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Este mes se cumple una década del nacimiento de She Is: una apuesta de autonomía financiera con perspectiva de género que con el paso de los años se ha convertido en un prototipo de cómo cerrar brechas con educación y emprendimiento.
Hoy la organización ha exportado su modelo de empoderamiento a Ecuador, Panamá y otros cinco países de la región y, de acuerdo con sus cuentas, ha beneficiado a 22.000 niñas.
La fundación, aparte de cerrar desigualdades históricas, ha roto paradigmas, como graduar a mujeres en el mundo científico o convencer a la cultura empresarial de Colombia que destinar dinero a la equidad de género, más que un gasto, es una inversión.
“Transformamos esos círculos de violencia en motivantes para lograr vidas cambiadas”, subraya Leidy Martínez, directora ejecutiva de She Is.
El poder de la inspiración
La ecuación es complicada. She Is comenzó como un programa pequeño en Cajicá, orientado a unas cuantas docenas de mujeres que, a falta de ingresos propios, eran absorbidas por violencias. La fundación se propuso enseñarles capacidades productivas para salir de esos ciclos. Así quedó la receta: a mayores oportunidades de autonomía financiera, más desarrollo y menos historias de agresiones que lamentar.
A la fórmula le agregaron otros factores. Muchas de esas mujeres, al ser madres cabeza de hogar, tenían que llevar a sus hijas a los talleres. El panorama para esas jóvenes era poco prometedor: millones de mujeres que no tenían ni los medios ni los referentes para protagonizar su futuro. Fue entonces cuando decidieron volcar todos los esfuerzos en convertir los sueños de las jóvenes en oportunidades. Gracias a esa decisión, recuerda Martínez, se ha llegado a 31 de 32 departamentos en el país e incluso se han inaugurado centros de emprendimiento en zonas donde no abundan los caminos de éxito para las niñas, como Arauca, Putumayo y Atlántico. Incluso, hay 155 niñas becadas en carreras STEAM.
“Invertir en las niñas es apostar por su futuro, el de sus familias, pero también de Colombia. Trabajamos para que ellas se convirtieran en quienes manejen las riendas de su historia”, cuenta Martínez.
La fundación cuenta con varios programas que atienden vacíos en la vida de las niñas y las mujeres. Está, por ejemplo, una vertiente que ofrece educación y capacidades productivas para garantizar que el talento de miles de personas en los territorios esté acompañado de oportunidades. Otro brazo consiste en romper barreras históricas, como lo es llevar niñas de Cauca, Meta, Vaupés y Guaviare a los epicentros de ciencia, como la NASA o el Kennedy Space Center (en Florida, EE. UU.) para que en algún futuro no muy lejano sean ellas quienes lideren misiones espaciales u ocupen espacios científicos, en el pasado siempre a cargo de los hombres.
También existen líneas de trabajo orientadas a necesidades que aún no están plenamente resueltas, como el acceso efectivo a la justicia y la garantía de derechos fundamentales: desde condiciones básicas para una vida libre de violencias hasta su participación en procesos de construcción de paz.
Mano a mano
El trabajo de cerrar brechas de género también ha llegado a las juntas directivas de algunas de las empresas más poderosas en Colombia. En los informes de gestión aparecen 80 aliados, como Ecopetrol o Bancolombia, pero también sectores de la academia y organizaciones no gubernamentales que canjean conocimiento o recursos para que She Is siga andando. Así sucedió, por ejemplo, en 2024, cuando la Universidad de Harvard y el MIT firmaron un convenio para recibir colombianas en sus aulas y formarlas en matemáticas, química, física o robótica.
Hace un mes, incluso, She Is participó en la firma del decreto del presidente Petro que otorgó sustento jurídico a la Política Exterior Feminista de Colombia.
Gracias a esas alianzas, la fundación ha consolidado el She Is Global Forum: uno de los primeros espacios en Latinoamérica que muestra historias de éxito de cómo las mujeres sí pueden superar las desigualdades y llegar a altos espacios de incidencia. Al escenario, que es visto en promedio por 88.000 personas al año, han llegado abogadas y altas empresarias que rompieron techos de cristal y ahora cuentan sus historias.
“El talento está en todas partes, las oportunidades, no. Mostramos a las empresas que son inversiones que, más allá de la filantropía, tienen resultado en el futuro de las niñas y del país. En el sector privado también se puede trabajar por la igualdad”, comenta Martínez.
A futuro
Diez años después de haber iniciado el experimento, Martínez reconoce que aún quedan desafíos importantes: que los gobiernos asuman la igualdad como una prioridad real y, en el caso colombiano, sumar más aliados que permitan traducir el talento de las niñas en oportunidades.
Aun así, insiste en que el horizonte es más amplio: en los próximos años los resultados ya no se medirán en miles, sino en millones de niñas impactadas. “Lo que empezó como un proceso en Cajicá, en un futuro será el motor de cambio para saldar una deuda con las mujeres y ofrecer un futuro distinto a las niñas”, concluye.
