una especie de antídoto ante una epidemia de violencias, comenta Esteban Reyes, director de la ONG Aldeas Infantiles.

Su trabajo, al igual que el de las otras madres sustitutas, es silencioso, pero fundamental para dar un hogar a quienes nunca tuvieron la oportunidad de una familia o un entorno seguro.

En Colombia se registran en promedio 70.000 casos anuales de niños que ven sus derechos vulnerados. Algunos casos tienen soluciones, como familias que desatienden a sus hijos y que luego, con recursos y pedagogía, logran resarcir el daño.

Pero hay otros escenarios en que las agresiones físicas o las violencias sexuales dibujan un camino en que alejar a los menores es la opción más sana.

En los expedientes del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF ) hay folios, en donde niños de menos de un año son abandonados en basureros o menores de edad hallados en establos junto con animales. Estudios de esa misma entidad revelan que en el 85 % de los casos de violencia sexual contra niñas y niños los responsables son parientes y personas del entorno doméstico.

De los 70.000, casi 26.000 son cobijados con medidas de protección que los alejan temporal o totalmente de sus familias, pero apenas 14.000 tienen la fortuna de encontrar a una familia sustituta que los reciba. Los demás terminan en adoptabilidad o en orfanatos, donde informes del ICBF muestran que el 60 % de esos ellos sufren nuevas violencias y ven truncado su desarrollo.

Hoy las cifras estiman que hay cerca de 14.000 niños acogidos en familias sustitutas, la mayoría lideradas por mujeres, que de acuerdo con Reyes podrían ser más de 10.000.

“Ser mamá no siempre es gestar durante nueve meses. No llevan nuestra sangre, pero son hijos del alma. Hay menores que llegan al borde de la muerte a mis brazos, y gracias a nuestros cuidados se salvaron y tienen proyectos de vida”, comenta Gloria.

Cuesta arriba

Son varios los tropiezos que estas mujeres encuentran mientras crían temporalmente. El primero es una cuestión de afecto. La mayoría de los menores que llegan a familias sustitutas vienen con un pasado donde las agresiones eran la norma. “Ella nunca había escuchado un ‘te quiero’ ni podía estar cerca de una figura masculina por lo que vivió. Solo necesitan afecto y abrazos”, explica Yelinés, quien abrió su hogar en Cali para recibir a dos menores vulnerables.

El segundo, comenta Reyes, versa sobre hacer lo mejor para los niños. “Son mujeres que deben ofrecer el apego necesario para crear un hogar seguro y amoroso. Pero también deben tener el desapego al saber que se van a ir en algún momento, sea a su familia biológica o, en el peor de los casos, a una institución”, explica.

Y es que ser madre sustituta implica más retos que soluciones. Aunque dediquen sus vidas al cuidado de niños vulnerables, estas mujeres no reciben una remuneración formal, solo una mensualidad de COP 1.700.000 que costea los gastos del menor. Una vez envejecen, no tienen ni seguridad social ni ahorros necesarios de una pensión digna. Pero aun así escogen el camino del cuidado, y en más de una ocasión el de apostar su patrimonio para seguir salvando a niños.

Pero el verdadero desafío está en que esta labor se siga manteniendo en el tiempo. Para Gloria, todo se basa en el cariño y la gratificación de salvar las vidas de esos jóvenes. “No es un trabajo, pero le dedicamos toda la vida, y esa es la mejor contribución que podemos hacerles a Colombia y a los niños: sacarlos de esas historias y cuidarlos hasta que sean adultos funcionales”, concluye.

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