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El proceso es prácticamente idéntico. Cargar las lanchas, asegurar la tripulación y una vez encendido el motor, navegar río arriba para llegar al malecón. Los botes recorren los ríos Atrato, San Juan y Baudó buscando entregar pescado, enseres o uno que otro metal precioso que los mineros artesanales recogieron con sus bateas durante la jornada.
Pero ahora, los cauces de los ríos chocoanos no solo trasladan mercancías, también transportan derechos.
Hace 10 años, un grupo de artistas chocoanos se reunió para que potenciar la cultura en el departamento. Así que se propusieron, con el poder de la palabra, darle un segundo aire al lugar que los vio nacer y crearon El Flecho: la Fiesta de la Lectura y la Escritura del Chocó.
Una década después han logrado consolidarlo como una fiesta cultural imperdible para los habitantes y demostrar que Chocó, más que una “tierra de nadie”, es un territorio rico en cultura y personas que desean salir de la exclusión. El evento se ha convertido en un espacio al que asisten, en promedio, 13.000 personas de Bahía Solano, Quibdó, Istmina y Urabá para contar cómo el derecho a la cultura también es una forma de progresar.
“El Flecho no es solo un evento de literatura; es la oportunidad de generar un arraigo y contar con nuestra propia voz cuáles son nuestras necesidades, pero también los intereses y discusiones para salir de una narración donde el Chocó siempre ha quedado excluido”, explicó para El Espectador Velia Vidal, autora y fundadora del festival.
Si bien hablar de derechos usualmente se relaciona con el acceso a la salud, educación o una vida digna, la autora insiste en que la cultura también debe ser considerada como una garantía fundamental de las personas. “Nos permite imaginar nuevos territorios y pensar un futuro diferente al que los relatos usualmente nos guían”, dice Vidal.
Derecho a soñar
Hay quienes dicen que el Flecho inició oficialmente en 2016, cuando Velia Vidal empezó a llamar a cuanta persona conocía para colaborar con el festival. La idea sonaba bien: no eran muchos los espacios culturales que existían en las ciudades chocoanas. En algunas ciudades, como Quibdó por ejemplo, la cultura se reduce a una enorme biblioteca en la vía principal. En Turbo, por mencionar otro caso, no hay una sola librería. Pero eso no era sinónimo de acceso a derechos culturales, y mucho menos de oferta. Los anaqueles de la librería eran diversos, pero faltaban relatos de ciudadanos negros, indígenas y chocoanos en esas páginas, pues el 95 % de sus habitantes se reconocen dentro de una comunidad étnica.
Así que Velia empezó con su tarea. A algunos les propuso un canje con tal de ayudar a crear el festival. “Hay un invitado que queremos traer; usted pague un pasaje, yo pago el otro”, propuso en ese entonces. Buscó amigos que pudieran hacer donaciones económicas y también conocidos que pudieran abrir las puertas de sus casas para que los artistas visitantes se hospedaran. Incluso habló con el obispo de Quibdó para saber si la misericordia de la iglesia ayudaría al proyecto. Todas las puertas las encontró abiertas para crear el primer festival literario en la historia de Chocó.
La primera edición se hizo en las calles de Quibdó y duró solo cinco días. Como se trataba de un evento desconocido, no tuvo una asistencia multitudinaria. Pero conforme pasaron los años el festival fue adquiriendo más peso, recursos y voluntades. En 2025, para dimensionar lo que ha crecido, Flecho tardó 18 días, contó con más de 100 eventos culturales y recorrió los ríos chocoanos para llegar a 13.000 personas de Bahía Solano, Quibdó, Turbo e Istmina. Hoy recibe apoyos de gran escala y es considerado como uno de los “pesos pesados” por el Ministerio de Cultura y ya se han involucrado protagonistas como Penguin Random House o Planeta, dos grandes editoriales en el país.
El festival no cuenta con grandes chequeras para organizarse. Depende, más bien, de la solidaridad y las luchas comunitarias de los ciudadanos. Algunos, cansados de escuchar que en los parajes de su tierra solo se veían paros armados o catástrofes naturales, decidieron ayudar. Al festival se han sumado consejos comunitarios negros de varios municipios a la redonda, instituciones educativas o también grandes escritoras como María Victoria Palacios o Pilar Quintana. Incluso han llegado pescadores y lancheros que lo único que tienen para contar en un escenario es su vida alrededor del río, pero todos las voces valen cuando se trata de construir.
A las tarimas también llegó en una ocasión Neil Quejada, un sacerdote oriundo de Riosucio que ha dedicado su vida a defender la cultura afro e impartir mensajes de justicia a través de la prédica.
“Tenemos la oportunidad de mostrar cómo el pueblo negro ha contribuido a la construcción del Estado; algo que ni el país ni el propio Estado conocen. Aquí confluye la cultura, pero también la justicia simbólica y la reivindicación de todo un territorio a través de la palabra”, comenta Vidal.
Nuevo capítulo
Pero Flecho, más que un asunto cultural o de ocio, tiene otros propósitos en tierras chocoanas. El festival busca que la cultura sea vista como un derecho que debe ser garantizado y que en lugar de estar en espacios inalcanzables y ciudades principales, también puede llegar a las personas.
La mayoría de las capitales en Colombia tienen espacios de este estilo. Así sucede en Bogotá con la FILBO; Medellín con la Fiesta del Libro o quizá en departamentos más pequeños, como Caldas, Sucre o Córdoba. Chocó, por su parte, siempre esperó un turno que nunca llegó: los recursos se destinaban a asuntos más urgentes, como atender situaciones humanitarias causadas por los confinamientos militares o auxiliar los damnificados cuando la naturaleza causaba estragos climáticos.
Christian Vásquez, organizador de Flecho, comenta que uno de los propósitos del festival versa en ofrecer la cultura como un derecho a los chocoanos. “Todos tenemos también derechos culturales; la posibilidad de disputar narrativas hegemónicas en las que Chocó es marginal. Este festival desafía esos relatos y permite el derecho de soñar hacia un futuro distinto al que han tenido por generaciones sus habitantes”, asegura.
Y es que Vasquez realizó un estudio académico en donde analiza cómo la cultura y los libros pueden convertirse en el mejor activo de un territorio para lograr el progreso. El texto, por ejemplo, explora cómo un pueblo leído y con acceso a sus referentes culturales puede apostarle, primero, a superar los prejuicios raciales que lo han limitado. Y segundo, al formar jóvenes que en un futuro continúen dedicando sus vidas al territorio y el desarrollo de los suyos.
¿Cómo se logra eso? Vidal comenta que en la programación de Flecho se explora, por supuesto, algunos de los problemas que encarrilan la vida en Chocó a diario, como la violencia, la pobreza o la falta de oportunidades. Pero también se proponen espacios donde reforzar el arraigo por el territorio y las costumbres del departamento.
“Es un proyecto donde nos mostramos y buscamos ser noticia desde nuestra potencialidades, no desde nuestras necesidades”, asegura la escritora afro.
El último cronograma, por ejemplo, contó con muestras artísticas en donde los sabedores y ancianos narraban alguna historia particular sobre las costumbres afrocolombianas o cómo han perdurado algunas tradiciones a lo largo de los ancestros. Así sucedió en 2025 cuando explicaron cómo la música ha jugado su papel en la historia del Chocó, como sucede con los alabaos, el bullerengue o las rucas, tan conocidas en las calles de Bahía Solano.
También edifica una vitrina en la que docenas de artesanos, mineros artesanales y personas que viven del día a día puedan acceder a algunos ingresos y dar a conocer sus emprendimientos.
A futuro
El festival puede dar cuentas de lo que ha logrado en tan solo 10 años. Vidal comenta que, de acuerdo con sus registros, cerca de 800 niños son beneficiados e inducidos al mundo de la cultura gracias a Flecho. Pero para algunas generaciones más antiguas, los réditos quizá son más valiosos.
“Crecimos sin espacios de este tipo de espacios. Ahora todos saben que cada cierta época del año el malecón se pinta de literatura y hay un escenario donde podrán leer y acceder a este derecho”, subraya.
Después de tantos años de esfuerzo, Vidal considera que aún falta mucho por hacer; tanto para difundir la cultura en Chocó como para cambiar los imaginarios. Sin embargo, asegura que se ha dado un paso clave para cambiar la historia y la mentalidad del territorio.
“Cuando creamos esto pensamos en un motete: un canasto donde cualquier chocoano transporta enseres o comida. Ahora nosotros queremos un motete para el alma, cargar las cabezas y los pensamientos de sentido y oportunidades”, concluye.
