Hablar de El Gran Combo de Puerto Rico es mencionar de una institución que trasciende la música. No es solo una orquesta de salsa con más de seis décadas de trayectoria; es una memoria viva del Caribe, una escuela sentimental para varias generaciones y un puente cultural que une a Puerto Rico con países como Colombia, donde su música no solo se escucha: se hereda. A sus 64 años de historia, el grupo sigue recorriendo escenarios del mundo, pero también revisitando su propio pasado, hoy marcado de manera inevitable por la ausencia física de su fundador, Rafael Ithier.
Jerry Rivas lo dice sin rodeos ni solemnidades impostadas: “Tú y yo estamos hablando aquí por Rafael, porque él tuvo la visión”. No es una frase protocolaria. En El Gran Combo, Ithier no es una figura decorativa del pasado, sino la raíz de todo lo que sigue ocurriendo. Aunque falleció recientemente, su presencia sigue definiendo la identidad del grupo que él mismo fundó en 1962 y que, contra todo pronóstico, ha sobrevivido a modas, crisis de la industria y cambios generacionales sin perder su esencia.
Colombia, una historia de ida y vuelta
Para El Gran Combo, Colombia no es una plaza más en el mapa. Es un territorio afectivo. Jerry Rivas recuerda que, desde que ingresó a la orquesta
hace 48 años, el país ha estado presente de manera constante en la vida del grupo. La anécdota que siempre cuenta comienza hace cuatro décadas en Cali, en plena Feria, cuando un fanático le aseguró que esa ciudad era la capital de la salsa. En los años ochenta, Rivas no lo creyó del todo. Hoy lo afirma sin reservas.
“Con los años me di cuenta de que sí lo son. No solo Cali: muchas ciudades en Colombia desayunan, almuerzan y cenan salsa”, dice. No es una metáfora exagerada. La salsa en Colombia es una práctica cotidiana, un lenguaje compartido entre padres, abuelos e hijos, una música que se enseña y se defiende como parte de la identidad. Ese respaldo intergeneracional es, para El Gran Combo, una de las razones por las que el género ha resistido mejor en este país que en muchos otros.
Bogotá, por su parte, representa otra dimensión de esa relación. Durante décadas, la capital fue vista como una ciudad más cercana al rock o al pop que a la salsa. Sin embargo, Rivas ha sido testigo de una transformación gradual pero contundente. “Cuando comenzamos a tocar en Bogotá hacíamos bailables en salones pequeños, para 500 personas. Hoy vemos conciertos de salsa en estadios”, recuerda.
Para una orquesta nacida en la tradición del baile popular, ese crecimiento no es menor: es la prueba de que la salsa sigue encontrando nuevos públicos sin renunciar a su historia. Por esa razón, se presentarán por primera vez en solitario en el Movistar Arena el próximo 22 de mayo, y al día siguiente tendrán un show en Bucaramanga.
Una orquesta que aprendió a durar
El Gran Combo ha sido llamado, con justicia, la Universidad de la Salsa. No solo por la cantidad de músicos que pasaron por sus filas y luego construyeron carreras propias, sino por la disciplina, la ética y el respeto por la identidad que siempre impuso Rafael Ithier. Desde adentro, esa fama no se vive como un eslogan, sino como una responsabilidad.
“La receta original la creó Rafael”, explica Rivas. “Con el tiempo ha tenido cambios, pero la identidad siempre se ha respetado”. Esa frase resume buena parte del secreto del grupo: adaptarse sin desdibujarse. Mientras muchas orquestas cedieron a las presiones del mercado o se diluyeron en intentos por modernizarse a cualquier costo, El Gran Combo optó por una distancia prudente frente a las modas. Observó, escuchó, pero nunca sacrificó su sonido.
Esa coherencia también se reflejó en decisiones empresariales poco comunes en el mundo de la música tropical, como la creación de su propio sello discográfico o la defensa férrea de su repertorio clásico. Álbumes como “Arroz con habichuela” no solo consolidaron su popularidad, sino que reafirmaron una manera de entender la salsa como un género vivo, no como una reliquia.
Rafael Ithier: la ausencia que ordena
Hablar hoy de El Gran Combo implica, inevitablemente, hablar de la muerte de Rafael Ithier. Lejos de esquivar el tema, Jerry Rivas lo enfrenta con serenidad y claridad. “El Gran Combo es su legado”, afirma. No hay dramatismo excesivo, pero sí una conciencia profunda de lo que significa continuar sin su presencia física.
El homenaje que la orquesta prepara no responde a la nostalgia fácil. Es, más bien, una forma de reafirmar que Ithier sigue allí, en cada arreglo, en cada decisión musical, en cada concierto. “Aunque ya no esté físicamente con nosotros, su presencia siempre estará”, dice Rivas. La frase no busca consuelo; describe una realidad interna del grupo, donde el fundador sigue siendo referencia y guía.
Ese sentido de continuidad explica por qué El Gran Combo no se plantea como una agrupación que “sobrevive” a su creador, sino como una obra colectiva que él dejó cuidadosamente estructurada para perdurar. Seguir adelante, en ese contexto, no es una traición al pasado, sino una forma de honrarlo.
Cantar después de 48 años
Para Jerry Rivas, la historia de El Gran Combo también es un relato personal. “Un muchachito que ni pensaba estar en un grupo como El Gran Combo, que hoy esté aquí hablando contigo, es algo muy grande”, confiesa. No hay falsa modestia en sus palabras, sino una gratitud que se repite cuando menciona a Dios, a los fanáticos, a los medios y, por supuesto, a Rafael Ithier.
Ser una de las voces más reconocibles de la orquesta durante casi medio siglo implica algo más que longevidad artística. Implica haber acompañado la vida de millones de personas, haber puesto música a celebraciones, nostalgias y despedidas. Rivas parece consciente de ese peso, pero no lo carga con solemnidad, sino con respeto.
Hoy, cuando El Gran Combo vuelve a Colombia y suma un nuevo capítulo a su historia con el país, el énfasis no está en la cifra de años ni en el tamaño de los escenarios, sino en esa relación profunda que se ha construido con el tiempo. Una relación hecha de canciones, sí, pero también de memoria, identidad y lealtad.
En un mundo musical cada vez más inmediato y desechable, El Gran Combo sigue demostrando que la verdadera vigencia no se mide en tendencias, sino en la capacidad de permanecer sin dejar de ser. Y en Colombia, donde la salsa sigue sonando como parte de la vida diaria, ese legado encuentra un eco natural.

