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Cuando el crédito se convierte en cosecha para los campesinos

Detrás de cada alimento que llega a la mesa de los colombianos hay una historia de esfuerzo, tierra y, en muchos casos, de una lucha silenciosa por sobrevivir.

Redacción Especiales

05 de junio de 2026 - 08:00 a. m.
Los más de COP 40 billones en créditos se han transformado en cosechas prósperas y comidas para todo el país.
Foto: Cortesía

Los campesinos del país, hombres y mujeres que madrugan antes que el sol, no solo enfrentan los desafíos del clima sino también la falta de reconocimiento y el difícil acceso al crédito. En ese escenario, el Banco Agrario se ha convertido en un aliado fundamental, una mano tendida que además de brindar créditos siembra esperanza en las familias campesinas y en los territorios. Por eso, hoy se conmemora el Día del Campesino con tres historias que evidencian que cuando el apoyo financiero y logístico llega a tiempo, el campo colombiano florece.

Una máquina única en Colombia, orgullo de toda una región

Custodiado por las montañas de Cundinamarca, al suroccidente de Bogotá, está ubicado el municipio de Gutiérrez, allí, un grupo de familias campesinas lleva más de dos décadas sembrando fríjol y sagú, lo que impulsó a que hace 22 años naciera la Asociación de Productores de Frijol y Sagú de Gutiérrez (Asofrisagut), que hoy agrupa a 27 socios permanentes y llega a reunir hasta 200 personas en épocas de cosecha.

Estos campesinos entendieron que para crecer había que dar un salto de calidad y, convencidos de su proyecto, tocaron las puertas del Banco Agrario, en donde obtuvieron los recursos que le permitió importar directamente desde Corea del Sur una máquina clasificadora de frijol por color.

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“Esta máquina es única en el país. Se instaló en enero del presente año, y nuestra idea es utilizarlo en otro tipo de granos para sacarle mayor provecho, e igualmente ofrecer el servicio a otros municipios de Cundinamarca y del país a partir del segundo semestre del presente año”, afirmó con orgullo Vitelmo Vizcaíno, presidente de Asofrisagut, quien explica que esta adquisición ha sido de gran beneficio, pues antes la clasificación se hacía manualmente, y una persona podía procesar máximo seis bultos al día. Ahora, el equipo coreano alcanza entre una y una tonelada y media por hora.

La máquina que llegó en enero de este año ya está cambiando la economía de las familias. De hecho, la producción anual de frjol en Gutiérrez ronda las 6.000 toneladas, y ahora la Asociación ya maneja el 20 %, y estiman llegar al 30 % en 2027.

El sagú, mientras tanto, sigue su propio camino. Se recolecta, se lava, se raya, se tamiza, se aclara y se seca hasta convertirse en almidón, la base de las tradicionales achiras que acompañan el desayuno y las onces de miles de colombianos. Y ya están gestionando un nuevo crédito con el Banco Agrario para adquirir la maquinaria que les permita procesar directamente el sagú y producir ese almidón sin intermediarios.

“El apoyo del Banco Agrario ha sido muy bueno porque nos ha permitido implementar nuevas tecnologías, y conocer las bondades de los créditos asociativos, porque el beneficio es para toda la comunidad, al tiempo que nuestra empresa se hace cada vez más sólida. Invito en esta fecha especial a todos los campesinos para que tengan emprendimientos, a que conformen asociaciones de productores y trabajen unidos, mantengan ese espíritu empresarial y no pierdan nunca los objetivos de la asociatividad”.

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La historia de una semilla que se convirtió en cosecha

La Mojana sucreña es una región de ciénagas, sol inclemente y un arroz que crece con la tenacidad de quienes lo siembran. Allí, Iván Restrepo comenzó trabajando en un molino de arroz, sin más patrimonio que sus manos y un sueño difuso de tener su propio proyecto productivo. No imaginaba entonces que ese sueño se haría realidad, y mucho menos que se sostendría gracias a seis créditos otorgados por el Banco Agrario.

El primer préstamo llegó para consolidar su proyecto y ampliar sus siembras. Luego vino el segundo, el tercero, y así hasta completar seis. Cada crédito representó una etapa diferente: más hectáreas, mayor capacidad de producción y, finalmente, la adquisición de su propio tractor, ese símbolo de independencia que separa al pequeño productor del mediano.

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Hoy, Iván Restrepo ya no es un campesino que trabaja para otros. Es un mediano productor con acceso a nuevos mercados y mejores condiciones para que su arroz llegue a más rincones del país. El salto lo ha dado con el acompañamiento del Banco Agrario, esa entidad que tiene la vocación de estar desde los primeros pasos junto a los pequeños productores que sueñan con ser grandes.

“Los sueños sí se cumplen de la mano del Banco Agrario”, afirma Iván con la seguridad de quien ha recorrido el camino y sabe de lo que habla. Su historia es un recordatorio de que en los territorios más apartados de Colombia, donde otros no llegan, el desarrollo también es posible cuando hay voluntad, constancia y una entidad que cree en el campo.

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Perderlo todo y volver a empezar

Eddi Santiago Ibarra es un caucano de 42 años que llegó por azares del destino a Subachoque, Cundinamarca, donde encontró el amor, formó una familia con tres hijos y se dedicó con toda su energía al cultivo de fresa.

Pero llegó 2020 y la pandemia. Eddi lo perdió todo. Su cultivo se vino abajo, sus compradores desaparecieron y él mismo cayó enfermo, al punto de estar dos meses en coma por covid-19.

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“Comenzar es muy duro, pero cuando uno tiene hambre de éxito ya tiene la motivación para seguir adelante”, dice hoy, con la mirada fija en sus cultivos florecientes. Al recuperarse, se dio cuenta que no tenía amigos ni conocidos dispuestos a invertir en su negocio.

Pero sí encontró una oportunidad y un aliado financiero en el Banco Agrario. Con un primer crédito volvió a comenzar, y en 2023 solicitó un segundo préstamo, que le permitió sembrar dos hectáreas de fresa. Eddi es la prueba viviente de que una segunda oportunidad, cuando llega en el momento justo y con el respaldo adecuado, puede transformar una tragedia en un proyecto de vida.

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