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Desde hace meses, el Colegio Buckingham ha venido ultimando detalles para implementar este modelo en su preescolar. Los resultados prometen ser esperanzadores. Los niños pueden desarrollar aún más habilidades que en otras fórmulas pedagógicas y, como aliciente, se utiliza el juego no como un espacio de ocio, sino como una forma de aprendizaje y formación. Y es que en los últimos años esta receta ha sido implementada en al menos 20 países e impactado a más de 10.000 niños que hoy cursan sus estudios sin presiones y con mayores chances de alcanzar su autonomía. El modelo le apunta a que la educación sea sinónimo de felicidad y de niños capaces de enfrentar los desafíos afuera de la escuela.
“En los primeros años de la infancia el juego desarrolla el mayor potencial. Pero no se incorporó a los currículos y se pensó como un espacio aparte. Este modelo lo entiende como una herramienta principal, para aprender y formar seres humanos”, comenta Juliana Salazar, rectora del Colegio Buckingham.
Un nuevo paradigma
El modelo finlandés plantea cambiar varios conceptos que han sido la norma a la hora de hablar de educación. El primero de ellos es la figura de un profesor que ostenta autoridad y dicta los caminos que cada estudiante debe seguir. En su lugar, el maestro escucha a los alumnos, y en una jerarquía horizontal los ayuda a explorar su curiosidad. No hay calificaciones ni estándares académicos que ejerzan presión sobre los procesos; sino un guía, en todo el sentido de la palabra, que educará a los jóvenes tanto en aspectos curriculares como en su formación como personas.
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Sandra Durán, magíster en Educación y profesora de la Universidad Pedagógica, considera que más allá de los cambios urge empezar a hablar de nuevas formas de pedagogía que se ajusten a los “nuevos tiempos”. “No podemos dejar atrás los pilares de la educación de lado: el arte, la exploración, el juego son fundamentales para entender quiénes son los niños, pero también para orientarlos fortalecidos en un mundo cada vez más competitivo”, recalca.
Pero aquí surge otro gran reto: la arquitectura de las aulas. Los espacios siempre han sido escenarios milimétricos con pupitres que, si bien han cumplido su función, no permiten explorar a cabalidad la curiosidad de los niños y los priva de otros espacios. HEI plantea salones donde haya conexión con la naturaleza, prevalezcan los colores y la autonomía sea la principal regla de cada clase.
El juego también hace parte del cambio. Mientras que miles de instituciones educativas separan la malla curricular, el modelo finlandés lo incorpora en un eje para que aprendan.
¿Cómo funciona? Salazar explica que el juego permite aprender habilidades lingüísticas, matemáticas, éticas, ciudadanas y emocionales, porque simula experiencias reales como compras en un mercado, votaciones democráticas y otras actividades que a fin de cuentas prepara a los estudiantes para la vida fuera de los colegios.
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Lasse Lipponen, doctor en Educación y uno de los artífices de HEI, aseguró a El Espectador que este modelo cambia el paradigma, pues “convierte el juego en una competencia fundamental del desarrollo”. “La educación es la mejor inversión que cualquier sociedad puede hacer. Inclinarse por el juego y la autonomía es un paso fundamental para niños que tienen la posibilidad de imaginar nuevos futuros en un mundo y presente tan incierto”, comenta el experto.
Fórmula comprobada
El modelo finlandés que se estrenará esta semana ha sido testeado en varias latitudes del mundo con buenos resultados, como por ejemplo Canadá, Argentina, Japón, Corea del Sur o China. Heikki Vartia, otro de los artífices del programa, comenta que esta nueva fórmula, por supuesto, tiene retos como la cultura de los países, colegios públicos que no tienen la infraestructura, capacidad o el presupuesto para implementarlo, pero al final se ven las ganancias de invertirle a la educación. De acuerdo con sus cálculos, cada centavo destinado a la educación y a este modelo puede multiplicar siete veces su valor.
Y es que Finlandia, que ha incorporado HEI en sus aulas, es un referente en educación. Así lo demuestran las pruebas PISA, donde el país nórdico ha encabezado los mejores resultados durante la última década entre un escalafón de casi 90 sistemas educativos del mundo. A los promedios de esos exámenes se suma una generación de jóvenes que, más allá de las calificaciones, tendrán fortalezas como la autonomía o entender los problemas y buscarles soluciones. Pero también 10.000 profesores, colombianos entre ellos, que podrán darle continuidad al proceso para las cohortes venideras.
“Los niños dan la pauta para aprender. Con esto buscamos que ellos elijan lo que ellos quieran ser. No hay un solo camino para el éxito. Las herramientas son las que les van a permitir decidir hasta dónde quieren llegar y cuál es su definición de éxito”, dice Salazar.
El gran reto ahora es que HEI se exporte a otros colegios de Colombia, tanto en Bogotá como en otras ciudades, y que a la hora de aplicarlo no se distinga entre educación pública y privada. La pregunta no es si funcionará, pues está más que comprobado que sí, sino cuándo y cómo se podrán traducir esos resultados en jóvenes con más oportunidades y capacidades para el futuro del país.
“Aprender a conocerse y aprender a decidir hace seres humanos felices”, concluye Salazar.
