Por más de 25 años la Fundación Panamericana para el Desarrollo (Padf) ha trabajado en Colombia con proyectos relacionados con garantía de derechos, gobernanza, fortalecimiento institucional y lucha contra la pobreza.
En varias regiones apartadas del país, donde históricamente la presencia del Estado ha sido limitada, algunas comunidades comenzaron a acceder por primera vez a condiciones básicas, como agua potable, seguridad alimentaria, vías terciarias y proyectos productivos sostenibles, gracias a la Fundación.
En diálogo con este diario, la directora ejecutiva de la Padf, Katie Taylor, explicó cómo la organización ha tenido que replantear sus estrategias en medio de un escenario internacional cada vez más complejo para la cooperación. Los recortes presupuestales de agencias y gobiernos donantes, sumados a nuevas crisis humanitarias y conflictos, han reducido los recursos disponibles para programas sociales y de desarrollo en América Latina.
Ante ese panorama, la Padf decidió modificar su enfoque. Según Taylor, la cooperación internacional ya no puede limitarse únicamente a financiar proyectos temporales, sino que debe enfocarse en dejar capacidades instaladas en los territorios para que las comunidades puedan sostener sus procesos de transformación. Hoy son al menos 39 proyectos los que la organización ejecuta en más de 400 municipios.
“La cooperación hoy tiene que ser más estratégica. Ya no se trata solamente de ejecutar recursos, sino de ayudar a que las comunidades desarrollen herramientas para resolver problemas de manera autónoma”, señaló la directora de la organización.
Transformando el territorio
Y es que en 2025, pese a las “vacas flacas” de la cooperación internacional, la Padf asegura haber atendido a cerca de 760.000 personas en condición de vulnerabilidad que, gracias a esos programas, lograron mejorar sus condiciones de vida y las de sus comunidades.
Ese cambio de visión coincide con varias de las apuestas que la Padf consolidó durante los últimos años en Colombia. El informe anual más reciente de la Fundación muestra que buena parte de sus proyectos se concentraron en desarrollo rural, prevención de violencias, fortalecimiento comunitario y generación de oportunidades económicas en zonas golpeadas por el conflicto armado y la pobreza multidimensional.
Uno de los programas más visibles se desarrolló en Tumaco, Nariño, donde miles de familias campesinas recibieron acompañamiento para promover el desarrollo agrícola sostenible y dejar atrás el aumento de cultivos ilícitos.
Este tipo de iniciativas no solo buscan reducir la dependencia de economías ilícitas, sino también atacar las causas estructurales de la violencia rural. La apuesta, explica Taylor, consiste en ofrecer alternativas reales de ingreso y sostenibilidad económica en regiones donde durante décadas la coca fue prácticamente la única fuente de subsistencia.
Nueva oportunidad
El informe de la organización también evidencia que la violencia basada en género se convirtió en uno de los principales ejes transversales de intervención. En cuentas de la Fundación, hay al menos 100 redes comunitarias consolidadas que previenen violencias basadas en género y que benefician a mujeres rurales, comunidades afrodescendientes, población indígena y migrantes venezolanos, especialmente en temas de empleabilidad, liderazgo y prevención de violencias.
A futuro
Taylor considera que Colombia enfrenta una paradoja: mientras las necesidades sociales y humanitarias siguen creciendo, los recursos internacionales disponibles para atenderlas son cada vez menores. Sin embargo, cree que esa misma presión ha obligado a replantear modelos tradicionales de cooperación y a buscar soluciones. Una especie de “ver el vaso medio lleno”.
Parte de esa estrategia consiste en fortalecer capacidades locales para que los proyectos sobrevivan más allá de los ciclos de financiación internacional. Programas de formación docente, liderazgo comunitario, emprendimiento y fortalecimiento institucional fueron implementados en distintos departamentos bajo la lógica de que las comunidades puedan apropiarse de los procesos.
“Colombia está transformando muchos de sus problemas en soluciones que pueden servirle al mundo (...). La experiencia de las comunidades rurales, de las mujeres lideresas, de los jóvenes y de las organizaciones locales demuestra que incluso en contextos complejos es posible construir desarrollo cuando existen oportunidades”, concluye Taylor.