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¿Qué hace la Fundación Grupo Argos?
La Fundación Grupo Argos es el vehículo social y ambiental voluntario del Grupo Empresarial Argos. Es una fundación que recoge las capacidades, los recursos humanos y las experiencias de todo el grupo empresarial para desarrollar una labor social y ambiental en los territorios, especialmente aquellos de influencia de las compañías del grupo, pero también llegamos a muchas comunidades cuando nos llaman y nos necesitan, y vemos que podemos agregar un valor.
El propósito de la fundación está centrado en el desarrollo de comunidades sostenibles, resilientes y en armonía con la naturaleza. Ese propósito se traduce en tres líneas: una que es todo el tema de agua y biodiversidad. Trabajamos por la protección y conservación de ecosistemas estratégicos en Colombia.
Trabajamos en una línea de valor social, para el desarrollo de capacidades y oportunidades para las comunidades. Buscamos que se logre todo un tema de educación, de mejoramiento de las capacidades de los jóvenes en educación superior, conexión con la empleabilidad y todo un trabajo de conexión con emprendimientos y oportunidades.
Hay una tercera línea: hábitat o infraestructura sostenible, que está muy enmarcada en acompañar los temas de infraestructura básica de las comunidades, que son necesarios para su desarrollo y bienestar.
¿Por qué a un grupo empresarial le interesa este tipo de labor?
Diría que no es ni siquiera la fundación o la responsabilidad social, sino diría que es el concepto más holístico de la sostenibilidad. Hoy las compañías deben tener en su ADN estos valores y pilares de sostenibilidad, que son el balance económico, social y ambiental, bajo un modelo de gobierno ético y transparente, lo que es fundamental para que se dé de la manera correcta.
Las compañías no están solo para generar utilidades, sino para generar trascendencia en la sociedad. Uno de los pilares del Grupo Argos es precisamente esa trascendencia. Nuestro propósito superior dice: “Transformar la vida de millones de personas a través de lo que hacemos”. Eso nos ha llevado a que seamos una compañía que lleva 90 años, por una visión compartida con los grupos de interés.
¿Cómo se sostiene la fundación?
Por un lado, la fundación tiene su propio endowment [dotación financiera]. Eso le permite a través de los dividendos d las acciones que tenemos de diferentes compañías tener un presupuesto muy importante para la realización de los proyectos de la fundación. Cada una de las empresas, a través de su asamblea de accionistas determina cada año el monto de inversión que le va a donar a la fundación.
Además, nunca trabajamos solos. Para nosotros es muy importante trabajar con aliados públicos, privados, academia para poder escalar los impactos con los recursos que tenemos.
¿Tienen alguna línea diferencial en cuanto a igualdad de género?
Es transversal, pero para nosotros sí es muy importante destacar esos liderazgos, y darles esa fortaleza a sus capacidades. Por ejemplo, en nuestro programa de becas para educación, la mayor cantidad de personas que se postulan son mujeres jóvenes, casi el 60 %.
En las organizaciones sociales en los territorios la mayoría son mujeres liderando estos procesos, pero además tenemos un programa orientado a las mujeres en el tema de emprendimiento. Se llama “Emprender Mujer”, que ha logrado llegar a más de 600 emprendedoras. Hoy en Colombia la brecha entre hombres y mujeres para crear empresas es bastante amplia, pero también los emprendimientos que quedan en el “valle de la muerte” son en su mayoría de mujeres. En este programa estamos con varios aliados impulsando a las mujeres a tener mayor autoestima, pues muchas veces pasa por ahí, a entender cómo lograr el balance entre tener un hogar y ser una emprendedora. Las mujeres en general tomamos menos riesgos en términos de inversión porque cuidamos mucho la economía familiar. Entonces, también las acompañamos a ver hasta dónde se pueden tomar esos riesgos, cómo hacerlo, de una manera en la que se sientan tranquilas.
¿Cómo se conecta la comunidad con ese tipo de oferta institucional? ¿Por medio de convocatorias?
Hacemos convocatorias para el tema de educación en ciertos periodos del año a través de nuestra página web. Lo mismo con el programa Emprender Mujer. Las emprendedoras deben haber tenido ya una unidad de negocio impulsada mínimo uno o dos años. No tiene que estar formalizada necesariamente, pero sí tener un proceso de negocio avanzado.
En responsabilidad social muchas veces sucede que llega la oferta, pero falta apropiación y capacidad instalada. Sobre todo en infraestructura, ¿cómo se aseguran de que no queden reducidos a elefantes blancos?
Desde el principio, cuando hablamos de infraestructura o de cualquiera de estos programas, acordamos con la comunidad cómo sueñan esa construcción o esa infraestructura, sea un colegio, una cancha, un parque o lo que vayamos a hacer.
Tenemos una metodología que se llama “Sueños que transforman”, y a través de ella la comunidad se va sintiendo parte, nos va contando cómo visualiza el espacio. Luego en el proceso constructivo trabajamos de la mano de la comunidad, que participa con mano de obra y en los procesos, y luego hacemos un proceso de apropiación, donde integramos, por ejemplo, comités de veeduría o de convivencia, para dar seguimiento a las obras.
En uno de los parques que entregamos el año pasado, el Parque Alegría, en la comunidad de Nueva Colonia, pusimos unas casetas para que la comunidad pudiera vender los productos de sus emprendimientos. La misma comunidad decide, por ejemplo, cuánto de lo que va a ganar ese emprendedor debería aportar a una bolsa que se va haciendo para el mantenimiento si, por ejemplo, se daña un columpio. Cada caso es distinto. Y también buscamos que la administración municipal, las alcaldías, las gobernaciones, en general la institucionalidad, también tengan un rol.
En La Guajira hicimos un proyecto que se llama Miiroku. Llegamos a esa comunidad por una lideresa que se acercó a nuestra organización, junto a una empresaria, a decirnos que tenían una situación muy compleja en sus viviendas porque eran muy precarias. La lideresa nos invitó a que le donáramos cemento, pero no hacemos eso, porque donar cemento sin saber para dónde va o si habrá sostenibilidad: si se cae alguna vivienda, pues es nuestro cemento, ¿cierto? Entonces, nos invitó a visitar a su comunidad en la Alta Guajira, que tiene alrededor de 290 personas. Luego de dos años de trabajo entregamos 30 viviendas.
En el proceso ella, como gobernadora de su comunidad, que era de las pocas personas allí que hablaban español, les traducía todo. Elaboramos las casas primero en plastilina para saber cómo era una casa wayuu, cómo la concebían. Creo que fue fundamental el trabajo de Conchita Iguarán, una maestra artesana wayuu muy importante que llevó a su comunidad a que tuviera un desarrollo integral, sostenible.
La inversión para el desarrollo ha estado en muchas dificultades durante el último año por el cierre de agencias y recortes en los recursos de cooperación. ¿De qué manera los ha impactado o a su entorno de aliados?
A diferencia de muchas organizaciones sociales que dependían mucho de esa cooperación, no tuvimos un impacto alto. Es interesante que el sector se empieza a reinventar, a buscar estrategias de colaboración distintas, pues fortalecerse como organización para ser sostenible es muy importante. El asistencialismo que había de la cooperación no era tan bueno; se esperaba que siempre viniera de afuera. Muchas veces en estas agencias de cooperación no se entiende muy bien la realidad de los territorios y los tiempos de las comunidades. No existe una receta, tiene que haber un proceso. Para hacer las viviendas de La Guajira nos demoramos dos años. No es llegar, poner y cortar la cinta. Eso no funciona así, porque los procesos no se vuelven sostenibles. Es beneficioso repensarnos como sector, buscar otras maneras y respetar los tiempos de las comunidades y de cada proceso.
