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“No aceptamos venezolanos”: crónicas migratorias en Colombia y Suramérica

Publicamos este fragmento del libro “Ecos migrantes”, una recopilación de 27 relatos periodísticos sobre migración escrita por el periodista salvadoreño Soudi Jiménez y publicada por Editorial Traveler. Aquí, la historia de Kerwin García, uno de los casi tres millones de venezolanos que han echado raíces en Colombia.

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Soudi Jiménez
30 de julio de 2026 - 09:11 p. m.
Portada de "Ecos migrantes", de Soudi Jiménez.
Portada de "Ecos migrantes", de Soudi Jiménez.
Foto: Cortesía
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Kerwin García nunca planeó huir de Venezuela. Hoy a veces se pregunta si alguna vez encajará en Colombia.

Tras crecer en el estado costero de Falcón, García dejó la escuela y se alistó en el ejército, para luego trabajar brevemente como funcionario del gobierno. Pero a medida que la economía de Venezuela se hundía y la simple supervivencia se hacía difícil bajo el gobierno autoritario del presidente Nicolás Maduro, decidió unirse a su hermano mayor y a otros 2,8 millones de venezolanos, y migrar a la vecina Colombia.

“No quería dejar mi país”, advierte el joven.

García, de 24 años, vestía una camiseta negra, pantalones vaqueros y tenis blancos cuando esperaba en un centro comunitario al que acudió en busca de asesoría, en el barrio de Los Mártires en Bogotá, la capital de Colombia.

“No tengo permiso de trabajo, no tengo pasaporte, soy ilegal”.

Kerwin encontró trabajo inicialmente en una empresa que fabricaba gorras y luego en un restaurante. Pero fue despedido en julio de 2023 después de que le culparan de un dinero que faltaba, una experiencia que lo dejó molesto y abatido.

“Decían que los venezolanos son ‘ñucos’, son burros ―relata García, utilizando un coloquialismo que significa ignorante o inculto. Me trataban como a un delincuente”.

Su nuevo entorno lo ha marcado emocionalmente. “A veces cuando voy a hablar con un colombiano me da pena, siento temor de ser rechazado”, agrega.

Colombia y Venezuela tienen una larga historia común. Las dos naciones comparten una frontera de 1.378 millas, pero en el pasado esas divisiones no existían. Entre 1819 y 1831 formaron parte de lo que se conoció como la Gran Colombia. Sin embargo, las disputas fronterizas estallaron en enfrentamientos militares y en altercados más letales y duraderos. La guerra civil de Colombia entre los ejércitos guerrilleros y el Gobierno nacional, que duró décadas, se extendió a Venezuela. En los últimos años, además, las operaciones transfronterizas de los carteles multinacionales de la droga han exacerbado aún más las tensiones.

Desde 1930 hasta 1950, la oleada migratoria fue en dirección inversa. Los colombianos buscaron refugio en territorio venezolano. El desplazamiento aumentó en 1970 debido al conflicto interno en Colombia, mientras Venezuela prosperaba gracias a la producción de petróleo. En 2011, según datos del Censo de Población y Vivienda venezolano, más de 700.000 colombianos se encontraban en la nación vecina, y hasta 2022 se estima que eran más de cuatro millones. Antes de la crisis económica de 2015, el comercio bilateral entre Colombia y Venezuela era de USD 2.247 millones; para el 2021 se había desplomado a 391 millones, según un informe de la Universidad del Rosario.

Los patrones globales de inmigración han propiciado una nueva dinámica. Hasta finales de 2022, según la Oficina del Alto Comisionado para los Refugiados (ACNUR), había 108,4 millones de desplazados en el mundo debido a persecuciones, violencia, violaciones de derechos humanos y sucesos que alteraron gravemente el orden público. ACNUR sostiene que 7,7 millones de personas son venezolanas, la cifra más alta para cualquier país latinoamericano.

Al igual que muchos recién llegados a otros rincones del mundo, las crecientes legiones de migrantes venezolanos a menudo se encuentran con que no son bienvenidos al cruzar las fronteras. Eso incluye a las decenas de miles que en los últimos años se abrieron camino a través del peligroso Tapón del Darién, una zona entre Colombia y Panamá, en ruta hacia Centroamérica, México y Estados Unidos.

Estados fronterizos estadounidenses como Texas y Arizona enviaron en autobús a los venezolanos solicitantes de asilo a “ciudades santuario” como Nueva York, cuyo alcalde del momento, Eric Adams, se quejó de que el gobierno de Joe Biden no hacía lo suficiente para asegurar la frontera. Estados Unidos también ha empujado a más inmigrantes de Venezuela y otros países de vuelta a México, y ha reanudado los vuelos de deportados.

Ningún país recibe más migrantes venezolanos que Colombia pese a la larga y compleja relación política entre ambos países. En 2015, al menos 1.500 colombianos que vivían en Venezuela fueron expulsados, y otros 22.000 se marcharon “voluntariamente”.

En la actualidad, se ha normalizado, en prácticamente cualquier espacio público de Bogotá ―y otras ciudades colombianas― la presencia de inmigrantes venezolanos pidiendo limosna en los autobuses, recogiendo botellas en las calles o intentando ganarse la vida de cualquier otra forma. Hay quienes han conseguido abrir restaurantes, peluquerías, salones de belleza y otros pequeños negocios.

En 2014 solo 23.573 inmigrantes venezolanos vivían en Colombia. Sin embargo, un estudio del Observatorio de Venezuela de la Universidad del Rosario, con sede en Bogotá, contabilizó para cerca de 10 años después alrededor de 2,8 millones de inmigrantes, el 59,8 % con un permiso temporal de protección que permite permanecer en Colombia bajo las normas migratorias y obtener un trabajo.

Esta movilidad humana ha provocado una reacción cultural y brotes xenófobos contra los inmigrantes que intentan integrarse a la sociedad colombiana, según Ronal Rodríguez, investigador y portavoz del Observatorio de Venezuela.

“La xenofobia está empezando a crecer en Colombia y va a una velocidad muy alta”, explica Rodríguez, y añade que se ha vuelto común que se culpe de todo tipo de delitos y otros problemas sociales a la población venezolana.

Un viernes por la noche, en el barrio Chapinero, al noreste de Bogotá, en una de las esquinas se encontraba un enjambre de jóvenes con el pelo engominado y muy bien vestidos. Se reunían para relajarse en una cervecería artesanal. Una canción de Bon Jovi sonaba en el patio: “Es mi vida / Es ahora o nunca / Pero no voy a vivir para siempre”. Pero a pocos metros, otros muchachos con cascos de moto y chamarras impermeables rojas, que trabajan como repartidores de comida, parecían ansiosos y agitados. El primer grupo estaba conformado por jóvenes colombianos. Los segundos eran inmigrantes venezolanos.

Entre los repartidores estaba Óscar Montes, de 32 años, quien llegó a Bogotá en 2021. En su natal Trujillo, al oeste venezolano, trabajaba haciendo queso. Entonces, su salario mensual era el equivalente a USD 20, un monto que alcanzaba para pagar únicamente un cartón de huevos, un kilo de carne y otro de queso.

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Por Soudi Jiménez

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